Gratitud

 

Parte 1

 

Otra fría mañana de invierno en otra pequeña aldea. El viento cortante y el completo silencio creaban un clima de inquietud. Sin embargo, los aldeanos, en la intimidad de sus casas, tenían un terrible presentimiento.
De repente, el silencio se vio roto por el atronador ruido de los cascos de un gran número de caballos y los gritos de sus jinetes. Los pacíficos aldeanos salieron corriendo de sus casas, antes de que fuera demasiado tarde para huir. Algunos de los jinetes llevaban antorchas. Los aldeanos sabían que el fuego consumiría sus casas y edificios como los leños de una hoguera.
Una mujer anciana gritó a un grupo de aldeanos que huyeran al bosque, en cuya espesura podrían esconderse hasta que todo acabase. Sin embargo, uno de los hombres que se encontraban en ese grupo, Temístocles, no se movió. Permaneció quieto, en silencio, paralizado, contemplando la destrucción del pueblo en el que había nacido.
Uno de los jinetes vio a Temístocles.
-Vaya uno de los cerdos no se atreve a huir del matadero -dijo, mientras desmontaba de su caballo.
Temístocles sintió una enorme debilidad y se dejó caer de rodillas en el suelo. Mientras el jinete se aproximaba lentamente hacia él, cerró fuertemente los ojos.
El guerrero, con una mirada sedienta de sangre, desenvainó su espada.
-Vas a morir como un cerdo -gritó.
Temístocles no se movió. Permaneció quieto, temblando, aunque extrañamente tranquilo, como si aceptase su muerte. Abrió por un momento los ojos y vio que el guerrero, de frente a él, levantaba su espada. Volvió a cerrar los ojos. Es el fin, se dijo.
Pasaron unos segundos y no sucedió nada. ¿Había muerto ya? No había sentido el golpe de la espada, y aún podía escuchar los gritos de los jinetes y de los aldeanos que permanecían en el pueblo.
Lentamente, Temístocles abrió los ojos. El guerrero estaba tumbado en el suelo, boca abajo, con dos puñales clavados en su espalda. Una bella mujer vestida de rojo, con el pelo rubio y corto, se acercó corriendo hasta él y cogió los puñales. Sus tres puntas estaban cubiertas de sangre, pero a la mujer no pareció llamarle la atención.
-¡Corre! -gritó la mujer. Temístocles no reaccionó-. ¡Vete ahora o puede que después no tengas tanta suerte!
Temístocles, ante la insistencia de la mujer, se levantó lentamente y empezó a correr hacia el bosque.

* * *

Gabrielle corrió hacia Xena, que se estaba encargando de otro de los guerreros.
-¡Xena! -dijo cuando su amiga había acabado-. ¿Cómo lo llevas?
-Bien, he visto días peores -respondió la guerrera, mientras buscaba con la mirada otro contrincante-. ¿Cómo te va a ti?
-Bastante bien, acabo de impedir la muerte de un hombre inocente -dijo Gabrielle.
-Me alegro -dijo Xena, justo antes de comenzar a correr hacia otro guerrero que, por sus ropas distinguidas, supuso que era el líder. Éste, al verla, desmontó agresivamente de su caballo y se dirigió hacia ella. Los dos chocaron con furia sus espadas e intercambiaron varios golpes.
Gabrielle, por su parte, vio que uno de los guerreros corría hacia ella levantado su espada cubierta de sangre. Gabrielle también levantó sus sais, impidiendo que el hombre bajara su espada. Con un rápido y potente movimiento, se la tiró al suelo. El hombre huyó, sin intentar siquiera recuperar su arma.
Mientras tanto, Xena continuaba luchando contra el señor de la guerra. Luchaba mejor que muchos otros de los que había conocido. Sin duda, había recibido un buen entrenamiento en su juventud; ahora tendría unos cuarenta años. Finalmente, dando un pequeño grito, Xena le arrebató su espada y lo tiró al suelo. El señor de la guerra se incorporó rápidamente y corrió hacia su caballo. Mientras se subía en él, ordenó a sus hombres que se retiraran con su grave y potente voz. Los guerreros se subieron a sus caballos y desaparecieron por el mismo camino por el que habían llegado a la aldea.
Xena corrió hacia Gabrielle.
-¿Estás bien? -preguntó la princesa guerrera.
-Sí, claro -dijo Gabrielle, mientras recogía del suelo la espada del hombre con el que había estado luchando-. Mira, le he quitado la espada a uno de los guerreros.
Xena sonrió.
-Yo se la he quitado al jefe -dijo, enseñando el arma con orgullo.
-¿Por qué serás siempre tan competitiva? -exclamó Gabrielle.

* * *

Temístocles continuó corriendo sin mirar atrás hasta llegar a un pequeño claro del bosque. Allí encontró a los otros aldeanos que habían huido en esa dirección. Se encontraban tensos y callados. Cuando vieron llegar a Temístocles, lo miraron fijamente, pero no dijeron nada. Temístocles, sin ser consciente de lo que estaba sucediendo, se sentó en el suelo, apoyando su espada en un árbol.
Una chica joven, Iris, fue quien rompió el silencio:
-¿Quiénes eran esas mujeres?
Temístocles permaneció callado. De todas formas, no tenía la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, la anciana parecía tenerla:
-¡Eran Xena y Gabrielle! -exclamó, dejando a todos sorprendidos.
-¡No puedo creerlo! -gritó Iris-. ¡Xena y Gabrielle!
-Si realmente son ellas, estamos salvados -comentó un hombre.
-¡Claro que lo son! -aseguró la anciana-. Vi el chakram colgando de la cintura de Xena.
Temístocles continuaba en silencio. Xena y Gabrielle... Por supuesto que había oído hablar de ellas. ¿Quién no?
Continuaron otro rato en silencio. Todavía hacía frío, pero no parecía preocuparles.
De repente, oyeron a alguien acercándose entre la maleza. Afortunadamente, se trataba de Xena y Gabrielle, acompañadas de algunos de los aldeanos que habían permanecido en la aldea.
Iris corrió hacia ellas.
-¡Xena y Gabrielle! -exclamó-. ¡Siempre he deseado conoceros!
Las dos guerreras se miraron con una sonrisa.
-Sois una bendición para nuestra aldea -dijo la anciana.
-Podéis volver al pueblo -anunció Gabrielle-. Ha pasado el peligro.
-Pero es posible que regresen -alertó Xena-. Tenemos que estar alerta.
Los aldeanos comenzaron a abandonar el claro. Sin embargo, Temístocles continuó sentado, con la mirada baja. Xena, seguida por Gabrielle, se dirigieron hacia él.
-Xena, éste es el hombre al que salvé -dijo Gabrielle.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Xena.
Temístocles no respondió.
-Vamos, ¿cuál es tu nombre? -insistió Xena.
-Temístocles -murmuró.
-Bien, Temístocles -dijo Xena-. Has tenido mucha suerte con Gabrielle. No la desaproveches.
Temístocles las miró. Xena le tendió la mano para ayudarle a levantarse. Éste la cogió y se incorporó. Lentamente, los tres abandonaron el claro.

* * *

Los aldeanos se dispersaban por las calles contemplando cómo había quedado su aldea tras el ataque. El fuego había llegado a algunas casas, pero ya había sido controlado. Lo que podría haber supuesto la destrucción del pueblo había finalizado con unas cuantas casa destrozadas.
Varios aldeanos estaban heridos, pero ninguno había muerto. A los señores de la guerra les convenía dejarlos con vida; así podían saquear lo que produjeran. Sin embargo, de vez en cuando mataban alguno, por lo que el temor que inspiraban a los demás no se apagaba nunca.
Xena organizó, tanto a los hombres como a las mujeres, para que ayudasen a reconstruir la aldea, en la medida de las posibilidades de cada uno. Algunos de los niños también quisieron ayudar. Por su parte, Gabrielle se encargó de organizar un improvisado hospital junto a Iris y otras mujeres de la aldea.
Entre los heridos estaba Temístocles; sin embargo, sólo tenía unos rasguños y podría ponerse a trabajar enseguida. Gabrielle se situó a su lado para curarle las heridas. Además de eso, quería hablar con él.
-Esta mañana, cuando aquel hombre te atacó... -comenzó, mientras le limpiaba un rasguño-. ¿Por qué no te fuiste?
Temístocles no levantó la mirada, y continuó viendo cómo le pasaba el trapo humedecido por la herida. Gabrielle supuso que no era un tema cómodo para él.
-Te quedaste paralizado... En ocasiones así es lo que haría mucha gente -dijo, mientras continuaba con otro rasguño-. Sin embargo, en una pelea, es un lujo que yo no puedo permitirme.
De repente, Temístocles habló.
-¿Por qué me salvaste? -preguntó.
Gabrielle se sorprendió. En verdad, no se trataba de una pregunta que le fuese formulada muy a menudo. Tras pensarlo unos instantes, respondió, con voz tranquila:
-En realidad es mi obligación. Viajo con Xena para defender a los que no pueden defenderse. Eso es lo que me hace feliz.

* * *

Al anochecer, Xena y Gabrielle se reunieron con algunos de los hombres para hablar sobre la situación en la que se encontraban. Sentados en sencillas sillas de madera, escuchaban atentamente a la princesa guerrera.
-¿Conocéis a ese señor de la guerra? -preguntó Xena.
-No -respondió uno de los hombres, llamado Ágrean-. Pero en el fondo da igual. Todos los señores de la guerra son iguales.
-Lo único que les interesa es destruirnos -dijo otro hombre, aún joven.
-Sin duda, regresará -sentenció Xena-. Los señores de la guerra no suelen aceptar una derrota. Tendremos que plantarle cara.
-Vosotras ya les vencisteis una vez -dijo otro hombre-. ¿No podríais volver a hacerlo?
-La próxima vez no será tan fácil -continuó Xena-. Es posible que no llevara a todos sus hombres con él para atacar la aldea. No esperaba encontrar resistencia.
Los hombres se miraron entre sí, desconfiados.
-Somos campesinos. Algunos comerciantes -dijo Ágrean-. No sabemos luchar.
-Eso no será problema -aseguró Xena, sonriendo-. Yo os ayudaré.
Otro de los hombres se levantó violentamente, visiblemente enfadado.
-¡No podemos aprender a luchar de un día para otro! -gritó.
Xena le observó detenidamente. Aunque no era anciano, era mayor que el resto de los hombres que se encontraban allí.
-Me encargaré de que podáis defenderos -dijo finalmente-. Intentaremos evitar el combate cuerpo a cuerpo.
El hombre se sentó, no demasiado convencido.
-Todos tendremos que ayudar en la medida de nuestras posibilidades -dijo Gabrielle.
-Hombres y mujeres -apuntó Xena.
Algunos hombres la miraron, sorprendidos.
-¿Las mujeres? -exclamó un hombre de unos cuarenta años, incrédulo.
-Ellas están tan capacitadas como tú -aseguró Gabrielle.
Los hombres no parecían aprobar el plan de Xena, pero no tenían otra alternativa. Seguir a Xena, o sufrir de nuevo los ataques de los señores de la guerra.
En ese momento entró corriendo un hombre joven en la habitación.
-¡Xena! -exclamó-. Hemos capturado a un hombre de nuestro enemigo.
Xena le miró sorprendida.
-Tráemelo -dijo al fin.
El hombre salió corriendo. En unos instantes volvió, acompañado por otro, algo mayor que él. Entre los dos llevaban arrastrando a una hombre de unos treinta años, vestido con las ropas negras del ejército que había atacado la aldea. Parecía aturdido y no del todo consciente. Xena intuyó que podía deberse a una caída de un caballo, o a algún golpe con un bastón o una rama de árbol.
-Lo encontramos en el bosque, cabalgando hacia el norte -explicó el hombre que había entrado primero en la habitación.
Xena se acercó al prisionero lentamente.
-¿Hacia dónde ibas? -preguntó.
El hombre permaneció en silencio, con la cabeza agachada. Xena se la levantó, cogiéndole del mentón, para que la mirase a los ojos. Después, le golpeó ligeramente la mejilla. Eso pareció reanimarle.
-¡Responde! -gritó.
El prisionero continuó sin hablar. No parecía muy dispuesto a conversar. Xena, con un rápido movimiento, le pinzó el cuello.
-He cortado el flujo de sangre a tu cerebro -dijo-. Morirás en un minuto si no me cuentas porque te alejabas hacia el norte.
Tras dudar unos segundos, el hombre se decidió a hablar:
-Mi señor me envió como mensajero para pedirle refuerzos a su hermano. Tiene un ejército en Larisa -dijo.
Xena le restableció el flujo de sangre y le miró fijamente, mientras se recuperaba.
-¿Qué le hace pensar que su hermano le va a enviar refuerzos para ayudarle a saquear una insignificante aldea? -preguntó.
Ahora fue el mensajero quien la miró fijamente.
-Cualquiera estaría dispuesto a ayudar a acabar con la legendaria Xena -dijo, con una desafiante sonrisa en los labios.
-Si descubro que has mentido, morirás -dijo Xena. Después se dirigió a los dos hombres que lo habían traído-: Encerradle en el lugar más parecido a un calabozo que tengáis.
-No tenemos ninguna cárcel -dijo el más joven de los dos.
-¿Serviría un establo? -preguntó el otro.
-Sí, pero tendríais que atarlo -respondió Xena.
El mensajero la miró, sorprendido.
-No dejaré que me aten -aseguró.
-Claro que sí -dijo Xena, a la vez que le golpeaba bruscamente con su puño cerrado. El mensajero cayó al suelo, inconsciente-. Esto servirá -murmuró.
Los dos hombres se fueron, arrastrando al prisionero. Cuando salieron de la sala, Xena se dirigió a los hombres con los que se había reunido, y a Gabrielle.
-Larisa está a dos jornadas a caballo. Eso significa que tenemos cuatro días antes de que el señor de la guerra descubra que los refuerzos no van a llegar -dijo la princesa guerrera-. Entonces será cuando realice un nuevo ataque.
-Pero estaremos preparados -dijo Gabrielle.
Después, Xena se dirigió a Ágrean.
-¿Hay algún templo de Ares cerca de aquí? -preguntó.
-Sí -respondió Ágrean-. Hay uno a unas pocas millas al oeste.
-Si saliésemos ahora hacia allí, ¿cuándo volveríamos? -preguntó de nuevo Xena.
Ágrean la miró, sorprendido por la pregunta. Ya había anochecido hacía rato. ¿Quién querría visitar un templo a esas horas?
-Mañana, antes del mediodía -dijo finalmente.
-Partiremos ahora mismo -dijo, mirando a Gabrielle-. ¿Alguno quiere acompañarnos?
-Yo lo haré -dijo Ágrean, decidido.
-Bien -dijo Xena-. Preparad dos caballos. Yo iré por la mía. Está en el bosque. Allí la dejé antes de enfrentarnos al ejército.
-Vayamos -dijo Ágrean a Gabrielle.
-¿Vamos a pedir ayuda a Ares? -preguntó Gabrielle a Xena antes de dirigirse a los establos.
-No -dijo Xena-. Vamos a hacer algo mucho mejor.

* * *

A la mañana siguiente, Iris continuaba cuidando de los heridos más graves, ayudada por otras mujeres de la aldea.
-Puedes irte -le dijo a un hombre al que, sin duda, dormir unas cuantas horas le había ayudado a recuperarse de sus heridas, mientras miraba distraída por una pequeña ventana. Sorprendida, vio que, afuera, los aldeanos comenzaban a formar un gran revuelo en torno al camino que se adentraba en el pueblo desde el bosque-. ¡Han vuelto! -exclamó.
Iris corrió hacia la puerta, pero se quedó observando desde allí, por si alguno de los heridos la necesitaba. Xena, Gabrielle y Ágrean avanzaban lentamente en la multitud. Cada uno llevaba unas grandes bolsas de piel. De algunas de ellas sobresalían unas largas lanzas.
-Armas -murmuró Iris-. Ningún lugar mejor para encontrar armas que el templo del dios de la guerra.
Los tres jinetes desmontaron. Algunos aldeanos les ayudaron con las bolsas. Aparte de lanzas, había un gran número de arcos y flechas. También, en menor medida, había pequeñas dagas e incluso una espada. Xena la cogió y se la dio a Ágrean, a la vez que desenvainaba la suya propia. Después se dirigió a Gabrielle:
-Reparte estas armas entre los aldeanos. Que practiquen su lanzamiento.
Gabrielle asintió con la cabeza y comenzó el reparto, mientras Xena y Ágrean desaparecían por el camino, esta vez a pie.

* * *

En un claro del bosque, los arqueros principiantes comenzaron a practicar, con los troncos de los árboles como dianas. Algunos eran más finos que un tronco humano; si lograban darlos, no fallarían cuando se enfrentasen a los guerreros.
Entre los arqueros se encontraba Iris, que había descubierto que se le daba bastante bien utilizar esta arma. Tan sólo necesitaba puntería, buen pulso, más práctica y, sobre todo, mucha concentración. Se preguntó si la seguiría teniendo el día de la batalla.
Los heridos, que cada vez estaban mejor, habían quedado al cuidado de las mujeres más ancianas del pueblo, que carecían de fuerza para manejar las armas. Iris quería luchar, y los pacientes ya no la necesitaban.
En otro claro, cerca de los arqueros, practicaban aquellos que habían recibido lanzas. No podía utilizarlas cualquiera: se requería una gran fuerza física y mucha precisión. Aunque eran las más difíciles de lanzar, también eran las más poderosas. Bien utilizadas, causarían muchos daños.
En las calles del pueblo se entrenaban los que, como Temístocles, que ya se encontraba completamente recuperado, lanzarían las dagas. La armadura de los guerreros era muy ligera, y no cubría algunas partes del cuerpo, como el cuello. A pesar de que no les darían la victoria, su uso con destreza podría ayudarles a inclinar la balanza de la batalla a su favor.
Sin embargo, a Temístocles todo este entrenamiento militar le aburría. Lanzar esas pequeñas dagas podía llegar a ser divertido, pero no tenía ganas de divertirse. Aprovechó un momento en el que Gabrielle había ido con los arqueros, y los otros estaban distraídos, para escabullirse.
En el bosque, comenzó a vagar por pequeños caminos, apenas marcados entre la maleza, casi instintivamente. En realidad no estaba entre los árboles, al menos no del todo; a su mente acudía todo tipo de recuerdos, mientras caminaba por lugares olvidados.
Finalmente, se paró en un pequeño claro. Se quedó de pie, mirando un pequeño arroyo que corría a su derecha. Cuidadosamente, acarició con los dedos de la mano izquierda la daga, que aún empuñaba con la derecha. Lentamente fue bajándola, sintiendo en su mano el frío filo, hasta llegar a la muñeca. Qué fácil sería...
Repentinamente, soltó la daga, que cayó al suelo haciendo crujir unas hierbas secas. Cuando veía esa daga, le venía a la mente la imagen de Gabrielle, la mujer que le había salvado de la muerte. Cerró los ojos con fuerza, como si eso le sirviera para no recordar aquellos momentos, y escuchó el susurro del arrullo.
Transcurrido un tiempo, comenzó a oír un débil ruido metálico. Extrañado, abrió los ojos y comenzó a buscar su procedencia. Era un ruido seco, que se repetía infatigablemente. Giró sobre sí mismo, tratando de encontrar su procedencia. Guiado por su instinto, se internó a paso rápido en un pequeño camino escondido entre los árboles. A medida que avanzaba, el ruido sonaba más y más fuerte.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que se detuviera. El camino acababa, adentrándose, como un afluente que vierte sus aguas en otro río, en uno de los caminos principales del bosque, marcado por el paso de los lugareños a lo largo de los años. Se echó a un lado, y escondido entre la maleza, observó lo que sucedía.
En medio del camino, Xena estaba enseñando a Ágrean a utilizar la espada. Ágrean detenía con destreza los golpes de la princesa guerrera, a la vez que trataba de atacarla, aunque para Xena no era difícil pararle. No estaban cansados, o al menos no daban muestras de ello, pero era muy probable que llevasen varias horas entrenando, y sin duda continuarían unas cuantas más.
Tras un rato observándolos, Temístocles volvió al pequeño camino y, con sigilo, emprendió el camino de regreso al pueblo.

* * *

Nada más llegar a la aldea, Temístocles se encontró con Gabrielle, que parecía preocupada.
-¡Temístocles! -exclamó-. ¿Dónde estabas? Creí que te había pasado algo.
-Yo... -comenzó Temístocles-. Estaba en el bosque. Necesitaba... un descanso.
-Bueno, ya lo has tenido -dijo Gabrielle, mientras le observaba detenidamente-. ¿Dónde tienes tu daga?
-La daga -murmuró Temístocles. Llevó su mirada hasta su mano derecha. De repente volvió a su cabeza lo acontecido en el pequeño claro. No había vuelto a pensar en ello-. La perdí en el bosque.
-No te preocupes. Te daré otra -dijo la bardo-. Tenemos de sobra.

* * *

De noche, los aldeanos volvieron a sus casas para descansar, que sólo habían detenido su entrenamiento para comer. Xena y Gabrielle se reencontraron en la casa de Ágrean, donde pasarían la noche. Mientras en otra habitación Ágrean afilaba su espada, tal como le había enseñado Xena, las dos guerreras extendieron unas mantas en el suelo, sobre las que dormirían.
-Ha sido un día muy duro -dijo Xena.
-Y que lo digas -dijo Gabrielle-. Es difícil coordinar a tanta gente... sola.
-¿Debería notar cierto reproche en tu comentario? -preguntó Xena.
-Sé que tu labor con Ágrean es importante, pero me parece más fácil que la mía -explicó Gabrielle.
-Sabes que es crucial -dijo Xena-. En tan sólo cuatro días, Ágrean debe aprender a manejar la espada. Si venciésemos a ese señor de la guerra y nos fuéramos mañana, ¿qué sería de estos aldeanos cuando llegase un nuevo guerrero? Cuando nos marchemos, Ágrean enseñará a los demás a luchar. Él es la esperanza de esta gente.
Pasaron unos segundos en silencio.
-He notado extraño a Temístocles -comentó finalmente Gabrielle-. Se escabulló del entrenamiento. Cuando volvió, me dijo que había estado en el bosque. Las cosas no están como para irse a dar paseos por el bosque -continuó, con ironía.
-Tal vez siga afectado por el ataque de ayer -sugirió Xena-. Verse tan cerca de la muerte ha podido trastornarle un poco.
-Creo que mañana le haré una visita -dijo Gabrielle-. Y hablaré con él.
-Fantástico -dijo Xena-. Eso es lo que mejor se te da.

* * *

Gabrielle salió de la casa de Ágrean a primera hora de la mañana. En las calles del pueblo ya podía verse mucha gente preparándose para sus tareas diarias. Vendedores y granjeros, no olvidaban la amenaza que se cernía sobre ellos, pero tampoco que tenían que comer.
La casa de Temístocles estaba cerca de la de Ágrean. Gabrielle llegó rápidamente hasta allí y golpeó la puerta ligeramente con los nudillos. Silencio.
Gabrielle volvió a llamar. Dentro no se oía nada. Tal vez Temístocles aún siguiera dormido, o hubiera salido a pasear por el bosque.
Llamó de nuevo, más enérgicamente, de forma que empujó levemente la puerta. Ésta se desplazó. Decidida, Gabrielle la abrió del todo y entró.

* * *

Ágrean se despertó y se levantó. Había mucho que hacer. Se dirigió a su pequeña cocina para desayunar. Allí encontró a Xena, que ya estaba vestida con su armadura y llevaba sus armas.
-Buenos días -saludó la princesa guerrera-. ¿Qué tal has dormido?
-Muy bien -respondió Ágrean-. En verdad lo necesitaba.
Xena le observó. Ágrean tenía unos ojos cansados, pero llenos de vitalidad, el pelo revuelto y barba de un par de días. Parecía demasiado preocupado por lo que pudiera sucederle al pueblo como para inquietarse por su aspecto físico. Llevaba unas fuertes botas de piel, y unos sencillos pantalones negros, pero tenía el torso desnudo. Xena pudo comprobar que sus músculos eran fuertes. El cuerpo de Ágrean podría resistir un combate cuerpo a cuerpo; sin embargo, las únicas batallas que había librado en su vida habían sido contra las hortalizas de su huerto.
-Esta gente tiene muchas tareas que realizar -dijo Ágrean-. A fin de cuentas, los campos no se cultivan solos. Creo que deberíamos dejar los entrenamientos para la tarde.
-De acuerdo -dijo Xena-. Pero deberéis practicar duro.
Ágrean sonrió.
-No -dijo-. Yo quiero continuar ahora. Tengo que dominar perfectamente la espada, ¿no?
Xena se quedó un poco sorprendida, pero finalmente ella también sonrió. Había elegido como discípulo al hombre idóneo. Ágrean tenía una enorme fuerza de voluntad.
-Como tú quieras -dijo-. No tengo nada más que hacer.
En ese momento, oyeron un grito. Xena reconoció aquella voz al instante
-¡Gabrielle! -exclamó.
-¿Gabrielle? -dijo Ágrean -. ¿Dónde está?
-Dijo que iría a ver a Temístocles -respondió Xena, nerviosa.
-¡Vamos!
Los dos corrieron tan rápido como pudieron hacia la casa de Temístocles. Xena se adelantó y atravesó la puerta, que encontró abierta. Gabrielle estaba tendida de rodillas en el suelo, paralizada. Xena se sentó a su lado, abrazándola. Entonces entró Ágrean, que reprimió un grito de horror. Xena levantó la mirada. Un taburete de tres patas estaba tirado en el suelo. Del techo colgaba una cuerda, de la que pendía el cuerpo sin vida de Temístocles.
Temístocles se había ahorcado.
Alertados por el grito, y también por ver a Xena y a Ágrean, otros aldeanos habían llegado a la casa. Ágrean se subió ágilmente en el taburete, desenvainando su espada. Con ella cortó la cuerda. Otros dos hombres que acababan de entrar recogieron el cuerpo de Temístocles y lo depositaron el suelo. Ágrean bajó del taburete y cortó el nudo, para quitarle la cuerda del cuello.
Mientras tanto, Xena y Gabrielle observaban la escena con impotencia. Era horrible no poder hacer nada.
-¿Qué ha hecho? -murmuró Gabrielle, mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-¡Xena! ¡Gabrielle! -exclamó Iris, mientras entraba en la casa-. ¿Qué ha... -Se quedó sin aliento cuando vio el cadáver tendido en el suelo, sin poder continuar.
Gabrielle miró con tristeza el cuerpo, sin decir nada. En realidad no lo necesitaba: su cara lo decía todo.
-Gabrielle... -dijo Xena, abrazando a su amiga. La princesa guerrera trataba de permanecer firme, conteniendo sus emociones.
Ágrean se acercó a Xena y Gabrielle. También estaba afectado, pero al igual que Xena, intentaba no exteriorizarlo.
-Tenemos... -comenzó-. Tenemos que prepararle un funeral.
Xena se levantó lentamente. Ágrean le tendió la mano a Gabrielle y le ayudó a levantarse. Después de volver a mirar el cuerpo, que aún yacía en el suelo, como para cerciorarse de que todo aquello había sucedido realmente, salieron de la casa. Les costaba aceptarlo. Temístocles estaba muerto.

 

Parte 1


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