Funeral de amazona

 

Volvieron a escucharse los ecos lejanos de la canción fúnebre de las amazonas.
-Démonos más prisa, Xena -dijo Gabrielle, visiblemente preocupada.
-Ya estamos cerca -recordó Xena, mientras palpaba ligeramente el chakram con los dedos de la mano derecha.
-¿Hay alguien? -preguntó Gabrielle, susurrando.
-Sí, entre los árboles -respondió la princesa guerrera.
-¿Cuántos? -volvió a preguntar la bardo.
-Uno -respondió Xena con seguridad-. En la copa de aquel árbol.
Xena cogió el chakram, dispuesta a lanzarlo contra quien estuviese allí, pero no fue necesario: una mujer bajó del árbol mediante una cuerda. Iba vestida con las ropas de las amazonas y llevaba una máscara: la máscara de la reina, que tan bien conocía Gabrielle por haberla llevado.
-¿Ephiny? -preguntó.
-Gabrielle, tenía ganas de verte -dijo la reina, tras quitarse la máscara-. Xena, me alegro de que hayáis llegado.
-Ephiny, creía que habías muerto -dijo Gabrielle, mientras abrazaba a su amiga amazona.
-¿Lo dices por la canción fúnebre? -preguntó Ephiny.
-Las amazonas parecen muy dolidas, como si hubiera muerto la reina -explicó Gabrielle.
-Siempre que muere una de nuestras hermanas nos sentimos muy dolidas -afirmó Ephiny.
-Pero nos parecía que era un funeral de reina -dijo Xena-. Los cantos de dolor no eran corrientes.
-Quisimos hacerle a Melanipe un funeral casi como de una reina -explicó Ephiny, mientras sus ojos, enrojecidos, expresaban un gran dolor.
-¿Melanipe? -preguntó extrañada Gabrielle-. Apenas la recuerdo.
-La última vez que estuvisteis aquí estaba haciendo de mensajera -recordó Ephiny-. Todas la apreciábamos mucho -añadió con tristeza.
-Yo también lo siento -afirmó Gabrielle.
-Yo no soy amazona, pero la muerte de alguien querido por alguien a quien yo quiero me entristece -confesó Xena, aunque sabía de sobra que por mucho que se compadeciera no podría mejorar el estado de ánimo de Ephiny.
Se escuchó de nuevo la canción fúnebre.
-Ephiny, ¿cómo es que no estás en el funeral? -preguntó Gabrielle.
-Tenía que encontraros -dijo la reina-. Pedí a Artemisa que se os ocurriera venir aquí.
Las dos guerreras empezaron a preocuparse seriamente. ¿La diosa de las amazonas? ¿La idea de Gabrielle de venir al poblado había sido inspirada por una diosa? Ephiny debía de estar muy desesperada para tener que recurrir a la ayuda de una diosa, uno de esos seres superiores que, salvo algunas excepciones, eran despreciados por Xena.
-¿Por qué? ¿Para estar presentes en el funeral? -preguntó Gabrielle.
Las dos guerreras esperaban de Ephiny una respuesta negativa, y así fue.
-No. Hay un problema -confesó ésta.
-¿Qué pasa, Ephiny? -preguntó Xena.
-Su cuerpo -respondió Ephiny-. El fuego no lo consume.

Xena, Gabrielle y Ephiny caminaban por el poblado de las amazonas.
-Melanipe era una gran guerrera, pero, sobre todo, una gran persona. Hizo mucho por nosotras. Es difícil encontrar en el poblado a una a quien Melanipe no haya salvado la vida -recordó Ephiny.
-¿Cómo es posible que su cuerpo no arda? -se preguntó escéptica Gabrielle.
-Compruébalo por ti misma -propuso Ephiny, mientras señalaba con su triste mirada el lugar donde, sobre una enorme pira funeraria, reposaba entre llamas el cuerpo de Melanipe, una alta y rubia amazona que tenía aspecto de haber sido fuerte y ágil cuando estaba viva.
Gabrielle, sobrecogida por la turbadora escena, se quedó sin palabras. Para no caer al suelo, se apoyó en su cayado. Xena, más dura, miró asombrada la pira, hasta que se acercó a ella, cruzando la línea imaginaria alrededor de la cual las otras amazonas bailaban mientras entonaban la canción de duelo. Xena comprobó con curiosidad que la pira no estaba formada por varios tizones de madera, sino que éstos, en menor número de lo habitual, habían sido colocados sobre una piedra de grandes dimensiones.
Ephiny, por su parte, volvió a colocarse la máscara de la reina y se unió al grupo de amazonas que bailaban en torno al cadáver de Melanipe.
¿Cómo era posible que el cuerpo no ardiera?

En la choza de Ephiny, Xena y, especialmente, Gabrielle, se reponían del gran impacto que había sido para ellas ver un cadáver entre llamas que no ardía.
-¿Cómo murió Melanipe? -sonó de repente la voz de Gabrielle.
La pregunta sorprendió a la reina amazona y a la princesa guerrera. A Gabrielle le había afectado mucho la visión del cuerpo de Melanipe entre las llamas, y no creían que estuviese preparada tan pronto para conocer algo tan trágico. Sin embargo, Gabrielle quería saberlo. Aunque se trataba de una persona que había entrado a formar parte de su vida hacía tan poco y a la que no había llegado a conocer, Gabrielle se enorgullecía de que ésta fuera de su tribu y, además, hubiera salvado la vida a sus hermanas.
-Ephiny, ¿cómo murió Melanipe? -volvió a insistir la escritora.
Ephiny se quedó callada durante un tiempo relativamente largo, uno o dos minutos. No era que no quisiese contar. Su mirada estaba perdida, y Xena comprendió que Ephiny rememoraba las escenas de la muerte de Melanipe. Xena pensó que probablemente se había tratado de una muerte trágica, no sólo como aquellas de las que había sido testigo y había intentado evitar, sino también, a su pesar, como las que ella misma había provocado durante los diez años más turbulentos de su vida.
Por fin, Ephiny rompió el embarazoso silencio, pero su mirada seguía clavada en el vacío:
-Melanipe murió por mi culpa.

Gabrielle, muy sorprendida, hubiera podido hacer a Ephiny mil preguntas, pero Xena le indicó con la mirada que se abstuviera de hacerlas. Gabrielle comprendió que lo mejor era dejar que Ephiny comenzara a contar la historia por sí misma. Y antes de hacerlo provocó otro incómodo silencio, mientras se acomodaba en una rústica silla.
-Supimos que el ejército de Epiro se dirigía a nuestras tierras -contó Ephiny.
-¿Epiro? -exclamó Gabrielle, tan impaciente que ya no podía esperar más-. Las amazonas nunca hemos tenido problemas con Epiro.
-Querían conquistarnos. Estamos establecidas en unas tierras muy estratégicas. Esto siempre nos ha traído problemas y siempre nos los traerá -siguió Ephiny, con gran dificultad-. Su plan incluía masacrarnos a todas nosotras.
-¿Hubo alguna batalla? -preguntó Gabrielle con dureza, intentando ocultar el horror que le producía la hipotética muerte de sus hermanas amazonas.
-Salimos al bosque a atacarles -continuó Ephiny, mientras brotaba de su ojo izquierdo una gruesa lágrima-, pero su número era muy superior a lo que creíamos. La batalla fue dura, muy dura -añadió, mientras la lágrima se deslizaba por su mejilla. Al observar su caída, Xena advirtió que Ephiny tenía una herida aún no cerrada en el pómulo.
-Pero... ¿qué ocurrió? -preguntó Gabrielle, inquieta.
-Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde: la lucha había comenzado. Apenas teníamos posibilidades, pero si les provocábamos un número suficiente de bajas se verían obligados a acampar -prosiguió Ephiny-. Durante la batalla tuvimos algunas bajas, pero fueron más las de los epirenses. Uno de los soldados se disponía a dispararme con un arco. Yo estaba luchando con la espada y no me di cuenta. Pero... Melanipe sí.
Un escalofrío estremeció los cuerpos de Xena y Gabrielle. El tono que había empleado Ephiny les indicaba que quedaba poco para la parte que ésta prefería no poder contar por el simple hecho de no haber sucedido.
-En cuanto el arquero disparó la flecha, Melanipe corrió hacia mí -continuó Ephiny, con una expresión de dolor tan dura que Gabrielle casi sintió vergüenza de someter a su amiga a ese interrogatorio-. Gritó mi nombre y saltó sobre mí. En ese momento me giré, pero ya era demasiado tarde... La flecha atravesó su pecho... A mí sólo me rozó la cara -recordó la reina, mientras se tocaba la herida-. Ordené la retirada, así pudimos recoger a nuestras víctimas. Yo misma recogí el cadáver de Melanipe.
-¿No os siguieron los soldados? -preguntó Xena.
-Huimos entre los árboles. No pudieron -siguió Ephiny, mucho más tranquila, como si el haber estado a salvo entonces influyera en el presente-. Una vez en el poblado celebramos los funerales. Todo fue bien hasta que descubrimos que el cadáver de Melanipe no ardía. Tuvimos que instalar una gran piedra como pira para evitar que el fuego llegase al suelo y, al estar en contacto con la hierba y las plantas, provocase un incendio. Actualmente cambiamos los maderos cada poco tiempo, pues éstos sí los consume -añadió.
Aunque para Ephiny era difícil hablar de ese tema, Xena estaba preocupada por un aspecto de la historia.
-Ephiny, ¿dónde están ahora los soldados? -preguntó.
-Acampados -respondió Ephiny-. Les produjimos muchas bajas.
-¿Cómo es que no les vimos cuando llegamos? -preguntó Gabrielle.
-Vosotras llegasteis por el sur; ellos están acampados al norte -respondió Ephiny.
-¿Qué vais a hacer respecto a ellos? -preguntó de nuevo la princesa guerrera.
-Aún no he tomado una decisión definitiva -confesó Ephiny-. Pero creo que si dejamos que sean ellos los que nos ataquen, no tendremos posibilidades de victoria.
-Eso es exactamente lo que estaba pensando -dijo Xena.

Atardecía en el poblado de las amazonas. Sentadas en el suelo, cerca de la pira de Melanipe, Gabrielle y Ephiny dialogaban, mientras algunas mujeres de la tribu, sin duda bastantes menos de las que encontraron por la mañana, bailaban y entonaban la canción fúnebre.
-Si el cuerpo de Melanipe no se consume, no me lo perdonaré nunca -se lamentó Ephiny-. Si no tiene un buen funeral, permanecerá para siempre en el Mundo de los Vivos.
-No fue tu culpa -dijo Gabrielle, completamente convencida-. Probablemente Melanipe no se hubiese perdonado que esa flecha te hubiese matado.
-Pero... ¿por qué no arde? -se preguntó Ephiny con impotencia.
Las dos se quedaron calladas. Ephiny, porque esperaba una respuesta que ella misma sabía que no existía; Gabrielle, porque quería hacerle una sugerencia a su amiga que no se atrevía a realizar.
-¿No has pensado en otro tipo de funeral? -propuso finalmente la ex-reina.
-¡No! -rechazó casi horrorizada Ephiny-. No sería un funeral de amazona. Melanipe murió por nuestro pueblo. Su memoria no sería lo suficientemente honrada si no se le realizase un funeral tradicional.
Gabrielle comprendió que no podría convencer a su amiga de algo que ni siquiera a ella misma le parecía buena idea.
Ambas continuaron observando la pira, en silencio. Para Gabrielle, lo que antes le había estremecido, ahora resultaba rutinario. Incluso tenía la sensación de que, si algún día el cadáver de Melanipe ardía y ella tenía la suerte de poder verlo, le resultaría extraño.
-¿Ephiny, crees que lo del ataque de mañana es buena idea? -preguntó de repente una preocupada Gabrielle.
-Es la única posibilidad -dijo Ephiny, como si no estuviera muy segura y tratara de convencerse a sí misma-. Si ellos nos atacan, no podríamos defender el poblado. Son demasiados...
La última palabra revoloteó en la cabeza de Gabrielle. Demasiados... Había visto tantas veces como Xena e, incluso, ella misma, habían derrotado a enemigos que les superaban en número que no le parecía un problema tan importante. Pero esto era una guerra, no una pelea, y esta vez no estaban en peligro su vida y la de Xena, sino también las de las amazonas, con Ephiny incluida.
Xena había dicho que Epiro estaba situado en una zona muy montañosa, y sus soldados estaban acostumbrados a combatir en terrenos escabrosos en los que la lucha era muy complicada. Eso podría incluir los bosques de las amazonas, pero en éstos también tenía ventaja la tribu de Ephiny y Gabrielle.
Demasiados...

Xena y Gabrielle se acomodaron en una choza vacía para pasar la noche. Tumbada en el duro suelo, Gabrielle pensó que, probablemente, era la choza de alguna de las amazonas muertas en la batalla. Tal vez, incluso, era la de Melanipe. La idea le producía escalofríos, pero finalmente logró conciliar el sueño.
Gabrielle se despertó. Supuestamente todo estaba en calma, pero ella sentía que no era así. Medio dormida, se levantó. Algo la movía.
Caminando guiada por una poderosa fuerza, llegó hasta la pira de Melanipe. Ya no había amazonas bailando, y se acababa de realizar el último cambio de madera de la noche. Gabrielle estaba sola... aparentemente.
A Gabrielle le pareció ver reflejada en el fuego la cara de Melanipe. Extrañada, se acercó aún más. Repentinamente, sintió un deseo irrefrenable de tocar el fuego, pese a que era algo irracional y peligroso. Una vez lo hizo, su mente se trasladó a otro lugar, en el bosque, de día. Sobre un árbol, y acompañada de Melanipe, que no habló en ningún momento, vio la batalla del día siguiente.
Las amazonas, acompañadas de ella y de Xena, atacaban a los epirenses. Poco a poco, éstos fueron obteniendo ventaja. Gabrielle, desesperada, comprobó que, aunque podía verlo, no podía ayudar, ni siquiera a ella misma, pues no podía moverse. Era como tener encadenados los brazos y las piernas, pero no físicamente. Podía hablar, pero no le escuchaban, como si hubiese un grueso muro entre ella y la batalla.
Cuando acabó la batalla, con victoria del ejército extranjero, muchas amazonas habían muerto, entre las cuales estaba incluida Ephiny. Ella había tenido más suerte y sólo había sido hecha esclava. Nerviosa, Gabrielle buscó con la mirada a Xena, y comprobó que formaba parte de las muertas.
-¡No quiero ver esto! -gritó Gabrielle.
Gabrielle volvió al mundo real. Lentamente, quitó la mano del fuego y cogió un madero de la pira. Volvía a estar dominada por esa fuerza, aunque a estas alturas ya sabía que era el espíritu de Melanipe. Dejó que la amazona muerta actuase. Movida por ésta, tiró el madero al suelo. Al mismo tiempo, ella también cayó y se quedó dormida.


La voz de Xena despertó a Gabrielle:
-¡Gabrielle! ¿Qué haces aquí?
Gabrielle se incorporó, confusa. Con las primeras luces del día, Xena, Ephiny y las otras amazonas la observaban atentamente. Gabrielle se sorprendió de estar al lado de la pira de Melanipe, lo que significaba que la visión no había sido un sueño.
-¿Tanto interés tiene que me haya quedado dormida? -preguntó la bardo en tono de broma, pero se preocupó al ver el serio semblante de las amazonas. Por instinto, miró hacia el suelo, y descubrió que, formando un círculo alrededor de ella, estaba escrita una frase: "Nunca hay una sola posibilidad". Al lado yacía el madero, que ya no ardía, pero estaba casi completamente consumido.
-Es como si el terreno se hubiese quemado formando letras -dijo Xena-. Pero eso no es posible.
-Sí lo es -afirmó Gabrielle, y relató lo acontecido la noche anterior.
Cuando acabó el relato, Ephiny tomó la palabra.
-El espíritu de Melanipe se había quedado en nuestro mundo para darnos ese mensaje -concluyó la reina.
Todas miraron a la pira para ver si, ya que había cumplido sus asuntos pendientes, Melanipe dejaba que su cadáver ardiera, pero no era así.
-Si atacamos nosotras a los epirenses, moriremos -dijo Xena-. Tal vez sea complicado, pero tendremos que dejar que nos ataquen.

Mediodía. En el poblado se preparaba la defensa. Mientras Ephiny organizaba a algunas amazonas, Xena relataba a Gabrielle los detalles del ejército de Epiro.
-No utilizan caballería, pero sus espadachines son muy buenos -contó la princesa guerrera.
-Las amazonas somos mucho mejores guerreras -dijo Gabrielle, completamente convencida.
-Los más peligrosos son sus arqueros -continuó Xena.
-¿Cómo el que mató a Melanipe? -preguntó Gabrielle, sin esperar respuesta.
-Lo tenemos difícil -dijo Xena-. Son muchos.
-Si corriéramos un peligro extremadamente grande, Melanipe me lo habría advertido anoche -aseguró Gabrielle.
Una amazona llegó al poblado procedente de los árboles. Ephiny le había otorgado la misión de conseguir información sobre el ejército enemigo.
-Ya se dirigen hacia aquí. Llegarán en menos de media hora -contó la amazona espía.
-¡Daos más prisa, chicas! -exclamó Gabrielle en tono amistoso para mejorar el estado de ánimo de las otras amazonas.
Ephiny se acercó a Gabrielle.
-No sé cómo puedes mantener el entusiasmo hasta en situaciones como ésta -dijo la reina.
-No mantengo el entusiasmo, intento animarlas -dijo Gabrielle-. Cuando viajo con Xena tengo que enfrentarme a luchas todos los días, ellas no.
-A veces pienso que no deberías haberme cedido tu puesto de reina -confesó Ephiny.
-¿Bromeas? -preguntó Gabrielle, casi enfadada-. ¡Tú eres mil veces mejor reina que yo! Éste ha sido tu hogar desde siempre; pero si yo me quedase como reina no podría viajar con Xena. Y eres muy buena jefa militar -continuó ante Ephiny, que no estaba muy convencida-. Es más: aunque no lo creas, tu actuación en la batalla anterior fue perfecta. Causasteis bastantes bajas, obligándoles a acampar, y ahora, podemos organizar una buena defensa.
Ephiny se quedó en silencio durante unos segundos.
-Tal vez tengas razón -admitió finalmente-. Pero... ¿por qué no arde el cuerpo de Melanipe?
-No te tortures -dijo Gabrielle.
-Cuando esta mañana nos contaste la visión que te mostró Melanipe, pensé que no ardía porque su misión aquí no había terminado, que tenía que advertirnos de lo que nos pasaría si elegíamos una mala estrategia... Pero sigue aquí -prosiguió Ephiny.
Gabrielle miró a su alrededor. En medio del poblado destacaba la pira de Melanipe.
-¿Qué vamos a hacer con ella? -preguntó Gabrielle-. ¿Apagamos el fuego?
-Verás, Gabrielle... -comenzó Ephiny, indecisa. Gabrielle supo leer en sus ojos que le había ocultado a algo a ella y a Xena-. La noche anterior a tu llegada estuvo lloviendo. El fuego... no se apagó.
-Entonces... ¿Por qué lo alimentáis con madera, si no hace falta? -preguntó Gabrielle.
-Sería una ofensa a Melanipe desatender su pira funeraria -explicó Ephiny.
-Perfecto -dijo Gabrielle con su habitual ironía-, no podemos llevar a otro lugar a Melanipe... quiero decir... -vaciló la escritora, buscando una forma de no dañar a su amiga.
-Dilo -pidió Ephiny.
-A lo queda de ella, que en realidad es todo -dijo Gabrielle, pero enseguida comprendió su error-. Lo siento. No debería haber dicho esto último.
-No lo sientas. Es la verdad -dijo Ephiny, con un tono de voz mezcla de tristeza y resignación.
-Sigues sintiéndote culpable. Es eso, ¿verdad? -preguntó Gabrielle.
Ephiny asintió con la cabeza tras otro largo silencio.
-¡Ephiny, tú no eres culpable! ¿Crees que Melanipe se hubiese sacrificado si no hubiera merecido la pena? -preguntó Gabrielle.
Hubo un nuevo silencio. Finalmente, Ephiny sonrió.
-¡Amazonas! -gritó-. ¡Hagamos que la muerte de nuestras hermanas no haya sido en vano!

Escondidas entre los edificios del poblado, las amazonas se preparaban para la batalla. Animadas por Xena, habían cantado una de sus canciones para las fiestas más alegres. Así, los epirenses, creyendo que estaban bailando en medio del poblado, habían lanzado una lluvia de flechas, provocando un gasto innecesario. Las flechas, que no habían dañado el cadáver de Melanipe ya que éste había sido cubierto por placas de metal, fueron recogidas por Xena, Gabrielle y Ephiny, que las repartieron entre las amazonas arqueras.
En cuanto el ejército de Epiro entró en el poblado, las amazonas arqueras hicieron caer sobre ellos sus propias flechas. Era una ventaja. Pero no era suficiente.
-¡Xena, no podemos vencer! -dijo Gabrielle a la princesa guerrera lo más bajo que pudo cuando comprobó el gran número de soldados enemigos.
-Eso habrá que verlo -dijo Xena, con su habitual actitud desafiante.
-Cualquiera diría que has sido una poderosa estratega -se quejó Gabrielle-. No me digas que te enfrentaste a un gran número de enemigos y les venciste cuando eras... bueno... señora de la guerra.
-En esos tiempos prefería el término asesina, pero aceptaré señora de la guerra -dijo Xena, sonriendo. Gabrielle también sonrió, y pensó que en medio de las situaciones más tensas un poco de humor viene muy bien.
-Las amazonas somos mejores -dijo una chica joven, situada al lado de Gabrielle-. No debes dudarlo, venceremos.
-¡Y vengaremos la muerte de nuestras hermanas! -dijo completamente segura una amazona que llevaba un gran arco y unas flechas muy elaboradas.
Gabrielle pensó que la esperanza de sus palabras había aumentado la moral de las amazonas y sus ganas de luchar. Tal vez, incluso, su efectividad en batalla. Sin duda, no era lo mismo luchar por un buen motivo que por una causa ajena a uno mismo, como ocurría con los soldados que reclutaban algunos reyes.
-¡Amazonas, atacad! -ordenó Ephiny, ocultando con un fuerte tono de voz el nerviosismo y la inquietud que sentía.
Los soldados epirenses y las amazonas, comenzaron a correr para encontrarse en medio del poblado en un choque mortal para estas últimas, pero ocurrió algo que lo impidió.

Ante el asombro de todos, las placas de metal que cubrían el cadáver de Melanipe cayeron estrepitosamente al suelo. De repente, el fuego de la pira se abalanzó sobre algunos de los soldados epirenses. Mientras éstos gritaban horrorizados consumiéndose vivos, tanto sus compañeros como las amazonas, sobrecogidos, pararon en seco.
En menos de un segundo, las amazonas, Xena y Gabrielle comprendieron todo el misterio: el espíritu de Melanipe estaba en el fuego, lo controlaba, por eso no quemaba su cuerpo ni se apagaba nunca. Había aprovechado su presencia en el Mundo de los Vivos para mostrar a Gabrielle una visión de lo que les pasaría si atacaban fuera del poblado.
Melanipe había decidido terminar su última misión: la lucha contra los epirenses. Para ello tenía que conseguir que éstos viniesen al poblado, y así poder reducir su número gracias al fuego.
-¡Piedad! -gritó desesperado el general de las tropas extranjeras, al ver cómo algunos de sus hombres morían o resultaban muy heridos, quedando en desventaja frente a las amazonas.
Algunas amazonas pensaron que era el momento de atacar, pero Ephiny impuso su voz:
-¡Las amazonas no deseamos la guerra! Os ofrecemos la paz, pero si osáis volver a atacarnos -Ephiny hizo una desafiante pausa-, ¡Epiro desaparecerá de la faz de la Tierra!
Los soldados epirenses se retiraron corriendo, recogiendo a las víctimas del fuego. Las amazonas gritaron de alegría por la victoria.
Tras un tiempo de celebración, Gabrielle, instintivamente, miró a la pira, y vio aquello que el día anterior había pensado que consideraría extraño.
-¡El cuerpo de Melanipe está ardiendo! -gritó la escritora, mientras pensaba que la visión de la pira no le producía extrañeza, sino alegría.
Todas las amazonas fueron corriendo hacia la pira con júbilo, especialmente Ephiny, que miró a Gabrielle con una profunda sonrisa. Ahora podrían agradecerle a Melanipe todo lo que había hecho por ellas despidiéndola con un funeral de amazona.
Casi digno de una reina.

 

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