Funeral de amazona
Volvieron a escucharse los ecos lejanos
de la canción fúnebre de las amazonas.
-Démonos más prisa, Xena -dijo Gabrielle, visiblemente preocupada.
-Ya estamos cerca -recordó Xena, mientras palpaba ligeramente el chakram
con los dedos de la mano derecha.
-¿Hay alguien? -preguntó Gabrielle, susurrando.
-Sí, entre los árboles -respondió la princesa guerrera.
-¿Cuántos? -volvió a preguntar la bardo.
-Uno -respondió Xena con seguridad-. En la copa de aquel árbol.
Xena cogió el chakram, dispuesta a lanzarlo contra quien estuviese
allí, pero no fue necesario: una mujer bajó del árbol
mediante una cuerda. Iba vestida con las ropas de las amazonas y llevaba una
máscara: la máscara de la reina, que tan bien conocía
Gabrielle por haberla llevado.
-¿Ephiny? -preguntó.
-Gabrielle, tenía ganas de verte -dijo la reina, tras quitarse la máscara-.
Xena, me alegro de que hayáis llegado.
-Ephiny, creía que habías muerto -dijo Gabrielle, mientras abrazaba
a su amiga amazona.
-¿Lo dices por la canción fúnebre? -preguntó Ephiny.
-Las amazonas parecen muy dolidas, como si hubiera muerto la reina -explicó
Gabrielle.
-Siempre que muere una de nuestras hermanas nos sentimos muy dolidas -afirmó
Ephiny.
-Pero nos parecía que era un funeral de reina -dijo Xena-. Los cantos
de dolor no eran corrientes.
-Quisimos hacerle a Melanipe un funeral casi como de una reina -explicó
Ephiny, mientras sus ojos, enrojecidos, expresaban un gran dolor.
-¿Melanipe? -preguntó extrañada Gabrielle-. Apenas la
recuerdo.
-La última vez que estuvisteis aquí estaba haciendo de mensajera
-recordó Ephiny-. Todas la apreciábamos mucho -añadió
con tristeza.
-Yo también lo siento -afirmó Gabrielle.
-Yo no soy amazona, pero la muerte de alguien querido por alguien a quien
yo quiero me entristece -confesó Xena, aunque sabía de sobra
que por mucho que se compadeciera no podría mejorar el estado de ánimo
de Ephiny.
Se escuchó de nuevo la canción fúnebre.
-Ephiny, ¿cómo es que no estás en el funeral? -preguntó
Gabrielle.
-Tenía que encontraros -dijo la reina-. Pedí a Artemisa que
se os ocurriera venir aquí.
Las dos guerreras empezaron a preocuparse seriamente. ¿La diosa de
las amazonas? ¿La idea de Gabrielle de venir al poblado había
sido inspirada por una diosa? Ephiny debía de estar muy desesperada
para tener que recurrir a la ayuda de una diosa, uno de esos seres superiores
que, salvo algunas excepciones, eran despreciados por Xena.
-¿Por qué? ¿Para estar presentes en el funeral? -preguntó
Gabrielle.
Las dos guerreras esperaban de Ephiny una respuesta negativa, y así
fue.
-No. Hay un problema -confesó ésta.
-¿Qué pasa, Ephiny? -preguntó Xena.
-Su cuerpo -respondió Ephiny-. El fuego no lo consume.
Xena, Gabrielle y Ephiny caminaban
por el poblado de las amazonas.
-Melanipe era una gran guerrera, pero, sobre todo, una gran persona. Hizo
mucho por nosotras. Es difícil encontrar en el poblado a una a quien
Melanipe no haya salvado la vida -recordó Ephiny.
-¿Cómo es posible que su cuerpo no arda? -se preguntó
escéptica Gabrielle.
-Compruébalo por ti misma -propuso Ephiny, mientras señalaba
con su triste mirada el lugar donde, sobre una enorme pira funeraria, reposaba
entre llamas el cuerpo de Melanipe, una alta y rubia amazona que tenía
aspecto de haber sido fuerte y ágil cuando estaba viva.
Gabrielle, sobrecogida por la turbadora escena, se quedó sin palabras.
Para no caer al suelo, se apoyó en su cayado. Xena, más dura,
miró asombrada la pira, hasta que se acercó a ella, cruzando
la línea imaginaria alrededor de la cual las otras amazonas bailaban
mientras entonaban la canción de duelo. Xena comprobó con curiosidad
que la pira no estaba formada por varios tizones de madera, sino que éstos,
en menor número de lo habitual, habían sido colocados sobre
una piedra de grandes dimensiones.
Ephiny, por su parte, volvió a colocarse la máscara de la reina
y se unió al grupo de amazonas que bailaban en torno al cadáver
de Melanipe.
¿Cómo era posible que el cuerpo no ardiera?
En la choza de Ephiny, Xena y, especialmente,
Gabrielle, se reponían del gran impacto que había sido para
ellas ver un cadáver entre llamas que no ardía.
-¿Cómo murió Melanipe? -sonó de repente la voz
de Gabrielle.
La pregunta sorprendió a la reina amazona y a la princesa guerrera.
A Gabrielle le había afectado mucho la visión del cuerpo de
Melanipe entre las llamas, y no creían que estuviese preparada tan
pronto para conocer algo tan trágico. Sin embargo, Gabrielle quería
saberlo. Aunque se trataba de una persona que había entrado a formar
parte de su vida hacía tan poco y a la que no había llegado
a conocer, Gabrielle se enorgullecía de que ésta fuera de su
tribu y, además, hubiera salvado la vida a sus hermanas.
-Ephiny, ¿cómo murió Melanipe? -volvió a insistir
la escritora.
Ephiny se quedó callada durante un tiempo relativamente largo, uno
o dos minutos. No era que no quisiese contar. Su mirada estaba perdida, y
Xena comprendió que Ephiny rememoraba las escenas de la muerte de Melanipe.
Xena pensó que probablemente se había tratado de una muerte
trágica, no sólo como aquellas de las que había sido
testigo y había intentado evitar, sino también, a su pesar,
como las que ella misma había provocado durante los diez años
más turbulentos de su vida.
Por fin, Ephiny rompió el embarazoso silencio, pero su mirada seguía
clavada en el vacío:
-Melanipe murió por mi culpa.
Gabrielle, muy sorprendida, hubiera
podido hacer a Ephiny mil preguntas, pero Xena le indicó con la mirada
que se abstuviera de hacerlas. Gabrielle comprendió que lo mejor era
dejar que Ephiny comenzara a contar la historia por sí misma. Y antes
de hacerlo provocó otro incómodo silencio, mientras se acomodaba
en una rústica silla.
-Supimos que el ejército de Epiro se dirigía a nuestras tierras
-contó Ephiny.
-¿Epiro? -exclamó Gabrielle, tan impaciente que ya no podía
esperar más-. Las amazonas nunca hemos tenido problemas con Epiro.
-Querían conquistarnos. Estamos establecidas en unas tierras muy estratégicas.
Esto siempre nos ha traído problemas y siempre nos los traerá
-siguió Ephiny, con gran dificultad-. Su plan incluía masacrarnos
a todas nosotras.
-¿Hubo alguna batalla? -preguntó Gabrielle con dureza, intentando
ocultar el horror que le producía la hipotética muerte de sus
hermanas amazonas.
-Salimos al bosque a atacarles -continuó Ephiny, mientras brotaba de
su ojo izquierdo una gruesa lágrima-, pero su número era muy
superior a lo que creíamos. La batalla fue dura, muy dura -añadió,
mientras la lágrima se deslizaba por su mejilla. Al observar su caída,
Xena advirtió que Ephiny tenía una herida aún no cerrada
en el pómulo.
-Pero... ¿qué ocurrió? -preguntó Gabrielle, inquieta.
-Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde: la lucha había comenzado.
Apenas teníamos posibilidades, pero si les provocábamos un número
suficiente de bajas se verían obligados a acampar -prosiguió
Ephiny-. Durante la batalla tuvimos algunas bajas, pero fueron más
las de los epirenses. Uno de los soldados se disponía a dispararme
con un arco. Yo estaba luchando con la espada y no me di cuenta. Pero... Melanipe
sí.
Un escalofrío estremeció los cuerpos de Xena y Gabrielle. El
tono que había empleado Ephiny les indicaba que quedaba poco para la
parte que ésta prefería no poder contar por el simple hecho
de no haber sucedido.
-En cuanto el arquero disparó la flecha, Melanipe corrió hacia
mí -continuó Ephiny, con una expresión de dolor tan dura
que Gabrielle casi sintió vergüenza de someter a su amiga a ese
interrogatorio-. Gritó mi nombre y saltó sobre mí. En
ese momento me giré, pero ya era demasiado tarde... La flecha atravesó
su pecho... A mí sólo me rozó la cara -recordó
la reina, mientras se tocaba la herida-. Ordené la retirada, así
pudimos recoger a nuestras víctimas. Yo misma recogí el cadáver
de Melanipe.
-¿No os siguieron los soldados? -preguntó Xena.
-Huimos entre los árboles. No pudieron -siguió Ephiny, mucho
más tranquila, como si el haber estado a salvo entonces influyera en
el presente-. Una vez en el poblado celebramos los funerales. Todo fue bien
hasta que descubrimos que el cadáver de Melanipe no ardía. Tuvimos
que instalar una gran piedra como pira para evitar que el fuego llegase al
suelo y, al estar en contacto con la hierba y las plantas, provocase un incendio.
Actualmente cambiamos los maderos cada poco tiempo, pues éstos sí
los consume -añadió.
Aunque para Ephiny era difícil hablar de ese tema, Xena estaba preocupada
por un aspecto de la historia.
-Ephiny, ¿dónde están ahora los soldados? -preguntó.
-Acampados -respondió Ephiny-. Les produjimos muchas bajas.
-¿Cómo es que no les vimos cuando llegamos? -preguntó
Gabrielle.
-Vosotras llegasteis por el sur; ellos están acampados al norte -respondió
Ephiny.
-¿Qué vais a hacer respecto a ellos? -preguntó de nuevo
la princesa guerrera.
-Aún no he tomado una decisión definitiva -confesó Ephiny-.
Pero creo que si dejamos que sean ellos los que nos ataquen, no tendremos
posibilidades de victoria.
-Eso es exactamente lo que estaba pensando -dijo Xena.
Atardecía en el poblado de
las amazonas. Sentadas en el suelo, cerca de la pira de Melanipe, Gabrielle
y Ephiny dialogaban, mientras algunas mujeres de la tribu, sin duda bastantes
menos de las que encontraron por la mañana, bailaban y entonaban la
canción fúnebre.
-Si el cuerpo de Melanipe no se consume, no me lo perdonaré nunca -se
lamentó Ephiny-. Si no tiene un buen funeral, permanecerá para
siempre en el Mundo de los Vivos.
-No fue tu culpa -dijo Gabrielle, completamente convencida-. Probablemente
Melanipe no se hubiese perdonado que esa flecha te hubiese matado.
-Pero... ¿por qué no arde? -se preguntó Ephiny con impotencia.
Las dos se quedaron calladas. Ephiny, porque esperaba una respuesta que ella
misma sabía que no existía; Gabrielle, porque quería
hacerle una sugerencia a su amiga que no se atrevía a realizar.
-¿No has pensado en otro tipo de funeral? -propuso finalmente la ex-reina.
-¡No! -rechazó casi horrorizada Ephiny-. No sería un funeral
de amazona. Melanipe murió por nuestro pueblo. Su memoria no sería
lo suficientemente honrada si no se le realizase un funeral tradicional.
Gabrielle comprendió que no podría convencer a su amiga de algo
que ni siquiera a ella misma le parecía buena idea.
Ambas continuaron observando la pira, en silencio. Para Gabrielle, lo que
antes le había estremecido, ahora resultaba rutinario. Incluso tenía
la sensación de que, si algún día el cadáver de
Melanipe ardía y ella tenía la suerte de poder verlo, le resultaría
extraño.
-¿Ephiny, crees que lo del ataque de mañana es buena idea? -preguntó
de repente una preocupada Gabrielle.
-Es la única posibilidad -dijo Ephiny, como si no estuviera muy segura
y tratara de convencerse a sí misma-. Si ellos nos atacan, no podríamos
defender el poblado. Son demasiados...
La última palabra revoloteó en la cabeza de Gabrielle. Demasiados...
Había visto tantas veces como Xena e, incluso, ella misma, habían
derrotado a enemigos que les superaban en número que no le parecía
un problema tan importante. Pero esto era una guerra, no una pelea, y esta
vez no estaban en peligro su vida y la de Xena, sino también las de
las amazonas, con Ephiny incluida.
Xena había dicho que Epiro estaba situado en una zona muy montañosa,
y sus soldados estaban acostumbrados a combatir en terrenos escabrosos en
los que la lucha era muy complicada. Eso podría incluir los bosques
de las amazonas, pero en éstos también tenía ventaja
la tribu de Ephiny y Gabrielle.
Demasiados...
Xena y Gabrielle se acomodaron en
una choza vacía para pasar la noche. Tumbada en el duro suelo, Gabrielle
pensó que, probablemente, era la choza de alguna de las amazonas muertas
en la batalla. Tal vez, incluso, era la de Melanipe. La idea le producía
escalofríos, pero finalmente logró conciliar el sueño.
Gabrielle se despertó. Supuestamente todo estaba en calma, pero ella
sentía que no era así. Medio dormida, se levantó. Algo
la movía.
Caminando guiada por una poderosa fuerza, llegó hasta la pira de Melanipe.
Ya no había amazonas bailando, y se acababa de realizar el último
cambio de madera de la noche. Gabrielle estaba sola... aparentemente.
A Gabrielle le pareció ver reflejada en el fuego la cara de Melanipe.
Extrañada, se acercó aún más. Repentinamente,
sintió un deseo irrefrenable de tocar el fuego, pese a que era algo
irracional y peligroso. Una vez lo hizo, su mente se trasladó a otro
lugar, en el bosque, de día. Sobre un árbol, y acompañada
de Melanipe, que no habló en ningún momento, vio la batalla
del día siguiente.
Las amazonas, acompañadas de ella y de Xena, atacaban a los epirenses.
Poco a poco, éstos fueron obteniendo ventaja. Gabrielle, desesperada,
comprobó que, aunque podía verlo, no podía ayudar, ni
siquiera a ella misma, pues no podía moverse. Era como tener encadenados
los brazos y las piernas, pero no físicamente. Podía hablar,
pero no le escuchaban, como si hubiese un grueso muro entre ella y la batalla.
Cuando acabó la batalla, con victoria del ejército extranjero,
muchas amazonas habían muerto, entre las cuales estaba incluida Ephiny.
Ella había tenido más suerte y sólo había sido
hecha esclava. Nerviosa, Gabrielle buscó con la mirada a Xena, y comprobó
que formaba parte de las muertas.
-¡No quiero ver esto! -gritó Gabrielle.
Gabrielle volvió al mundo real. Lentamente, quitó la mano del
fuego y cogió un madero de la pira. Volvía a estar dominada
por esa fuerza, aunque a estas alturas ya sabía que era el espíritu
de Melanipe. Dejó que la amazona muerta actuase. Movida por ésta,
tiró el madero al suelo. Al mismo tiempo, ella también cayó
y se quedó dormida.
La voz de Xena despertó a Gabrielle:
-¡Gabrielle! ¿Qué haces aquí?
Gabrielle se incorporó, confusa. Con las primeras luces del día,
Xena, Ephiny y las otras amazonas la observaban atentamente. Gabrielle se
sorprendió de estar al lado de la pira de Melanipe, lo que significaba
que la visión no había sido un sueño.
-¿Tanto interés tiene que me haya quedado dormida? -preguntó
la bardo en tono de broma, pero se preocupó al ver el serio semblante
de las amazonas. Por instinto, miró hacia el suelo, y descubrió
que, formando un círculo alrededor de ella, estaba escrita una frase:
"Nunca hay una sola posibilidad". Al lado yacía el madero,
que ya no ardía, pero estaba casi completamente consumido.
-Es como si el terreno se hubiese quemado formando letras -dijo Xena-. Pero
eso no es posible.
-Sí lo es -afirmó Gabrielle, y relató lo acontecido la
noche anterior.
Cuando acabó el relato, Ephiny tomó la palabra.
-El espíritu de Melanipe se había quedado en nuestro mundo para
darnos ese mensaje -concluyó la reina.
Todas miraron a la pira para ver si, ya que había cumplido sus asuntos
pendientes, Melanipe dejaba que su cadáver ardiera, pero no era así.
-Si atacamos nosotras a los epirenses, moriremos -dijo Xena-. Tal vez sea
complicado, pero tendremos que dejar que nos ataquen.
Mediodía. En el poblado se
preparaba la defensa. Mientras Ephiny organizaba a algunas amazonas, Xena
relataba a Gabrielle los detalles del ejército de Epiro.
-No utilizan caballería, pero sus espadachines son muy buenos -contó
la princesa guerrera.
-Las amazonas somos mucho mejores guerreras -dijo Gabrielle, completamente
convencida.
-Los más peligrosos son sus arqueros -continuó Xena.
-¿Cómo el que mató a Melanipe? -preguntó Gabrielle,
sin esperar respuesta.
-Lo tenemos difícil -dijo Xena-. Son muchos.
-Si corriéramos un peligro extremadamente grande, Melanipe me lo habría
advertido anoche -aseguró Gabrielle.
Una amazona llegó al poblado procedente de los árboles. Ephiny
le había otorgado la misión de conseguir información
sobre el ejército enemigo.
-Ya se dirigen hacia aquí. Llegarán en menos de media hora -contó
la amazona espía.
-¡Daos más prisa, chicas! -exclamó Gabrielle en tono amistoso
para mejorar el estado de ánimo de las otras amazonas.
Ephiny se acercó a Gabrielle.
-No sé cómo puedes mantener el entusiasmo hasta en situaciones
como ésta -dijo la reina.
-No mantengo el entusiasmo, intento animarlas -dijo Gabrielle-. Cuando viajo
con Xena tengo que enfrentarme a luchas todos los días, ellas no.
-A veces pienso que no deberías haberme cedido tu puesto de reina -confesó
Ephiny.
-¿Bromeas? -preguntó Gabrielle, casi enfadada-. ¡Tú
eres mil veces mejor reina que yo! Éste ha sido tu hogar desde siempre;
pero si yo me quedase como reina no podría viajar con Xena. Y eres
muy buena jefa militar -continuó ante Ephiny, que no estaba muy convencida-.
Es más: aunque no lo creas, tu actuación en la batalla anterior
fue perfecta. Causasteis bastantes bajas, obligándoles a acampar, y
ahora, podemos organizar una buena defensa.
Ephiny se quedó en silencio durante unos segundos.
-Tal vez tengas razón -admitió finalmente-. Pero... ¿por
qué no arde el cuerpo de Melanipe?
-No te tortures -dijo Gabrielle.
-Cuando esta mañana nos contaste la visión que te mostró
Melanipe, pensé que no ardía porque su misión aquí
no había terminado, que tenía que advertirnos de lo que nos
pasaría si elegíamos una mala estrategia... Pero sigue aquí
-prosiguió Ephiny.
Gabrielle miró a su alrededor. En medio del poblado destacaba la pira
de Melanipe.
-¿Qué vamos a hacer con ella? -preguntó Gabrielle-. ¿Apagamos
el fuego?
-Verás, Gabrielle... -comenzó Ephiny, indecisa. Gabrielle supo
leer en sus ojos que le había ocultado a algo a ella y a Xena-. La
noche anterior a tu llegada estuvo lloviendo. El fuego... no se apagó.
-Entonces... ¿Por qué lo alimentáis con madera, si no
hace falta? -preguntó Gabrielle.
-Sería una ofensa a Melanipe desatender su pira funeraria -explicó
Ephiny.
-Perfecto -dijo Gabrielle con su habitual ironía-, no podemos llevar
a otro lugar a Melanipe... quiero decir... -vaciló la escritora, buscando
una forma de no dañar a su amiga.
-Dilo -pidió Ephiny.
-A lo queda de ella, que en realidad es todo -dijo Gabrielle, pero enseguida
comprendió su error-. Lo siento. No debería haber dicho esto
último.
-No lo sientas. Es la verdad -dijo Ephiny, con un tono de voz mezcla de tristeza
y resignación.
-Sigues sintiéndote culpable. Es eso, ¿verdad? -preguntó
Gabrielle.
Ephiny asintió con la cabeza tras otro largo silencio.
-¡Ephiny, tú no eres culpable! ¿Crees que Melanipe se
hubiese sacrificado si no hubiera merecido la pena? -preguntó Gabrielle.
Hubo un nuevo silencio. Finalmente, Ephiny sonrió.
-¡Amazonas! -gritó-. ¡Hagamos que la muerte de nuestras
hermanas no haya sido en vano!
Escondidas entre los edificios del
poblado, las amazonas se preparaban para la batalla. Animadas por Xena, habían
cantado una de sus canciones para las fiestas más alegres. Así,
los epirenses, creyendo que estaban bailando en medio del poblado, habían
lanzado una lluvia de flechas, provocando un gasto innecesario. Las flechas,
que no habían dañado el cadáver de Melanipe ya que éste
había sido cubierto por placas de metal, fueron recogidas por Xena,
Gabrielle y Ephiny, que las repartieron entre las amazonas arqueras.
En cuanto el ejército de Epiro entró en el poblado, las amazonas
arqueras hicieron caer sobre ellos sus propias flechas. Era una ventaja. Pero
no era suficiente.
-¡Xena, no podemos vencer! -dijo Gabrielle a la princesa guerrera lo
más bajo que pudo cuando comprobó el gran número de soldados
enemigos.
-Eso habrá que verlo -dijo Xena, con su habitual actitud desafiante.
-Cualquiera diría que has sido una poderosa estratega -se quejó
Gabrielle-. No me digas que te enfrentaste a un gran número de enemigos
y les venciste cuando eras... bueno... señora de la guerra.
-En esos tiempos prefería el término asesina, pero aceptaré
señora de la guerra -dijo Xena, sonriendo. Gabrielle también
sonrió, y pensó que en medio de las situaciones más tensas
un poco de humor viene muy bien.
-Las amazonas somos mejores -dijo una chica joven, situada al lado de Gabrielle-.
No debes dudarlo, venceremos.
-¡Y vengaremos la muerte de nuestras hermanas! -dijo completamente segura
una amazona que llevaba un gran arco y unas flechas muy elaboradas.
Gabrielle pensó que la esperanza de sus palabras había aumentado
la moral de las amazonas y sus ganas de luchar. Tal vez, incluso, su efectividad
en batalla. Sin duda, no era lo mismo luchar por un buen motivo que por una
causa ajena a uno mismo, como ocurría con los soldados que reclutaban
algunos reyes.
-¡Amazonas, atacad! -ordenó Ephiny, ocultando con un fuerte tono
de voz el nerviosismo y la inquietud que sentía.
Los soldados epirenses y las amazonas, comenzaron a correr para encontrarse
en medio del poblado en un choque mortal para estas últimas, pero ocurrió
algo que lo impidió.
Ante el asombro de todos, las placas
de metal que cubrían el cadáver de Melanipe cayeron estrepitosamente
al suelo. De repente, el fuego de la pira se abalanzó sobre algunos
de los soldados epirenses. Mientras éstos gritaban horrorizados consumiéndose
vivos, tanto sus compañeros como las amazonas, sobrecogidos, pararon
en seco.
En menos de un segundo, las amazonas, Xena y Gabrielle comprendieron todo
el misterio: el espíritu de Melanipe estaba en el fuego, lo controlaba,
por eso no quemaba su cuerpo ni se apagaba nunca. Había aprovechado
su presencia en el Mundo de los Vivos para mostrar a Gabrielle una visión
de lo que les pasaría si atacaban fuera del poblado.
Melanipe había decidido terminar su última misión: la
lucha contra los epirenses. Para ello tenía que conseguir que éstos
viniesen al poblado, y así poder reducir su número gracias al
fuego.
-¡Piedad! -gritó desesperado el general de las tropas extranjeras,
al ver cómo algunos de sus hombres morían o resultaban muy heridos,
quedando en desventaja frente a las amazonas.
Algunas amazonas pensaron que era el momento de atacar, pero Ephiny impuso
su voz:
-¡Las amazonas no deseamos la guerra! Os ofrecemos la paz, pero si osáis
volver a atacarnos -Ephiny hizo una desafiante pausa-, ¡Epiro desaparecerá
de la faz de la Tierra!
Los soldados epirenses se retiraron corriendo, recogiendo a las víctimas
del fuego. Las amazonas gritaron de alegría por la victoria.
Tras un tiempo de celebración, Gabrielle, instintivamente, miró
a la pira, y vio aquello que el día anterior había pensado que
consideraría extraño.
-¡El cuerpo de Melanipe está ardiendo! -gritó la escritora,
mientras pensaba que la visión de la pira no le producía extrañeza,
sino alegría.
Todas las amazonas fueron corriendo hacia la pira con júbilo, especialmente
Ephiny, que miró a Gabrielle con una profunda sonrisa. Ahora podrían
agradecerle a Melanipe todo lo que había hecho por ellas despidiéndola
con un funeral de amazona.
Casi digno de una reina.