El rey de los piratas

 

-¡Necesitamos tomar un barco lo antes posible! -repitió Xena al hombre que estaba delante de ellas, que parecía no darse por enterado. Al contrario que Gabrielle, que permanecía tranquila, ella empezaba a perder los nervios.
-No habrá ningún barco hasta mañana -dijo el hombre tranquilamente, y señaló hacia el inmenso mar que se extendía por todas partes-. La niebla hace imposible la navegación, así que me temo que tendréis que quedaros una noche en la isla.
Xena iba a replicar, pero finalmente decidió callarse. Ella había tenido experiencia marítima hacía tiempo, y sabía que el vigía con el que estaba hablando tenía razón.
-Necesitamos un lugar donde cenar algo y dormir. Tal vez nos pueda indicar cómo podemos encontrar una posada -sugirió Gabrielle en un tono muy diplomático.
El hombre las miró con una expresión que inspiraba diversión, pero que no llegaba a ser una risa. Era un hombre mayor (no tendría menos de setenta años) y vestía ropas sucias y casi andrajosas. Llevaba un pequeño sombrero de piel en la cabeza y calaba unas botas que le quedaban grandes. Su aspecto en general era desarreglado. Tenía una cicatriz que le cruzaba la parte izquierda de la cara y a partir de la cual se podía deducir que la hoja que la ocasionó se había aproximado peligrosamente al ojo del vigía. La expresión de su boca permitía ver una dentadura muy descuidada.
-No hay posadas en la isla -explicó el hombre-. Normalmente, nadie desembarca en un lugar tan lejano de los grandes puertos y tan vacío de vida; sólo los comerciantes que nos venden lo que aquí no se puede encontrar. Me extraña que vosotras hayáis llegado hasta aquí.
Xena y Gabrielle se hacían exactamente la misma pregunta, pero no le interrumpieron.
-No obstante, podéis ir al pueblo y pedir cobijo en algún granero -continuó el hombre-. Hilda siempre aloja a todo el mundo que se lo pide, al igual que el herrero Erik o la vieja Sigrid. Tomad el camino que va hacia el norte y llegaréis antes de que anochezca del todo.
-Gracias -dijo Gabrielle amablemente, y apremió a Xena para que la siguiera por ese camino. Antes de irse, pudieron ver cómo el hombre se distraía en sus propios pensamientos y comenzaba a caminar por el pequeño embarcadero en dirección al faro que se alzaba sobre el acantilado.

Apenas veían nada, porque aquella noche, la luna era nueva, y las brumas no dejaban vislumbrar bien las estrellas. Avanzaban con cuidado para evitar tropezar con las piedras del camino.
¿Cómo habían llegado hasta esa pequeña isla? Semanas atrás, habían recibido un mensaje de Beowulf que solicitaba su ayuda para enfrentarse a un nuevo peligro, un extraño pueblo procedente de las estepas que no tardaría en llegar a las Tierras Nórdicas. Xena y Gabrielle se apresuraron para acudir a su encuentro, pero el capitán del barco que las llevaba erró el rumbo, y decidieron hacer una pequeña escala en esa remota isla para conseguir más provisiones. Cuando Xena y Gabrielle fueron al muelle para volver a subir al barco, descubrieron que habían partido sin ellas. Ellas sabían que habían sido unas pasajeras problemáticas y que habían sido abandonadas porque los marineros no las querían en su embarcación, pero las lamentaciones no servían de nada ahora y debían esperar a que pasara la noche para esperar que un barco llegara a la mañana siguiente.
El camino se hacía más largo de lo que habían pensado. ¿Les habría señalado el viejo vigía la dirección correcta? ¿Habrían tomado sin darse cuenta un camino erróneo? Sus dudas se disiparon cuando vieron unas luces, sin duda procedentes de antorchas. Estaban demasiado lejos para afirmar con seguridad que allí estaba el pueblo, pero ¿qué otra cosa podía ser? Aceleraron el paso.
Efectivamente, allí esta el pequeño pueblo: unas pequeñas casas de maderas colocadas alrededor de una pequeña plaza (que sin duda albergaría el mercado por el día) y a ambos lados de la calle. Las dos oyeron un ruido que parecía proceder de la imponente casa comunal, pero parecía que ésta se hallaba vacía. Los lugareños parecían apresurados, como quien recoge sus enseres con prisa ante la inminencia de una tormenta. Nadie pareció darse cuenta de la presencia de las dos extrañas. Xena tocó el hombro de una mujer que pasó cerca de ellas. La mujer dio un grito y se dio la vuelta, presa del pánico. Al verlas, pareció tranquilizarse, pero se fue sin decir nada.
-No me gusta esto -dijo Gabrielle-. Todos se comportan de una forma extraña.
-Mientras haya un lugar para dormir… -dijo Xena.
-No estoy segura de que alguien quiera acogernos -afirmó Gabrielle.
Xena iba a añadir algo, pero las dos se quedaron mudas ante los acontecimientos que comenzaron a suceder. Todo se inició con un sonido muy fuerte, procedente del bosque: un cuerno de guerra, o mejor, varios de ellos sonando al mismo tiempo.
-¡Ya está aquí! -gritó un chico, atemorizado, y tiró al suelo la leña que acarreaba para echar a correr. No paró hasta entrar en una casa y cerrar la puerta. Los demás aldeanos, temerosos, hacían lo mismo. Las luces de aldea se apagaban poco a poco.
-¿Qué es esto? -preguntó Gabrielle, pero Xena no le respondió, porque estaba tan confusa como ella y sabía que Gabrielle, en el fondo, no esperaba que ella le aclarara su duda.
Su atención se fijo entonces en la casa comunal. Dos hombres abrieron la puerta del edificio y entraron. Tardaron poco en salir, y en esta ocasión llevaban a un hombre joven con las manos atadas. Era él quien había provocado el ruido que habían oído nada más llegar al pueblo. Los dos hombres parecían mucho más fuertes que su prisionero, que caminaba hacia un destino fatal sin albergar esperanzas de salvación. El prisionero estaba demasiado aterrado como para oponer resistencia real. Uno de los hombres que lo conducían en contra de su voluntad llevaba una barba rojiza, y el otro poseía una larga melena rubia.
Entonces, Xena y Gabrielle miraron hacia el extremo opuesto de la plaza a la casa comunal, donde se levantaba un tronco de árbol pulido. Los dos hombres condujeron al otro a esa zona, le amarraron fuertemente con cuerdas ante la atemorizada mirada del condenado. Con horror, Xena y Gabrielle comprobaron que apilaban maderos bajo los pies del hombre, trabajando con meticulosidad pero apresurados.
-Sabes lo que significa eso, ¿verdad? -preguntó Xena.
-Sí -respondió Gabrielle-. Van a quemarle vivo.
No se dieron cuenta de que todas las antorchas del pueblo estaban apagadas.
Los dos hombres comenzaron a correr hacia otra casa, mientras el condenado sacó fuerzas de su interior y gritó con voz desgarradora:
-¡Yo no lo hice!
Xena lanzó el chakram, que pasó volando frente a los dos hombres que huían, lo que les hizo detenerse desconcertados. El chakram golpeó una casa y volvió a Xena, pasando nuevamente por delante de ellos. Siguieron el vuelo de la extraña arma y contemplaron la figura de Xena, que tras recoger el chakram corrió hacia ellos. Los cuernos volvieron a sonar, lo que hizo que el hombre volviera a proclamar su inocencia.
-¡Yo no lo hice! -gritó mientras Gabrielle le cortaba las ataduras con un sai.
-¿Qué no hiciste? -le preguntó Gabrielle, una vez que le hubo liberado. El hombre estaba demasiado asustado para hablar.
Xena derribó a los dos hombres que intentaban huir. Desde el suelo, la miraban asustados. Gabrielle, ayudando a caminar al hombre que había estado atado al tronco, se reunió con su amiga.
-¿Alguien puede explicarme qué está sucediendo aquí? -preguntó Xena con calma. Los hombres del suelo la miraron con extrañeza.
-¿No vas a matarnos? -dijo uno, que llevaba una barba.
-Eso aún no le he decidido -dijo Xena-. Pero me gustaría que antes me dijerais por qué queríais matar a este hombre.
-¿Te refieres a Thorvald? -preguntó el otro, señalando al hombre que estaba al lado de Gabrielle-. ¡Hemos sido amigos desde niños! No deseaba su muerte. Pero la Asamblea pensó que él saciaría su sed de sangre si…
Una puerta se abrió, y un hombre maduro salió de su casa, llamando por su nombre a los hombres que estaban en el suelo.
-¡Asgrim, Ragnar! ¡Daos prisa! -interrumpió el recién llegado-. Él llegará de un momento a otro, y si no os refugiáis ya moriréis.
-Esto es de locos -dijo Gabrielle-. ¿De qué os escondéis?
-No es momento de preguntas -dijo el hombre al que Gabrielle había rescatado-. Gracias por salvarme. Déjame hacer algo por ti ahora. Si aprecias tu vida… -se interrumpió, y echó una mirada a Xena-. Si apreciáis vuestras vidas, venid conmigo.
Xena y Gabrielle ayudaron a incorporarse a los dos hombres que estaban tumbados en el suelo, y todos juntos se cobijaron en la única casa cuya puerta permanecía abierta. Xena fue la última en entrar, y tras ella, alguien cerró la puerta, por lo que la casa se sumió en una profunda oscuridad.

La sensación de aterramiento era compartida por casi todos los presentes. Gabrielle se mostraba visiblemente incómoda, mientras que Xena trataba de adivinar qué esta ocurriendo.
-¿Qué estamos haciendo aquí? -preguntó Xena. Los demás, excepto Gabrielle, le pidieron que bajara la voz.
-Parece ser que fuera hay algo de lo que están aterrados y piensan que vamos a quedarnos esperando a que se pase la tormenta -dijo Gabrielle.
-Ni siquiera vosotras, que habéis demostrado gran valor, podéis enfrentaros a él -dijo el pelirrojo.
-Asgrim tiene razón -dijo el hombre, que sin duda era el padre de los dos verdugos-. No podéis detenerle, pero os ayudaremos a sobrevivir a esta noche.
-Me estoy cansando de esto -dijo Xena, impaciente-. ¿Quién es él?
Nadie respondió, y tampoco nadie tuvo ocasión real de hacerlo. El sonido de unos cascos de caballo invadió el pueblo. Había alguien allí, un jinete sobre un caballo, que había llegado a la plaza del pueblo y parecía permanecer allí, moviéndose de un lado a otro, lentamente. Finalmente, se detuvo.
-Ya sabéis qué hago aquí -dijo una voz demasiado potente para ser humana-. ¡He venido a recuperar lo que es mío!
Nadie respondió. Gabrielle miró a Xena, desconcertada. La princesa guerrera parecía controlar la situación.
-El culpable pagará por su castigo y los inocentes sufrirán hasta que mi venganza se cumpla -dijo el jinete-. No veo mi oro por ninguna parte. ¿Osáis desafiarme?
El caballo volvió a moverse por toda la plaza. En cada casa, los aldeanos, absolutamente atemorizados, permanecían inmóviles.
-¿Nadie va a expiar la falta cometida en este pueblo? -preguntó la voz.
Xena se incorporó y se levantó en dirección a la puerta.
-Esto llega demasiado lejos -murmuró Xena, cogiendo el pomo de la puerta.
-¡No! -dijo el hombre maduro, pero ya era tarde. Xena salió. Gabrielle la siguió, aunque no estaba segura de estar actuando correctamente.
-¿Se puede saber qué te han quitado? -preguntó Xena al jinete, que se dio la vuelta y contempló a las guerreras. El jinete estaba totalmente vestido de negro y llevaba una capucha, por lo que sus facciones no eran visibles.
-Mi oro -dijo, y realizó una corta pausa-. Y mi vida.
Tras pronunciar estas palabras, el jinete extendió la mano y de repente la casa de la que acababan de salir Xena y Gabrielle comenzó a arder.

El jinete se alejó al galope de su oscuro corcel. Xena dudó si debía perseguirlo o rescatar a los que aún permanecían dentro del edificio, pero rápidamente llamó a Gabrielle, que ya estaba avisando a los cuatro hombres presentes. Consiguieron sacarlos a todos (Asgrim, Ragnar, el padre de éstos y Thorvald) antes de que el humo llenara la casa. Los demás aldeanos salían de sus casas, sintiéndose seguros tras haber escuchado los distantes casos del jinete abandonando su pueblo. Algunos intentaron apagar el incendio que se extendía por la casa de madera, pero fue inútil. Mientras todos observaban cómo la casa se derrumbaba, Asgrim se acercó a Xena y Gabrielle.
-Os dije que no podíais hacer nada contra su ira -recordó-. Ya conocéis su poder. Invoca el fuego del infierno del que procede. Ya ha hecho esto otras veces.
-Al menos esta vez no ha muerto nada -dijo un distante Thorvald, que aún no se había recuperado de la certeza de que su vida iba a acabar.
-Ha llegado la hora de las explicaciones -exigió Gabrielle-. ¿Quién era ese hombre?
-¿Hombre? -dijo Ragnar acercándose-. Hace mucho tiempo que ése dejó de ser un hombre. Concretamente, hace diez lunas.
-Si no he entendido mal, creéis que os enfrentáis a un ser con poderes sobrenaturales cuya muerte provocasteis vosotros -dijo Xena-. Comenzad por el principio.
-Hace casi un año, un día llegó a esta isla un hombre extraño -relató Asgrim-. Vestía ropas sencillas, improvisadas, y pidió un lugar en el que hospedarse. Era solitario y no solía hablar con nadie. Nunca se separaba de su pequeño cofre de madera.
-¿Tenía algún nombre? -preguntó Gabrielle.
-Probablemente tenía alguno -continuó Ragnar-, pero no se lo dijo a nadie. Una noche bebió más de la cuenta en la taberna y comenzó a hablar de sus aventuras en tierras lejanas al mando de un navío, atacando barcos romanos, griegos y celtas. Al parecer, sus hombres habían acabado perdiendo la confianza en él y decidieron matarle y robar todo el oro que le correspondía. Un joven marinero avisó a su capitán de las intenciones de sus compañeros y él pudo huir hasta el norte, donde nunca pudieran encontrarle. Desde ese día le llamábamos el rey de los piratas -dijo sonriendo por un momento.
-Todos intuimos que el motivo por el que nunca se separaba de su cofre era que allí guardaba el oro de sus viajes -explicó Asgrim-. Muchos no creían la historia del viejo pirata, pero nadie dudaba que en ese cofre había algo de valor. Yo creo que su historia era cierta, porque siempre que pagaba, lo hacía con oro acuñado en diferentes lugares, muy remotos.
-¿Llegasteis a ver el interior del cofre? -preguntó Xena.
-Sólo uno de nosotros -dijo Ragnar en voz baja.
-Thorvald -adivinó Gabrielle.
-El rey de los piratas había conseguido llamar mi atención -reconoció Thorvald, confiado-. Solía seguirle desde lejos allá donde iba. Le gustaba vagar por todos los rincones de la isla Él nunca llegó a verme, o eso creo, aunque creo que más de una vez se dio cuenta de que alguien le acechaba. Una vez, cuando se creía en completa soledad, abrió su caja y pude ver el resplandor del oro y hermosas joyas que no fueron forjadas para que él las escondiera en esta tierra inhóspita. Esa noche lo conté en la taberna, y la mayoría de los que allí estaban no me creyeron. Poco después… -Thorvald se obligó a interrumpir su relato.
-Unos días más tarde, el rey de los piratas fue encontrado muerto en el bosque -dijo Asgrim-. Le habían machacado la cabeza con una piedra. El cofre no estaba junto al cadáver. Nunca llegamos a saber realmente quién le había matado. Dimos por hecho que se había producido una pelea de borrachos. Nadie quería pensar en que el rey de los piratas había sido asesinado por alguna mente ávida de su oro. Todos pensamos que el oro, sencillamente, se había perdido durante la pelea, o que el rey de los piratas lo había escondido, quizás llevado por un mal presagio.
-Lo mataron en una noche de luna nueva -continuó Ragnar-. El incidente pronto fue olvidado, hasta que en la siguiente luna nueva, alguien irrumpió en la aldea de noche. No sabíamos quién era, pero rápidamente intuimos que algo iba mal. Con su aterradora voz, que nos heló la sangre al instante, dijo que había vuelto para recuperar el oro que le habíamos robado y vengar su muerte. Aquel día quemó varias casas.
-Con cada luna nueva volvía -afirmó Thorvald-. En su segunda visita no nos escondimos, porque no esperábamos que volviera. Le ofrecimos todo el oro que pudimos reunir. Él dijo que no era suficiente y que quería que el ladrón que le había matado le devolviera su tesoro. Armado con una hoja forjada por los condenados mató a varios aldeanos. A la siguiente luna llena algunos huyeron al bosque, pero también aparecieron asesinados. Desde entonces, siempre nos encerrábamos en el pueblo, dejando en la plaza grandes bienes. Él lo examinaba y gritaba que no le engañáramos. No era extraño que quemara algún edificio para recordarnos que él sólo estaba interesado en el oro que había obtenido como pirata, pero normalmente eran almacenes vacíos.
-Hace un mes, su furia fue especialmente grave -dijo Asgrim-. El incendio que produjo afectó a varias casas y muchos no pudieron huir a tiempo. La Asamblea se reunió y decidió tomar una decisión drástica para acabar con las visitas del rey de los piratas, que estaban mermando nuestro ánimo, nuestras riquezas y la población de la isla.
-Una solución demasiado drástica -dijo Xena-. Entregarle a su asesino.
-Nadie creyó mi historia cuando la conté -intervino Thorvald-, pero la recordaron rápidamente cuando hubo que señalar a un culpable. Pensaron que la visión de sus riquezas hizo que la avaricia nublara mi mente y matara al rey de los piratas. Mi casa fue afectada por el gran incendio, en el que murió mi esposa, así que creyeron que eso era una señal que el rey de los piratas hizo para indicarnos la forma de aplacar su ira. Decidieron atarme a la hoguera para que el rey de los piratas invocara el fuego si deseaba mi muerte, lo cual demostraría que yo le maté. La alternativa que me ofrecieron fue devolver el oro que supuestamente había robado, pero yo no le había matado, ni me había apropiado del tesoro.
-La Asamblea nos encargó la tarea de atar a Thorvald, para que pudiera estar con alguien cercano a él -explicó Ragnar-. En mi interior deseaba que el rey de los piratas no castigara a Thorvald, porque sabía que era inocente. No habría sido tan extraño: en su primera visita había mucha gente en el pueblo y no atacó a nadie.
-Incluso apagamos todas las antorchas para que no se produjera un fuego accidental -comentó Asgrim-. En realidad, cuando vimos que sus visitas iban a ser algo habitual, siempre tomábamos esa precaución.
-Una decisión demasiado cruel -opinó Gabrielle-. ¿Cómo pudisteis llegar a ese extremo?
-En ocasiones, la supervivencia de un grupo es más importante que la supervivencia de un único individuo -dijo Asgrim-. El rey de los piratas ha acabado con nuestra apacibilidad. Necesitábamos una solución.
-Lo entiendo -dijo Gabrielle.
-¿Qué vais a hacer ahora? -preguntó Xena.
-Lo hemos intentado todo y nada ha funcionado -dijo Ragnar-. Aún es pronto para pensar con claridad, el rey de los piratas acaba de irse.
Xena pensó un momento antes de hablar.
-Voy a seguirle -dijo Xena-. Le detendremos y vuestro sufrimiento acabará.
-¿Vas a ir al infierno a buscarle? -preguntó Asgrim extrañado.
-Vuestro fantasma me ha parecido muy vivo -dijo Xena-. Los cascos del caballo han dejado un rastro. Lo seguiré y daremos con el rey de los piratas. Creo que alguien se aprovecha de vuestra superstición.
-Tú has visto el poder del rey de los piratas -dijo Asgrim-. Su forma de invocar el fuego, la voz estremecedora que salía de su interior. ¡Ningún vivo posee esas características!
La voz de Gabrielle sonó desde la parte posterior de la casa prácticamente reducida a ceniza:
-¡Mirad aquí!
Un grupo de gente siguió a Xena hasta Gabrielle, que estaba agachada mirando el suelo. Xena adivinó lo que Gabrielle había descubierto antes de estar lo bastante cerca como para verlo.
-¿Otro rastro? -preguntó Xena.
-Hay varias huellas -explicó Gabrielle-. Un grupo numeroso ha estado aquí hace poco. Creo que ellos provocaron el incendio desde aquí. Eso explicaría por qué el fuego comenzó en la parte posterior de la casa, y los que aún estaban dentro tuvieron tiempo de huir.
-¿Ahora me creéis? -preguntó Xena, mirando a Asgrim y Ragnar, pero todos permanecían en silencio. Gabrielle apartó a Xena del grupo.
-Están muy asustados -dijo Gabrielle-. ¿Estás segura de que no es un fantasma? Tú y yo los hemos visto antes.
-Los fantasmas no dejan huellas -dijo Xena-. Por lo menos, no tan profundas. Creo que alguien se está haciendo pasar por el rey de los piratas, y si nos damos prisa, llegaremos hasta él antes de que pueda abandonar la isla. Ya sabes lo que dijo el guía: ningún barco podrá navegar hasta mañana.
-¿Crees que el ataque lo realizó algún habitante de la isla? -preguntó Gabrielle.
-Por lo que tengo entendido, este pueblo es el único núcleo habitado de la isla -dijo Xena-. Creo que una persona, puede que incluso alguien con el que hemos viajado hasta aquí, decidió no tomar el barco que abandonaba la isla… Lo mismo que nos ocurrió a nosotros, pero en su caso fue premeditado.
-El rey de los piratas tiene compinches -dijo Gabrielle-. ¿Deberíamos ir solas?
-No.
Xena se dirigió a los aldeanos con gesto serio.
-Gabrielle y yo vamos a ir en busca de la persona que ha hecho todo esto, con vuestra ayuda o sin ella -su voz sonaba convincente-. No conocemos el terreno, y nos vendría bien que alguien nos acompañara. Ayudadnos a vencer a vuestro enemigo.
Thorvald, el hombre que había estado a punto de ser entregado al rey de los piratas, dio un paso adelante, confirmando que se ofrecía como voluntario. A nadie sorprendió que sus amigos Asgrim y Ragnar, que habían pasado más tiempo con Xena y Gabrielle, fueran los siguientes en avanzar hacia ellas. Al parecer, tres acompañantes era un número perfecto, porque todos los demás se quedaron en su sitio.
-Bien -dijo Xena.
-Seréis nuestros guías -dijo Gabrielle-. Necesitaremos alguna antorcha y armas. No sabemos a lo que nos enfrentaremos.

A cada paso se alejaban de la aldea y se internaban en una parte de la isla que no conocía. Thorvald decía que alguna vez había seguido al rey de los piratas hasta allí, pero desde la aparición del espectro nadie se había atrevido a alejarse demasiado del pueblo o del muelle. El sendero recorría un terreno escarpado con múltiples elevaciones. El terreno que lo rodeaba era irregular y lleno de hierbas y rocas, como podían ver a la luz de las antorchas. Con esa misma luz, comprobaron que la vereda que estaban atravesando les ofrecía un camino más despejado.
-Este camino está siendo usado -dijo Gabrielle. Xena asintió.
-Nadie viene por aquí -replicó Asgrim-. Los aldeanos rara vez se alejan del pueblo, y el embarcadero está en el extremo opuesto de la isla.
-Y espero que lleguemos pronto a algún sitio -dijo Ragnar-. Dentro de poco se acaba el camino y llegaremos a los acantilados. La búsqueda acaba allí.
-¿Hay cuevas por aquí? -preguntó Xena, escudriñando el paisaje-. Tal vez ese "rey de los piratas" utiliza una como escondite.
-No hay ninguna -dijo Thorvald tristemente-. Sólo hay algunas subacuáticas, pero están en la parte del embarcadero.
Durante un tiempo habían seguido las huellas dejadas por un caballo y varios hombres a pie, pero finalmente el terreno cambió y el rastro se hizo inidentificable. Xena y Gabrielle habían insistido en seguir, ya que estaban seguras de que el grupo al que perseguían tenía que haber avanzado para esconderse en un lugar seguro. El hallazgo de un camino parecía darles la razón.

El sonido de las olas chocando contra la roca era cada vez más fuerte. Estaban llegando a los acantilados. El sendero que habían estado siguiendo había acabado y no habían tenido más remedio que elegir una dirección. No podían tener ninguna certeza de que era la correcta.
Casi podían sentir la espuma ocasionada por la marejada chocando con sus rostros. El acantilado estaba allí y no había ni rastro de ningún ser viviente. ¿Tendrían que volver sobre sus pasos? Sus pasos les condujeron hasta el mismo borde del acantilado. Entonces, y sólo entonces, vieron qué había debajo y comprendieron muchas cosas.
Si se asomaban lo suficiente, podían contemplar una pequeña bahía en la que un enorme barco de tres mástiles había fondeado. En la estrecha playa de la cala había un numeroso grupo de personas alrededor de una hoguera en lo que parecía ser una especie de celebración. Para llegar hasta la isla, habían utilizado un bote de remos que ahora se encontraba en la orilla. El grupo entonaba canciones que llegaban como un susurro a los oídos de las cinco personas que lo observaba desde lo alto del acantilado y bebía animadamente. Xena y Gabrielle fueron las primeras en reaccionar.
-Piratas -dijo Gabrielle.
-El rey de los piratas no ha vuelto desde el más allá en busca de venganza -dijo Xena-. Éstos han de ser sus hombres, aquéllos que un día decidieron traicionarle y que, de una u otra forma, descubrieron su paradero… Volvieron para hacerse con lo que ansiaban: el oro de su rey.
-¿Así que todo ha sido un engaño? -preguntó Asgrim.
-Ha sido una farsa -dijo Ragnar-. Ahora todo tiene sentido. Ellos le mataron y nos hicieron creer que su espíritu volvía.
-¿Pero por qué? -preguntó Gabrielle-. Si le mataron, ellos le robaron el oro. ¿Qué consiguen atormentándoos?
-¿Te parece poco todo el oro que dimos al rey de los piratas para aplacar su ira? -replicó Thorvald.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Asgrim.
-Vamos a averiguar toda la verdad -dijo Xena-. Gabrielle y yo iremos al barco. Vosotros nos esperaréis aquí y sólo entraréis en acción si da comienzo una pelea, ¿entendido?
Un leve gesto de la cabeza por parte de Asgrim fue suficiente para Xena. Observando más detenidamente, pudieron ver que un pequeño camino ascendía desde la playa hasta la parte más alta del acantilado. Supusieron que ellos mismos habrían llegado hasta él si hubieran elegido un rumbo distinto cuando alcanzaron el final del camino. El plan de Xena era llegar hasta el barco y encontrar alguna prueba que confirmara su tesis de que ésos eran los hombres que habían estado a las órdenes del rey de los piratas, y que finalmente le habían encontrado y matado. Por supuesto, también quería demostrar que ellos dieron vida al espíritu de su rey. Todo esto debía realizarse evitando que los piratas las descubrieran, para evitar un enfrentamiento directo. Por supuesto, si su plan fallaba, siempre quedaba la opción de hacerles hablar a los piratas por la fuerza. Vencerles no sería muy difícil teniendo en cuenta la cantidad de bebida, presumiblemente muy fuerte, que estaban tomando. Así que si querían pasar desapercibidas, no podían bajar a la playa y usar el bote, porque quedarían expuestas. Bajar por el acantilado y nadar lo más silenciosamente hasta el barco, como propuso Gabrielle, fue la mejor solución. Asgrim, Ragnar y Thorvald se acercarían al camino que descendía hasta la playa para intervenir en caso de que fuera necesario.
El descenso del acantilado no fue complicado. Xena fue la primera en bajar, y Gabrielle la siguió de cerca. La ausencia de luna las ayudaba a evitar que los piratas las descubrieran. El rugido de las olas amortiguaba los sonidos que pudieran hacer al descender, como las rocas sueltas que se desprendían), pero también presagiaban una mayor dificultad para alcanzar el navío a nado. Afortunadamente, no hubo ningún incidente en el descenso del acantilado y Xena y Gabrielle se vieron rápidamente nadando en un mar agitado que amenazaba con lanzarlas contra las rocas. No veían bien el barco desde allí, así que tenían que fiarse de su intuición y de su sentido de la orientación. Otro problema era que no podían comunicarse entre ellas, para evitar ser vistas. Más de una vez tuvieron que enfrentarse a olas temibles. La voz de los piratas en la playa llegaba como algo irreal procedente de otro mundo. Cuando Gabrielle todavía pensaba que le quedaba la mitad del recorrido por hacer, llegaron al barco. Xena dio un salto llevando consigo a Gabrielle y se colocó en la quilla. Treparon juntas hasta la cubierta, que estaba desierta. ¿Estarían todos los piratas en la playa?
Caminaron en silencio hasta un orificio por el que se accedía al interior del barco. El único ruido que escucharon fue el que hizo una rata que apareció y desapareció de su campo visual repentinamente. A izquierda y derecha se encontraban almacenes y despensas. Bajan
do aún más llegaban a la gran bodega del barco, donde almacenaban provisiones y tesoros. Algunos barriles contenían agua dulce, otros vino y otras bebidas alcohólicas, otros frutos secos. Los cofres guardaban monedas y joyas, sin duda botines de tierras ahora lejanas. En la bodega también guardaban dos caballos, uno negro y otro castaño. La pregunta era obvia: ¿el caballo azabache era el que supuestamente había servido de montura al rey de los piratas?
-No hay duda de que son piratas -dijo Gabrielle-. Pero necesitamos más pruebas.
-Sígueme -dijo Xena, y guió a Gabrielle hasta el piso que estaba por encima de la bodega. Se dirigió con decisión hacia una puerta y la abrió: la habitación que estaban contemplando era un aposento lujoso y espacioso.
-El camarote del capitán -dijo Xena-. Siempre están en el mismo sitio.
Gabrielle pensó en lo extraño que le resultaba considerar a Xena una antigua pirata, pero eso formaba parte de su pasado y no podía cambiarse. Se alegró de haber conocido a Xena cuando ella ya había cambiado, aunque sabía que de una forma u otra habrían acabado viajando juntas y luchando por el bien supremo. Xena no se demoraba en pensamientos y examinaba las ropas oscuras dejadas de forma rápida y desordenada sobre la cama.
-La ropa del rey de los piratas -su voz sonaba firme-. Busquemos el cofre: ésa es la prueba definitiva.
Gabrielle tomó con sus manos algo que Xena había pasado por alto: una máscara.
-He visto esto antes en Grecia y Roma -dijo Gabrielle-. Es una máscara de teatro. Los actores se la ponen para proyectar su voz -señaló la parte de la máscara que se correspondía con la boca del actor-. Eso explicaría cómo consigue el falso rey de los piratas una voz tan profunda.
Buscaron por toda la habitación hasta que encontraron un cofre pequeño que se podría corresponder con el que había pertenecido al rey de los piratas. Sin embargo, al abrirlo se sintieron bastante decepcionadas, porque sólo contenía unos puñados de monedas y un par de joyas. Decidieron llevárselo para mostrarlo a los aldeanos, en especial a Thorvald, y así autentificar su hallazgo. Se apresuraron en salir a la cubierta, pero una vez allí se encontraron con cuatro piratas armados con sables. Xena se dispuso a lanzar el chakram, pero uno de los piratas se le adelantó:
-Si les aprecias, no hagas ninguna tontería -dijo, señalando a la playa. Con horror, Xena y Gabrielle comprobaron que Asgrim, Ragnar y Thorvald habían sido descubiertos. Habían sido atados y estaban siendo vigilados por los otros piratas, que también contemplaban con curiosidad.
Xena bajó el chakram.
-Supongo que negociar no servirá de nada -supuso Xena.
-Habéis llegado demasiado lejos -explicó el pirata, al que todos parecían mirar esperando una orden-. ¿Por qué? Ni siquiera sois de esta maldita isla.
-Teníamos que ayudar a esa pobre gente -dijo Gabrielle con decisión-. Les habéis hecho creer que un capitán pirata… -hizo una pausa-… que vuestro capitán pirata había vuelto del más allá para atormentarles.
-Veo que habéis adivinado la historia -dijo el pirata.
-No era una tarea difícil -afirmó Xena-. Seguramente no os hizo ninguna gracia que vuestro capitán se fugara con las riquezas que pretendíais robarle, así que le seguisteis. No fue fácil, pero al final hallasteis su paradero: esta pequeña isla. Llegasteis a esta cala con vuestro barco, evitando que el vigía pudiera detectaros, y una noche de luna nueva, aprovechando que vuestro antiguo capitán solía dar paseos por zonas deshabitadas de la isla, le matasteis. ¿Pero por qué volvisteis para atormentar a los isleños? Ya teníais lo que habíais ido a buscar: hemos visto el cofre de vuestro capitán. Y creo que le habéis sacado bastante provecho.
El pirata le arrebató a Gabrielle el cofre.
-Sois osadas al hablar de esa manera a Bomilcar, capitán pirata -dijo-. Dices que hemos gastado el oro de nuestro antiguo capitán. Lo que encontramos en ese cofre era una nimiedad comparado con todo lo que se llevó. ¿Adónde fueron tales riquezas? Alguien en esta isla tiene que saberlo.
-Si es que están en esta isla -dijo Gabrielle-. ¿Por qué piensas que vuestro capitán llegó hasta aquí con toda su fortuna íntegra? ¿Acaso no pudo gastarlo antes de llegar? Transcurrió mucho tiempo entre que os dejó y cuando le encontrasteis.
-Y si alguien supiera donde está, ya os lo habrían entregado -afirmó Xena-. Esa gente teme al rey de los piratas.
-Así le gustaba llamarse a sí mismo -dijo Bomilcar-. Las cosas han cambiado. Ahora yo ocupo su trono.
-Un trono que no existe -sostuvo Gabrielle.
-Y no por ello es menos importante para mí -dijo Bomilcar, fastidiado por la insolencia de Gabrielle, pero también porque la hipótesis de que el oro no estuviera realmente en esa isla se le antojaba posible-. Ahora, acompañadme a tierra. Moriréis junto a vuestros amigos.

La barca se acercaba a tierra en dirección a la hoguera de la playa. Gabrielle miraba de reojo a Xena, para intentar adivinar qué se le estaba pasando por la cabeza. Esperaba que Xena saltara al agua en cualquier momento para desconcertar a Bomilcar, pero entendió que eso no era posible: la vida de Asgrim, Ragnar y Thorvald estaba en juego, y ellos no podían hacer nada por defenderse.
Mientras la barca atracaba en la orilla, dos hombres clavaban sendas estacas sobre la playa, a una distancia considerable de los tres prisioneros. Bomilcar les indicó a Xena y Gabrielle que cada una de ellas se dirigiera a una de esas estacas. A la luz del fuego, la figura de Bomilcar era bien visible: alto y corpulento, con piel y pelo oscuros. Llevaba una barba corta y tenía una ceja quemada. ¿Habría jugado demasiado con fuego últimamente? Bajo sus ropas de lino se adivinaba el contorno de diferentes armas. Sus botas estaban muy desgastadas, por lo que se podía suponer que las tenía desde un largo tiempo atrás.
Xena y Gabrielle obedecieron a Bomilcar y caminaron sin rechistar hacia las estacas. Extendieron las manos para que los piratas comenzaran a atarlas alrededor de la madera. En el momento más inesperado, Xena le dio una patada a uno de los piratas y se liberó antes de que la cuerda se anudara alrededor de sus manos. Los demás piratas tardaron un tiempo en reaccionar, ya que no esperaban una acción tan temeraria. Mientras Gabrielle se escabullía, aprovechando que los piratas tampoco la habían terminado de atar, Xena sacó el chakram y lo lanzó. Todos los presentes se quedaron mirando la asombrosa arma. Nada semejante había sido observado antes por sus ojos. El chakram cortó las ataduras de los tres vikingos antes de rebotar en el acantilado y volver a las manos de Xena. Gabrielle ya estaba protegiendo con sus sais a Asgrim, Ragnar y Thorvald, que sacaron unas espadas cortas y comenzaron a defenderse de los piratas. Tanto Xena como Gabrielle se abrían paso entre los piratas buscando a su jefe: Bomilcar. Tenían la impresión de que si le derrotaban, sus hombres se rendirían. Pero mientras tumbaban a los piratas contra la arena de la playa, se dieron cuenta de que Bomilcar había desaparecido. Gabrielle miró hacia el mar: el bote seguía en la orilla, y no pudo ver a Bomilcar nada hacia él. Sólo había una posibilidad. Alzó la mirada a la vez que Xena, y ambas vieron cómo Bomilcar llegaba a lo alto del acantilado a través del camino que conducía a la playa, llevando en sus brazos el cofre del rey de los piratas.
-¡Intena escapar! -gritó Gabrielle.
Xena golpeó la mandíbula de un pirata antes de prepararse para saltar y comenzar su persecución contra Bomilcar. Pero algo le hizo detenerse: junto a Bomilcar, había otra figura en lo alto del acantilado, que parecía dirigirse hacia él. Bomilcar no parecía haberse percatado de su presencia.
-¡Hay otra persona ahí arriba! -dijo Xena.
Los pocos piratas que seguían en pie dejaron de luchar. Efectivamente, alguien caminaba en dirección a Bomilcar, y estaba a punto de darle alcance. Al oír el silencio que se había producido, Bomilcar se dio la vuelta y tropezó con la figura que le seguía. Estaba vestido con ropas oscuras y llevaba una capucha, por lo que no podía verle la cara. Bomilcar adivinó que algo no iba bien, pero no estaba seguro de qué decir. Entonces, el recién llegado habló.
-Volvemos a vernos, Bomilcar -dijo, con una voz no tan potente como la que Bomilcar conseguía con su máscara, pero firme y clara. Desde la playa, todos pudieron oírle. Bomilcar, por su parte, se había quedado inmóvil.
-¿No te alegras de volver a ver a un compañero y amigo? -dijo el encapuchado.
-Mis ojos y mis oídos me engañan -dijo Bomilcar-. Valerio está muerto. ¡Yo mismo empuñaba la hoja que acabó con su vida!
Xena y Gabrielle adivinaron que Valerio era el verdadero nombre del rey de los piratas. Pero, ¿realmente quien hablaba era él? ¿Había vuelto del más allá?
-Todo era un truco -reconoció Bomilcar-. No eres real. Vistes como yo cuando montaba el caballo del rey de los piratas, y le imitas la voz mejor que yo, pero no eres él.
-Sí lo soy, Bomilcar -dijo su interlocutor-. Y he regresado para castigarte.
Bomilcar comenzaba a angustiarse.
-¿Pretendes que te crea? -preguntó Bomilcar, con fingido valor-. Si realmente eres Valerio, ¿qué hiciste con todas tus riquezas?
El hombre no respondió. Parecía estar concentrado. Después, alzó un dedo con lentitud y señaló el barco pirata. Bomilcar se volvió. Un instante después, una flecha cuya procedencia no podía ser determinada cruzó el cielo y cayó en la nave, que comenzó a arder. Desde la playa, todos seguían el encuentro con cada vez mayor expectación.
-Debes pagar por lo que has hecho -dijo el encapuchado. Bomilcar le miró con temor.
-¿Quién eres? -preguntó al cabo de un rato.
Entonces ocurrió algo que nadie podía esperar. El encapuchado se liberó de su embozo, pero sólo pudo verle Bomilcar. Éste se quedó gravemente impactado por lo que vio, y comenzó a gritar, arrojando el cofre al suelo. Su interlocutor permaneció quieto. Bomilcar estaba fuera de control, y comenzó a correr hacia el borde del acantilado para huir del hombre vestido de negro. No le importó que el suelo se acabara. Necesitaba escapar. Dio un paso más y se precipitó contra las rocas. Cayó con un último gritando saliendo de su garganta hasta que chocó violentamente contra las rocas. Ése fue su final.
Cuando todos alzaron sus miradas para volver a ver al hombre que había provocado tal reacción de espanto en Bomilcar, descubrieron que había desaparecido. Un pirata intentó aprovechar la confusión del momento para huir, pero Gabrielle le golpeó con la empuñadura de un sai y le derribó.
-Vosotros también iréis a la aldea -dijo Gabrielle.

A la mañana siguiente, las brumas ya se habían disipado y el mar se había calmado. Un barco con provisiones había llegado desde el puerto más cercano, un barco en el que Xena y Gabrielle tenían que embarcarse en breves instantes. La Asamblea había decidido que los piratas fueran devueltos al lugar al que pertenecían, para ser juzgados allí. Xena y Gabrielle se encargarían de vigilar a los presos durante parte del trayecto. Pero ahora era el momento de la despedida. Todos los isleños habían mostrado su curiosidad por las guerreras que sólo unas horas antes les habían librado de la mayor amenaza que habían conocido, pero ellas habían reservado unos minutos para el adiós a sus compañeros de aventura: Asgrim, Ragnar y Thorvald.
-Gracias por todo -dijo Asgrim-. Estamos en deuda con vosotras.
-Es nuestro trabajo -afirmó Gabrielle. Su voz sonó muy natural. Xena sacó algo de una bolsa: el cofre del rey de los piratas, y se lo dio a Asgrim.
-Los piratas quemaron vuestra casa cuando Gabrielle y yo nos enfrentamos a Bomilcar -dijo Xena-. Toma esto y úsalo para construir una nueva. Sobrarán muchas monedas y joyas, que os servirán para reconstruir lo que los piratas destruyeron.
-Aún necesitaremos más -dijo Ragnar mientras su hermano tomaba el cofre-. Hemos sufrido demasiados daños.
-Sé dónde guardó su tesoro el rey de los piratas -dijo Xena. Gabrielle sonrió.
-¿Dónde? -preguntó Thorvald-. ¿Cómo lo has descubierto?
-Se lo dijo el espectro a Bomilcar -explicó Xena-. Le señaló el barco cuando Bomilcar le preguntó por su oro. Todos pensamos que quería que Bomilcar viera cómo quemaba el barco, pero creo que ésa era la respuesta. Valerio, el rey de los piratas, no se llevó todas sus riquezas consigo. Las escondió en alguna parte de su propio barco, esperando la oportunidad para regresar y reclamar lo que era suyo. Estoy segura de que, si buscáis, no tardaréis en encontrar el tesoro.
Los piratas presos habían terminado de subir al barco. Xena y Gabrielle se dirigieron al barco. Aún les quedaba un largo camino: después de asegurarse de que los piratas eran llevados ante la justicia, tenían que reunirse con Beowulf. Mientras subían a la nave, se encontraron con el viejo vigía. A la luz del sol, su imagen resultaba más agradable.
-Espero que hayáis disfrutado de vuestra estancia en la isla -dijo con una sonrisa.
-De alguna manera, lo hemos hecho -afirmó Xena.

El barco se alejaba cada vez más de la costa. Las personas a las que habían salvado apenas resultaban visibles. El mar parecía haber decidido apciguarse para asegurarles una travesía agradable. Gabrielle decidió hacerle una pregunta a Xena a la que le había dado muchas vueltas desde la noche anterior.
-Xena, ¿de verdad crees que el fantasma del rey de los piratas volvió del más allá para castigar a Bomilcar?
-¿Quién sabe? Pudo ser un aldeano anónimo que nos siguió pero no quiso darse a conocer. Puede que un enemigo de Bomilcar descubriera su paradero y aprovechara la ocasión para acabar con él. Tal vez se trataba sólo de alguien que quería vengar a Valerio. O quizás lo que tanto asustó a Bomilcar fue el auténtico espíritu del rey de los piratas.
Gabrielle reflexionó sobre las palabras de su amiga. Había llegado a una conclusión.
-Supongo que nunca lo sabremos con seguridad. De todas formas, hemos vivido sucesos aún más extraños.

 

 

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