El visitante

 

Gabrielle se sentó a la sombra de un árbol, apoyando su espalda en el tronco. Hacía mucho calor para ser una mañana de invierno. Cansada, pensó por qué habría tirado su cayado al río en la India. Al menos le servía para apoyarse al caminar.
Xena había ido a detener el ataque de un señor de la aldea a una aldea. Gabrielle había intentado que Xena accediera a que la acompañara, pero ella se empeñó en que no lo hiciera. Y sólo porque había decidido no volver a luchar. Aunque le fastidiaba perderse la actuación de Xena, entendía los temores de su amiga a que resultara dañada en medio del combate.
Habían quedado en verse en ese lugar, una pequeña elevación del terreno en mitad del bosque, al finalizar el día. Gabrielle aún no había decidido cómo pasaría el día: podía comenzar la redacción de uno de sus pergaminos, o caminar hasta uno de los pueblos cercanos en busca de distracción. O tan sólo quedarse bajo el árbol.
En realidad, no fue ella quien lo decidió. Desde que notó que alguien se aproximaba, escondido entre los árboles que la rodeaban, supo que daba comienzo otra historia. Sin detenerse a pensar en lo que hacía, movió sus manos para coger el cayado, pero al no encontrarlo recordó que ya no lo tenía.
-He pasado más de tres años con él -se dijo a sí misma-. Me costará acostumbrarme.
Su atención volvió a los árboles. Un hombre joven estaba allí, de pie ante ella, observándola, con una sonrisa en la boca. El recién llegado la miraba, curioso, con sus ojos claros. Tenía el pelo ligeramente alborotado, y vestía ropas sencillas.
-¿Qué quieres? -preguntó Gabrielle. Estaba algo desconcertada, pues no esperaba encontrar a nadie en el bosque, y fue lo primero que se le ocurrió.
-Estoy buscando a… una amiga a la que hace mucho tiempo que no veo -dijo el hombre lentamente.
Gabrielle le inspeccionó de nuevo. No recordaba haber visto aquella cara.
-No eres de Potedaia, ¿verdad? -preguntó.
El hombre negó con la cabeza.
-¿De Amphipolis? -probó Gabrielle.
El visitante sonrió. Gabrielle supuso que eso era un sí.
-Supongo que estás buscando a Xena -dijo.
-Y tú debes de ser su mejor amiga… Gabrielle -dijo el hombre.
-¿Conoces mi nombre? -exclamó Gabrielle-. Normalmente la fama se la lleva Xena.
Gabrielle se levantó.
-Xena no está aquí -explicó-… Ha ido a luchar contra un señor de la guerra.
El visitante permanecía tranquilo.
-¿Sabes cuándo volverá? -preguntó, sin aparentar inquietud.
-No hasta esta noche -respondió Gabrielle-. Puedes volver al atardecer, no creo que se retrase demasiado.
-También puedo quedarme aquí, y hacernos compañía el uno al otro -propuso el hombre, que apenas dejaba de sonreír-. Y hablar sobre Xena.
Sin esperar a que Gabrielle contestara, el visitante caminó hasta el árbol y se sentó a su sombra. Cerró los ojos, y Gabrielle notó que inspiraba los aromas del bosque, al mismo tiempo que acariciaba la hierba. Cuando los volvió a abrir, Gabrielle aún estaba de pie, sin saber cómo reaccionar. Aunque no terminaba de entender la situación, su intención le decía que no tenía que temer a ese hombre; así que, finalmente, se acomodó junto a él.
-Si hace mucho tiempo que no ves a Xena, habrá muchas cosas que no sepas -dijo Gabrielle.
-Sé que durante un tiempo hizo cosas horribles -afirmó el visitante-. Y que, cuando decidió encauzar su vida por el camino que le dictaba su corazón, te encontró a ti.
-Entonces, sabes bastante -aseguró Gabrielle-. Aunque no sé si habrán llegado a tus oídos todos los detalles.
-Me encantará escucharlos -dijo el hombre.
-No sé por dónde empezar… -dijo Gabrielle.
-Comienza por el día en que conociste a Xena -sugirió el visitante.


-¿Y qué habéis hecho después de regresar de la India?
Caía la tarde. El visitante escuchaba todos los relatos con una gran atención. Gabrielle llevaba todo el día hablando de sus viajes junto a Xena, de las experiencias que habían vivido juntas. No podía detenerse en todo lo que les había pasado, pero al hombre que tenía junto a ella no parecía importarle. Lo que más le interesaba era cómo había cambiado Xena: cómo había decidido ayudar a los demás, y cómo se sentía Gabrielle por tenerla como compañera. Gabrielle se había sincerado: Xena había acabado siendo la parte más importante de su vida, y le costaba imaginar qué haría sin ella.
Aunque el visitante le inspiraba una extraña sensación de confianza, Gabrielle aún se sentía reacia a hablar de algunos hechos de su vida, que le habían llegado a pasar por situaciones para las que no estaba preparada. El hombre con el que estaba hablando pareció entenderlo, y lo respetaba. No pedía más detalles si notaba, en el tono de Gabrielle, que era uno de los sucesos más dolorosos por los que había pasado. Gabrielle lo agradecía en su interior, y se sentía capaz de hacer un relato mucho más íntimo de sus vivencias, si llegaba a conocer más a aquella persona que continuaba sonriendo cuando oía hablar de Xena.
Y en verdad quería conocerle mejor. Gabrielle tenía una sensación extraña: por una parte, ansiaba saber más del que aún era un desconocido para ella; por otra, sentía .que no necesitaba saber más de lo que ya sabía.


El bosque comenzaba a tener un aspecto más sombrío. El cielo del este ya estaba oscuro, y las sombras invadían lo que antes había sido luminoso e idílico. Gabrielle y el misterioso visitante estaban caminando a paso lento, sin decir nada, como si no les quedara nada que decirse. Entonces, el hombre se desvió del camino que seguían.
-Debo marcharme -anunció.
Gabrielle se sorprendió.
-¿Ya? -exclamó-. ¡Ni siquiera has visto a Xena!
-No será necesario -explicó el hombre.
-Pero… creía que ella era el motivo de tu visita -dijo Gabrielle-. Has hecho un viaje sólo por ella, y ahora te marchas antes de que ella regrese.
-No me hace falta verla -continuó el visitante-. Ya tengo lo que quería.
Gabrielle reflexionó unos instantes.
-No te entiendo -dijo.
El hombre se acercó a ella, cogiéndola de las manos.
-Xena estuvo perdida durante mucho tiempo -explicó-. Pero gracias a ti ha cambiado. He podido comprobarlo por mí mismo, no solo por los rumores que me llegaban. Ahora sé que las historias sobre Xena son ciertas. Ha encontrado un propósito por el que luchar en la vida: ayudar a los indefensos.
Gabrielle escuchaba todo en silencio.
-Xena ha encontrado a alguien a quien ayudar a ser feliz -continuó el visitante-… A ti. Y tú la estás haciendo feliz a ella.
Gabrielle asintió. Comprendía lo que el hombre que tenía ante ella quería decir, pero se negaba a aceptar que tuviera que marcharse.
-Sólo te pediré una cosa más -dijo de repente el visitante, mientras se desprendía de un colgante que había pendido de su cuello durante todo el día-. Dale esto a Xena.
Gabrielle lo cogió con cuidado, aunque no parecía frágil.
-¿Volveremos a vernos? -preguntó, cuando encontró fuerzas para hacerlo.
El visitante esbozó una última sonrisa.
-Algún día -contestó, con firmeza, y se volvió para comenzar a andar.
A medida que se alejaba, Gabrielle le seguía con la mirada, hasta que ya casi no podía distinguirlo entre las sombras de los árboles. Entonces recordó que no le había hecho una pregunta… ¿La más importante?
-¡No me has dicho tu nombre! -gritó, esperando que la oyera.
Pero el visitante ya había desaparecido. Gabrielle intentó buscarle, pero ya debía de estar demasiado lejos. Decidió volver al árbol, y se sentó de nuevo junto a él, apoyándose en su tronco.
Tal vez el nombre no necesitaba un nombre para recordarlo. Le quedarían su rostro, su mirada, su sonrisa. El recuerdo del tiempo que había pasado con él, la conversación que habían mantenido. Gabrielle cerró los ojos y procuró no pensar en nada más, para no olvidar los detalles de ese día.


La despertaron unos pasos conocidos. Xena se movía a su alrededor, preparando una pequeña hoguera. Gabrielle miró a su alrededor: aún era de noche.
-Acabo de llegar -anunció Xena-… No he visto restos de hoguera. Por suerte para ti, el conejo que he cazado es bastante grande para las dos.
Gabrielle se dio cuenta de que apenas había comido nada en todo el día. Aunque en realidad no tenía hambre, se aproximó a la hoguera. El olor del conejo que estaba preparando Xena lo hacía aún más apetecible. Decidió que no lo vendría mal comer un poco.
-¿Qué tal te ha ido? -preguntó, mientras ponía en orden sus ideas.
-No ha sido nada fuera de lo común -admitió Xena-. Un señor de la guerra que se creía invencible, unos cuantos golpes… ¿Qué tal tu día?
-Ha sido -Gabrielle dudó sobre la palabra adecuada para describirlo-… curioso.
-Vaya -exclamó Xena-. Y yo que pensaba que mi día había sido emocionante.
-Tuve un visita -comenzó Gabrielle-. Un hombre que te conocía. De Amphipolis.
Xena reflexionó, y miró a Gabrielle con curiosidad.
-¿Un hombre de Amphipolis? -preguntó-. ¿Cómo era?
Gabrielle lo describió de la mejor manera que pudo.
-Hay muchos hombres que coinciden con esa descripción -dijo Xena, algo decepcionada.
-Hablamos mucho sobre nuestra vida -continuó Gabrielle-. Quería saberlo todo sobre ti… Si eras feliz.
-¿No te dijo cómo se llamaba? -preguntó Xena.
-No -respondió Gabrielle-. No ha sido una visita corriente.
Xena atendió el conejo que estaba preparando, intrigada. Gabrielle reconoció que su historia era extraña, pero sabía que la había vivido, que no había sido un sueño.
-Por cierto -dijo Gabrielle-. Casi lo olvidaba. Me dio algo para ti.
Xena se volvió, y observó con interés el colgante que Gabrielle le estaba enseñando. Olvidó por un momento la cena, y cogió el colgante, mirándolo atentamente.
-¿Te dijo que me lo diera? -preguntó, sin dejar de observarlo.
-Sí, dijo que sólo me pedía eso -relató Gabrielle, que intuía que Xena lo había reconocido.
Xena permaneció un rato en silencio.
-Este colgante -dijo, unos instantes después- era de Lyceus.
Xena y Gabrielle se miraron a los ojos, desconcertadas. Entonces, comenzaron a reír, cada vez más fuerte, hasta que sus risas ahogaron los demás sonidos del bosque.

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