Crimen y culpable
Xena y Gabrielle llegaron al cruce de caminos.
Xena llevaba las riendas de Argo, mientras que Gabrielle caminaba tranquilamente
apoyándose en su cayado. El día estaba realmente tranquilo.
Gabrielle miró atentamente en un letrero las distintas ciudades a las
que podían ir. Sonrió cuando leyó "Potedaia",
aunque su ciudad estaba muy lejana. Xena se subió a Argo.
-¿Seguro que te las podrás arreglar sin mí? -preguntó
Xena.
-Claro -aseguró Gabrielle-. Ya no soy la cría que recogiste
en Potedaia. Ha pasado mucho tiempo, y ya sé defenderme. Además,
la ciudad está a sólo media hora de camino.
-Procura no meterte en líos -recomendó Xena-. Te veré
en la posada dentro de dos días, ¿de acuerdo? -preguntó.
-Sí -dijo Gabrielle, molesta de que la poca confianza que Xena ponía
en ella-. Además, la ciudad de Hericia es conocida por ser bastante
segura... No sé por qué nos reclamaron.
-Si no tuviese que llevar esta bolsa de oro a esa pobre gente, te acompañaría
-afirmó Xena-, pero es mi deber.
Gabrielle miró atentamente a su amiga, extrañada.
-Xena, ¿dónde llevas la bolsa de oro que te dio el señor
de la guerra? -preguntó Gabrielle, pero ante el silencio de Xena, comprendió
que había un lugar de la vestimenta de Xena donde tenían cabida
armas... y otras cosas.
-Fingiré que no me has preguntado nada -dijo Xena sonriendo.
-Puedes irte, no te preocupes por mí, sabré arreglármelas
sola -afirmó Gabrielle, a modo de despedida.
-Espero que cuando te vuelva a ver estés entera -dijo Xena, sin perder
su sonrisa. Después, empezó a cabalgar con Argo. Gabrielle se
quedó mirándola hasta que desapareció del camino, y comenzó
a andar. Dio un giro de noventa grados para ponerse en el camino correcto,
y su sorpresa fue mayúscula al ver a ocho hombres, armados, que estaban
junto a ella. Vestían armaduras poco fastuosas y no parecían
bandidos, sino soldados de Hericia.
-¡Hola! -saludó Gabrielle, haciendo lo que mejor sabía
hacer-. Voy a Hericia. Me gustaría saber si voy por el buen camino.
-¿Eres Gabrielle, la Bardo de Potedaia? -preguntó el que parecía
ser el jefe, debido a ser de una edad un poco mayor y vestir más elegantemente.
-¡Sí, lo soy! -dijo Gabrielle, aliviada. Seguramente necesitaban
urgentemente su ayuda, y la tratarían muy bien.
-No podíamos creer que hubieses traicionado a Xena -dijo el jefe-,
pero por fin te hemos encontrado. ¡Arrestadla! -ordenó.
Dos de los hombres fueron a por Gabrielle, que se defendió con el cayado
y los derribó. También consiguió darle al jefe de los
soldados, pero después fue atacada por los cinco restantes a la vez.
Tres de ellos la quitaron el cayado y otros dos la sujetaron para atarla.
-¡Estáis cometiendo un error! -gritó Gabrielle, intentando
soltarse mientras la ataban-. ¡Vengo para ayudaros!
-¿Y dónde está Xena, la Princesa Guerrera? -preguntó
el jefe, enfadado sobre todo por el golpe que había recibido.
-Se ha ido a dar unos dinares a unos campesinos -explicó Gabrielle.
-Sí, lo que tú digas. ¡Y yo soy el dios Zeus! -dijo sarcásticamente
el jefe de los soldados-. ¿A ella también la has matado?
-"¿También?" -pensó Gabrielle-. ¡Yo no
he matado a nadie, y menos a Xena! -gritó.
-¡Serás llevada a juicio por la muerte de Ardecinius! -bramó
el jefe de los soldados, poniéndola un trapo en la boca para que se
callara. Gabrielle se lo quitó enseguida.
-¿Ardecinius? -preguntó Gabrielle-. ¡No conozco a nadie
llamado así!
-Nuestro querido y venerado Ardecinius, nuestro boticario, murió asesinado
por la guerrera Gabrielle, según nos aseguró su criada Gracmandra
-explicó el jefe.
-Demasiados nombres para mí -dijo Gabrielle sonriendo-. Mira, te has
confundido de persona. Yo estaba con Xena hasta hace dos minutos, así
que no pude ser la asesina.
-Y yo soy el rey de Troya -afirmó el jefe, sarcásticamente-.
¡Llevadla a prisión! -dijo, poniéndole de nuevo el trapo
mientras los demás soldados amarraban a Gabrielle.
Gabrielle comprendió que lo mejor era no protestar y huir en cuanto
tuviera ocasión... Pero no podría contar con la ayuda de Xena.
***
Los guardias llevaron a Gabrielle a Hericia, y
de allí a la prisión. La ciudad parecía muy tranquila,
y, afortunadamente, los ciudadanos no se fijaron mucho en Gabrielle. Eso la
ayudaría cuando quisiese escapar. La prisión no estaba muy lejos
de la puerta de la ciudad, ya que Hericia era bastante pequeña. Pasaron
junto por un mercado algo concurrido y algunas calles más. Gabrielle
no pudo ver edificios de importancia, aunque sin duda habría alguno,
hasta que llegaron a la cárcel.
Ésta era grande y poco iluminada. Había bastante guardias y
la fuga parecía difícil. Unos guardias cogieron la bolsa de
Gabrielle, en la que llevaba sus pergaminos, y recogieron el cayado que les
dieron los soldados. El alcaide miró detenidamente a Gabrielle, extrañado
de que una persona como ella estuviera acusada de ese crimen. Con resignación,
indicó la celda a la que tenían que llevar. Los guardias la
llevaron con malos modos mientras protestaba, proclamando su inocencia. Sin
hacer caso de lo que decía, la metieron a empujones en una celda con
barrotes, vigilada por unos guardias que, en realidad, no hacían mucho
caso a las conspiraciones de las presas por escapar e iban a su aire. Había,
de hecho, una docena de mujeres que parecían peligrosas. Gabrielle
decidió aliarse con ellas para escapar.
-¡Eh, malas mujeres! -gritó unos de los guardias que habían
transportado a Gabrielle-. Aquí os dejamos a una de la peor calaña.
¡Ha matado al boticario Ardecinius!
Cerraron la puerta con una pesada llave metálica y se fueron, dejando
a los ineptos vigilantes al cuidado de la "peligrosa asesina" y
las demás presas.
Gabrielle miró detenidamente a la que parecía la jefe de las
presas. Era de tez oscura y vestía ropa algo exótica. Rápidamente
adivinó que no era griega. Quizás podría entrar en razón
con ella y ayudarse mutuamente.
-Mira, sé que lo que te voy a contar puede sonar raro, pero... -empezó
a decir Gabrielle.
-Eres inocente -dijo la jefa de las presas.
-¿Cómo lo sabías? -preguntó Gabrielle.
-Chica, se ve a la milla romana -afirmó.
-Eres más pava que una hestiana -aseguró otra, de cabello rubio-.
Pero no eres hestiana, son demasiado respetables como para ser inculpadas
de algo.
-Debe de ser una chica "guerrera" -dijo riéndose otra, de
pelo rojizo.
-Sí, soy una guerrera -dijo Gabrielle-. Soy inocente, y quiero escapar
para encontrar al verdadero asesino de Ardecinius.
-Pareces decidida -dijo la jefa-. Podrías sernos útil. Algunas
de nosotras somos inocentes.
-Desde luego que lo somos -afirmó otra, gorda y de pelo moreno.
Gabrielle miró a los ojos a la presa de tez oscura y comprobó
que estaba diciendo la verdad. Se alegró de poder tener esta habilidad,
que lamentablemente no siempre era capaz de usarla, como cuando la engañaban
o cuando la secuestraban.
-Ayudadme a escapar y Xena os liberará -prometió Gabrielle.
En cuanto Gabrielle mencionó a Xena, las presas comenzaron a susurrar.
La jefa las miró y se callaron.
-¿Conoces a Xena, la Princesa Guerrera? -preguntó a Gabrielle.
-¡Entonces, tienes que ser Gabrielle! -dijo otra de ellas, de cabello
moreno y tez un poco pálida.
-Sí, soy la Bardo Gabrielle -afirmó.
-Encantada de conocerte -dijo la jefa de ellas-. Yo también he sido
encarcelada injustamente, en mi caso por una traición. Permíteme
que me presente. Me llamo Nébula.
***
Gabrielle había conseguido intimar con
algunas presas, sólo con las que había tenido relación.
Intuía que las demás eran culpables. La verdad es que las que
no prestaban atención a Gabrielle eran verdaderas criminales, y sólo
pensaban en cómo matar al alcaide y huir.
-¿Cómo te metieron aquí? -preguntó Gabrielle a
Nébula.
-Te explico... Soy capitán pirata. Mi familia no me dejó otra
elección -afirmó Nébula-. En Sumeria, las mujeres no
somos libres.
-En Grecia hay más libertad, fíjate en Xena y yo -comentó
Gabrielle.
-Mi única posibilidad fue ésta -explicó Nébula-,
pero quizás algún día pueda volver a casa.
-¿De qué crimen te acusan? -preguntó Gabrielle.
-Tenía un lugarteniente, Forigius, en el que llegué a confiar
-aseguró Nébula-. Si has viajado alguna vez por mar, sabrás
que se utilizan fuegos en las costas para guiar a los barcos y protegerlos
de las zonas peligrosas y de los piratas. Durante una parada en un puerto
de piratas, Forigius contrató a un hombre para que pusiera fuegos falsos...
Yo me guiaba por ellos, también, buscando zonas poco conflictivas.
Así consiguió que llegáramos hasta Hidrolis, un puerto
aliado de Hericia, donde atacamos un barco de transporte de gente inocente...
-Es un acto terrible... -interrumpió Gabrielle-. No entiendo cómo
alguien puede hacer eso. ¡Engañarte para matar a inocentes!
-En cuanto salga de aquí me vengaré, pero primero permíteme
contarte toda mi historia -pidió Nébula-. Yo pensaba que era
un barco de guerra de otra ciudad, no de gente inocente. Así que lo
abordamos, y también atracamos para atacar a los que habían
conseguido huir. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde, y Forigius me dio
un caballo para huir. Acorde con su plan, el caballo estaba fatigado y no
pude llegar muy lejos. Forigius denunció que había atacado a
aquellos hombres inocentes, por lo que fui capturada como una criminal. Gabrielle,
yo nunca mataría a gente que no pudiera defenderse, de hecho, sólo
mato a gente que es peligrosa, y según lo que Forigius me había
dicho, ellos eran unos asesinos que pensaban atacar Sumeria.
-¿Por qué te hizo eso Forigius? -preguntó Gabrielle.
-Lo hizo por mi barco -dijo Nébula-. Ahora debe estar huyendo, pero
le encontraré. Los hombres que me son leales, casi todos, están
esperándome en una taberna del puerto de piratas, como les ordené.
Recuperaré mi barco, pero primero debo escapar.
-De todas formas, ¿el hecho de ser pirata no es ya suficiente como
para que te juzguen? -preguntó Gabrielle.
-En realidad, no -contestó Nébula-. Sí, he pirateado,
pero en muchas de estas costas he ayudado a los pobres y robado y abordado
a asesinos. Incluso alguna gente me tiene en estima... y aquí muchos
me apreciaban.
-Qué suerte -comentó Gabrielle-. Aquí muchos me odian.
-Bueno, tenemos que conseguir que te escapes -afirmó Nébula-.
Nosotras no hemos sido acusadas de delitos en Hericia, sino en Hidrolis, que
es tan poco importante que depende de Hericia para la Justicia. Tú,
en cambio, les importas más: has sido acusada de matar a un hombre
venerable hericiano. Quizás si no te encuentran, ganaremos tiempo.
-Oh, no te preocupes, Xena llegará dentro de dos días y nos
liberará -afirmó Gabrielle. Las otras presas inocentes, excepto
Nébula, iluminaron su cara-. No tardará más, y ella nunca
me abandonaría.
-Para entonces, ya nos habrán ejecutado -dijo Nébula-. Cada
siete días se celebran juicios, y mañana toca.
***
-Gabrielle, tienes que escapar cuanto antes -dijo
Nébula-. Eres nuestra única esperanza.
-Estaré encantada en cuanto tenga posibilidades -afirmó Gabrielle.
-Bien, ¿sabes defenderte? -preguntó Nébula.
-Sí, sé utilizar el cayado -dijo Gabrielle-, pero no la espada.
-El cayado es un arma poco usada en Grecia -afirmó Nébula-;
por lo que sé, se usa más la lanza. ¿Eres una amazona?
-Sí -dijo Gabrielle-. Soy una princesa amazona.
-Sin embargo, no naciste entre ellas -aseguró Nébula-. Tú
no eres belicosa, sino pacifista.
-No corre sangre amazona por mis venas, pero tengo el corazón de amazona
-afirmó Gabrielle.
-Bueno, nosotras planearemos tu fuga -dijo Nébula-, pero debemos pensar
qué harás después. ¿Dónde está Xena?
-Se fue a dar una bolsa de oro a unos campesinos, nunca la alcanzaré
-afirmó Gabrielle-. Fue a caballo, por mucho que corriera nunca la
alcanzaría a tiempo... Además, podrían encontrarme...
Sería normal que me buscaran por los bosques y los caminos.
-Entonces, no te queda más remedio que inventarte una identidad y quedarte
segura aquí -afirmó Nébula-. Toma esto, te ayudará
a camuflarte y que no vean tu pelo totalmente: es demasiado característico
-Nébula le dio a Gabrielle una prenda de abrigo con capucha. Gabrielle
miró cautelosamente a los guardias, pero ante su indiferencia, cogió
el regalo rápidamente.
-Gracias -dijo Gabrielle.
-Debes disimular que no eres griega, y sobre todo que nadie descubra que eres
bardo -recomendó Nébula-. Hazte pasar por una campesina de tierras
germanas, van acorde con el color de tu pelo. Recuerda tapártelo para
que parezca que lo tienes corto.
-De acuerdo -dijo Gabrielle-, pero ahora tengo que salir de aquí.
-Salir todas será difícil, pero una puede ponerse la capucha
y huir por un agujero que hemos detectado en la pared -afirmó Nébula,
bajando el tono de voz-. Además, me parece que por ahí sólo
cabes tú.
-¿Dónde está? -preguntó Gabrielle.
Nébula y las otras fueron a una zona bastante sucia de la pared. Había
un pequeño agujero. Gabrielle dudó que pudiera entrar allí,
además de la repugnancia que le producía ese agujero y su suciedad,
pero era la más delgada de todas.
-Con el cambio de guardia huirás -aconsejó Nébula-. Son
estúpidos, pero no tanto.
-Os liberaré en cuanto pueda -prometió Gabrielle-. Además,
tengo que recuperar mi cayado. Sin él no puedo pelear.
-Te estaremos esperando -aseguró Nébula.
Una de las presas inocentes miró a través de unos fuertes barrotes
la posición del Sol. Comunicó que quedaba una hora para el siguiente
cambio de guardia, acto muy negligente en aquella prisión, ya que Gabrielle
tendría un minuto para escapar.
Poco antes de la hora, Nébula dio a Gabrielle unos últimos consejos:
-Encuentra alojamiento en la posada, seguramente tendrás que reponer
tus fuerzas antes de empezar a buscar al asesino y encontrar la manera de
sacarnos de aquí -la voz de Nébula reflejaba su nerviosismo-.
Recuerda que mañana a mediodía nos ejecutarán, debes
darte prisa.
-Lo haré -afirmó Gabrielle.
-¡Vamos, Gabrielle! -dijo la presa de pelo rojizo, animándola.
Los guardias empezaban a irse y era el momento de escapar.
-Estoy preparada -aseguró la intrépida Gabrielle.
Las inocentes apartaron a unas presas culpables del agujero. Gabrielle volvió
a comprobar que era muy estrecho, pero no había tiempo. Ahora o nunca.
Si se esperaba al siguiente cambio de guardia, probablemente no tendría
tiempo para hacer lo que tenía pensado.
Se arrodilló sin demoras y empezó a salir por el hueco. Afortunadamente
para ella, la salida estaba cubierta por unos barriles y unas telas, y nadie
la vería. Gabrielle no tuvo problemas con su cabeza; incluso agradeció
poder respirar aire fresco, lo que fue un aliciente. Sabía que no tendría
problemas con su cintura de avispa, pero... se quedó atrancada con
su busto.
-Vamos, Gabrielle, ¡te queda medio minuto! -gritó la presa rubia.
-Es que... -Gabrielle tenía que decirlo-, bueno, calculasteis mal.
No paso.
-¡Claro que pasas! -afirmó Nébula-. Estás más
delgada que una aguja de coser.
-No es mi cintura -se disculpó Gabrielle-, sino...
-¿Qué? -gritó Nébula-. Te quedan veinte segundos.
-Bueno, esto... -dijo Gabrielle-. Mi pecho.
-¡Ah, bueno! -dijo Nébula, sin parecerle escandaloso-. ¡Chicas!
¡Tenemos que ayudar un poquito a Gabrielle!
Las presas empezaron a empujar a Gabrielle, la cual dudaba de la eficacia
de la táctica. Seguía atrancada, con una mejoría casi
nula, y la cosa no parecía ir a mejor.
-¡Sólo quedan diez segundos! -gritó la morena.
-¿No deberíamos probar otro método? -sugirió Gabrielle.
-¡No! -gritó Nébula-. ¡No hay tiempo!
-Dejadme a mí -dijo otra de las presas inocentes, la que destacaba
por su enorme masa corporal. A pesar de los ruegos de Gabrielle, la presa
se lanzó sobre ella, lo cual tuvo un buen efecto, ya que salió,
dolorida, tres segundos antes de que llegaran los guardias.
-¿Qué ocurre? -preguntó uno de ellos.
-Nada -dijo Nébula, mirándoles fijamente.
Los guardias las miraron recelosos y se sentaron en unos taburetes.
Mientras, Gabrielle había conseguido escapar tras pasar uno de los
momentos de su vida que no le gustaría recordar. ¿Se lo contaría
a Xena? Seguramente sí, no podía pensar que Xena la humillara
toda su vida contándole eso.
Rápidamente, Gabrielle se dirigió a la posada. Sabía
dónde estaba por las indicaciones de Xena. Afortunadamente para ella,
aún quedaban habitaciones libres. Eligió una discreta y afirmó
que era germana, como le había dicho Nébula, y que su nombre
era Brunilda. Decidió descansar hasta la hora de la cena, pues podría
investigar por la noche; así que subió a su habitación
y pensó en la estrategia que iba a llevar: tenía muy claro que
tenía que encontrar a Gracmandra.
***
Gabrielle bajó temprano a tomar algo en
la taberna de la posada, pues quizás su investigación esa noche
sería larga. Se encontraba perdida sin su cayado, al que se había
acostumbrado y lo consideraba tan suyo como el chakram para Xena. Pidió
al posadero el plato del día y se sentó en una mesa. Llevaba
la capa, por lo que era bastante irreconocible. No pudo evitar oír
como el posadero llamaba Gracmandra a una chica joven, morena y bastante alta,
que estaba sentada sola cerca de ella. Gabrielle cogió su plato y se
sentó junto a ella. Tenía que ser la criada, ya que Gracmandra
no era un nombre muy usual.
-Hola -dijo Gabrielle con acento nórdico-, me llamo Brunilda.
-¿Qué tal? -preguntó la otra, que estaba comiendo varios
platos de lujoso marisco-. Yo soy Gracmandra.
-Oh, estoy bien -aseguró Gabrielle e hizo una pausa mientras comía.
Decidió que lo mejor era no preguntar directamente por el crimen-.
Me han dicho que Xena, la princesa guerrera, va a venir a Hericia. ¿Es
eso cierto?
-Oh, no lo sé -afirmó Gracmandra-. Ya no es necesario. Gabrielle,
la Bardo Asesina, ya ha sido capturada.
Gabrielle se molestó mucho por su nuevo apodo, pero no mostró
señales de su enfado.
-¿Y... qué crimen cometió? -preguntó Gabrielle.
-Bueno, creen que mató al boticario de la ciudad, Ardecinius -afirmó
la criada como si nada.
-¿Creen? -preguntó Gabrielle, incrédula, esforzándose
por lograr un acento creíble-. ¿Sabes que ella no es la culpable?
-Sí -aseguró Gracmandra sin pudor mientras comía langosta-.
Bueno, verás... Yo era criada de Ardecinius, y estuve presente cuando
fue asesinado -dijo bajando el tono de voz-. El asesino es un hombre, pero
me sobornó para que dijera que lo mató Gabrielle, la Bardo de
Potedaia. ¿Cómo te crees que si no estaría cebándome
a marisco en la mejor taberna de la ciudad?
-No conocía estas costumbres de Grecia -dijo Gabrielle, simulando parecer
tonta-. ¿Cómo murió?
-A golpe de cuchillo -respondió Gracmandra-, pero el asesino se llevó
el arma.
-¿Y sabes quién fue el asesino? -preguntó Gabrielle,
con acento forzado.
-Un hombre -contestó simplemente Gracmandra, aunque se lo pensó
mejor. Pensaba que podía confiar en "Brunilda"-. Bueno, parecía
de la ciudad, a juzgar por sus ropas... Aunque le cubría una capa que
sólo llevan altos cargos públicos. Debe de ser alguien importante
aquí, que le interesaba impedir que Ardecinius tuviera demasiado poder...
El viejo boticario se estaba haciendo de oro gracias a su venta de productos
exóticos, y pensaba hacerse con el control de algún lugar público,
si no me equivoco. Además, resultaba antipático a alguna gente,
aunque le respetaban como persona -afirmó Gracmandra.
-¿Cuándo van a hacerle las honras fúnebres? -preguntó
Gabrielle.
-Mañana será incinerado, después del juicio de la "asesina"
-dijo Gracmandra, riéndose.
-Gracias -dijo Gabrielle, levantándose de la mesa ante el asombro de
Gracmandra. Ya tenía suficiente información. En una ciudad famosa
por su seguridad, donde la corrupción en las leyes no era posible,
sólo había un lugar que pudiera interesar a Ardecinius... Pero
primero necesitaba su cayado, y tenía que liberar a las presas.
***
Poco después del amanecer, Gabrielle se
acercó a la cárcel y cogió una de las telas que tapaban
el agujero del muro. Decidió no comunicarse con las presas para no
echarlo todo a perder. Con la tela, de color azul oscuro, se confeccionó
improvisando un traje exótico. No servía como vestimenta, pero
volvería locos a los guardias. De eso estaba segura.
Se aproximó a la entrada de la cárcel. Parecía que no
se habían dado cuenta de su ausencia. Cuando se acercó a la
entrada, le dijo al vigilante que iba a entretener un poco a los guardias,
y que su turno llegaría rápidamente. Por supuesto, le dejó
pasar. Gabrielle reconocía perfectamente la prisión por su estancia
del día anterior. Tomó el pasillo correcto, lo que extrañó
al guardia, pues no le había señalado nada, pero la dejó
ir sola pensando en la actuación que le haría más tarde.
Gabrielle, a medida que se iba acercando, se daba cuenta de que esta era su
única oportunidad. Si no las liberaba ahora, serían ejecutadas.
No se iría sin ellas.
Cuando llegó a la sala de la celda de las mujeres, los dos guardias
que estaban vigilando, o por lo menos que estaban presentes, se levantaron
mirándola. Se quedaron extrañados por la presencia de la exótica
mujer, pero no la reconocieron. Gabrielle se dio cuenta de que eran los guardias
que la habían metido en la celda. Tomó aire y comenzó
a bailar. Su danza era exótica, de carácter árabe, y
muy sensual. Rápidamente localizó su cayado, en una esquina
de la habitación, junto a su bolsa, y disimuladamente comenzó
a avanzar hasta allí, mientras echaba una mirada a las presas que,
aprovechando que los guardias estaban de espaldas, señalaban a Gabrielle
la cintura de uno de ellos, donde llevaba las llaves. Gabrielle lo percibió,
pero siguió avanzando hacia su cayado sin levantar sospechas. En cuanto
tuvo su cayado a mano, lo cogió y comenzó a golpear a los guardias,
que desprevenidos, no tardaron en caer. Gabrielle cogió también
su bolsa, se arrodilló para coger las llaves y corrió hasta
la celda.
-Sólo las inocentes -advirtió Gabrielle, pero las culpables
no estaban por la labor. Nébula, la rubia, la morena, la pelirroja
y la que había empujado violentamente a Gabrielle se acercaron a la
puerta. Gabrielle probó varias llaves, pero ninguna era la correcta.
-¡Síguelo intentando, Gabrielle! -animó Nébula-.
No tenemos mucho tiempo.
Gabrielle continuó, mientras oía pasos de guardias. Finalmente,
una de las últimas llaves abrió la puerta. Las presas inocentes
salieron, pero las demás, capitaneadas por una guerrera que parecía
bastante violenta, se dispusieron a salir. Gabrielle y Nébula decidieron
impedir que salieran, luchando contra ellas, mientras que las otra cuatro
pelaban contra los guardias. No fue fácil ninguna de ambas tareas,
especialmente la de las presas, pero Nébula y Gabrielle lo impidieron
sin provocar muertes.
Las presas salieron corriendo, capitaneadas por Gabrielle. Ésta golpeó
violentamente al guardia de la entrada, que cayó al suelo. Las presas,
sintiéndose libres, buscaron las puertas de la ciudad y huyeron, pero
Nébula se quedó junto a Gabrielle.
-¿Ya has encontrado al asesino? -preguntó Nébula.
-No, pero estoy casi segura de quién fue -respondió Gabrielle.
-Me quedaré contigo hasta que lo resuelvas -aseguró Nébula-.
Me has salvado la vida y no te puedo dejar sola.
-Gracias -dijo Gabrielle, y realizó una pequeña pausa-. Nébula,
¿sabes quién es el dios principal de Hericia?
-Hera -contestó la mercenaria.
***
Nébula y Gabrielle se taparon con unas
telas que encontraron junto al agujero de la pared, para que nadie las reconociera,
y fueron a la posada, entrando por una puerta trasera. Allí Gabrielle
se cambió y dejó su bolsa, y Nébula pudo comer un poco,
antes de dirigirse al templo de Hera. Si había un lugar sobre el que
Ardecinius podría querer tener el control, ése era el templo
de la diosa Hera y sus ofrendas.
Cubiertas con capas, se dirigieron al templo de Hera simulando ser peregrinas.
Intentaron que las capas cubrieran su espada y su cayado, pero Gabrielle optó
por simular que era un palo de peregrina. Juntos a otros devotos, accedieron
al interior del templo para celebrar una ceremonia. Por el número de
asistentes, pudieron ver que Hera era menos popular que otros dioses, como
Afrodita o Zeus. El Sacerdote Supremo de Hera, que dirigía la ceremonia,
era joven y podía matar a alguien sin dificultad, lo que hizo aún
más sospechar a Gabrielle. Cuando un sacerdote guerrero, como los de
ese templo de Hera, tenía que matar a alguien, lo hacía, sin
enviar a nadie que lo hiciera por él. En medio de la ceremonia, Gabrielle
le hizo una seña a Nébula y atacaron al Sacerdote Supremo. Ante
el asombro de los devotos, Gabrielle le tiró al suelo con el cayado
mientras Nébula repelía los ataques de los otros sacerdotes
guerreros.
-¡Habla! -gritó Gabrielle mientras los devotos huían-.
¿Por qué mataste a Ardecinius?
-Yo no le maté -afirmó el Sacerdote Supremo-. Fue Gabrielle,
la Bardo Asesina.
-Estoy harta de ese apodo -le dijo Gabrielle a Nébula, que peleaba
contra los últimos sacerdotes. Gabrielle golpeó al Sacerdote
Supremo en el cuello violentamente-. He cortado el flujo de sangre a tu cerebro.
Morirás en un minuto si no hablas.
El Sacerdote Supremo, al sentir dolor, decidió hablar, ante la satisfacción
de Gabrielle y el asombro de Nébula.
-Era... una amenaza para Hera... -afirmó-. Sólo quería...
sus ofrendas.
-Ofrendas que supongo que robáis vosotros -dijo Gabrielle.
-Lo que hagamos con las ofrendas es cosa nuestra -respondió el Sacerdote
Supremo, que con su negación admitía lo que le había
dicho Gabrielle.
La bardo se fijó en un cuchillo que tenía el Sacerdote Supremo
en su cinturón. Estaba bastante limpio, pero Gabrielle estaba convencida
de que era el arma con el que había matado a Ardecinius. El Sacerdote
Supremo adivinó lo que pensaba y rápidamente dirigió
su mano derecha al cuchillo, pero Gabrielle fue más rápida y
la cogió. El mango era de color verde, y la hoja tenía forma
de cola de pavo real, símbolo de Hera.
-Nébula, átale -pidió Gabrielle.
-¿Con qué? -preguntó la pirata.
Gabrielle se arrancó parte de su capa y le dio ese trozo de tela a
Nébula para que lo atara. Afortunadamente, llevaba su ropa normal debajo.
-Eso servirá para que no escape hasta que lleguemos a los juzgados
-afirmó Gabrielle-. Por cierto, ¿dónde están?
-No te lo diré -dijo el Sacerdote Supremo, desafiándola.
-Te quedan diez segundos para morir -aseguró Gabrielle.
-Está bien, te lo diré -dijo el Sacerdote Supremo-. Es el edificio
cercano a la prisión, adornado con emblemas en forma de pavo real,
y que tiene una estatua de Némesis, la diosa de la Justicia, a la entrada.
-Gracias -afirmó Gabrielle-. Vamos -le dijo a Nébula.
-¿Y qué ocurre con mi flujo sanguíneo? -preguntó
el Sacerdote Supremo.
-Oh, no te lo había cortado -afirmó Gabrielle-, así que
no te preocupes por tu vida -dijo riéndose.
***
Cuando estaban a punto de entrar en el juzgado,
Nébula se detuvo.
-Gabrielle... -dijo-, yo no puedo entrar allí. Soy una fugitiva, y
no tengo pruebas de mi inocencia.
-En cuanto se convenzan de que soy inocente, hablaré a favor vuestro
-prometió Gabrielle-. Te deseo suerte para recuperar tu barco.
-Me quedaré esperando fuera hasta que vea que no estás en peligro,
y luego me iré -afirmó Nébula-. No debo perder tiempo.
-Adiós, Nébula -dijo Gabrielle, abrazándola-. Ha sido
un placer conocerte.
-He tenido el mismo gusto -aseguró la mercenaria-. Saluda a Xena de
mi parte.
Gabrielle amenazó al guardia de la entrada, que la dejó pasar,
asustado, mientras Nébula se escondía en una ventana alta de
la habitación donde se celebraban los juicios.
Gabrielle, tirando del Sacerdote Supremo, se presentó en la sala, donde
estaban el juez y dos guardias. Éstos se dispusieron para la lucha,
pero el juez les ordenó permanecer en su sitio.
-¿Quién eres? -preguntó el juez-. ¿Y por qué
llevas atado a Finacus, el Sacerdote Supremo de Hera?
-Me llamo Gabrielle, la Bardo de Potedaia -dijo Gabrielle. Los guardias se
prepararon de nuevo para atacar, pero el juez les volvió a mandar quedarse
quietos-. Vengo a demostrar que este hombre realizó el crimen del que
se me acusa, y del que me inculpó a mí.
-Más te vale que lleves razón, o sufrirás nuestra cólera
y la de Hera -amenazó el juez.
-¿Eres el juez? -preguntó Gabrielle.
-Sí -contestó-. Me llamo Alcferón, y soy el juez de Hericia.
Veo que quieres adelantar tu juicio.
-No me hace mucha gracia la idea de que me ejecutéis por algo que no
he hecho -afirmó Gabrielle.
-Está bien, habla, pero no deberías haberte fugado de la cárcel
junto a otras cinco presas -dijo Alcferón.
-Si no lo hubiera hecho, habríais ejecutado a una inocente -respondió
sencillamente Gabrielle, y comenzó a hablar a su favor. Nébula
lo veía y lo oía todo con esperanza-. Para empezar, si os esperaseis
a mañana, que será cuando llegue Xena, ella lo aclararía
todo, pero creo que no estáis por la labor.
-Las leyes de Hericia prescriben que los juicios deben hacerse cada siete
días -afirmó Alcferón-. Es la voluntad de Hera, y no
la vamos a cambiar.
-Está bien, cómo queráis -dijo Gabrielle-. Encontré
a Gracmandra, la criada, dándose un festín con el dinero que
había conseguido del soborno que había hecho el verdadero asesino
para que dijera que yo había matado a Ardecinius. Cómo sabréis,
Ardecinius estaba acumulando demasiadas riquezas para algunos sectores que
temían que se hiciese demasiado influyente en sus ámbitos.
-¿A qué sectores te refieres? -preguntó Alcferón.
-Al templo de Hera -contestó Gabrielle-. Además, son sacerdotes
guerreros, ¿no? Si tienen que matar a alguien, lo hacen. Temían
demasiado que se les acabara el negocio de las ofrendas.
-Eso no es cierto -dijo Finacus, el Sacerdote Supremo-. Nosotros no nos quedamos
con las ofrendas, son para Hera.
-Finacus, los únicos templos en los que los sacerdotes no interfieren
en las ofrendas son en los de Hestia, por razones obvias, y los de Afrodita,
porque le gustan demasiado las ofrendas -respondió Gabrielle.
-Sigue -pidió Alcferón.
-Bien, una amiga y yo fuimos al templo de Hera y capturamos al Sacerdote Supremo
-dijo Gabrielle-. Allí le saqué una confesión.
-Miente -aseguró Finacus.
-No lo creo -afirmó Gabrielle-. De todas formas, así me aseguré
que estaba en lo cierto. Y, además, he encontrado el arma homicida
-dijo, mostrando el cuchillo de la hoja de pavo real-. Me he enterado de que
el cuerpo aún no ha sido incinerado, así que podéis comprobarlo.
La herida tiene que ser como una vaina para el cuchillo.
-No es necesario -afirmó Alcferón, levantándose. Tanto
Nébula como Gabrielle respiraron aliviadas-. Te creo. Eso explica la
extraña herida de Ardecinius. En realidad, nunca creí que alguien
de quien tenemos tan buenas referencias podría matar a un anciano indefenso.
Ruego que nos disculpes -Gabrielle asintió, aceptando sus disculpas-.
Y ahora, Finacus, antiguo Sacerdote Supremo de Hera, serás juzgado
por tu crimen.
-Por lo menos, libradme de la rubia -pidió Finacus.
-Me parece que con su muerte no lograrías nada -intervino Gabrielle-.
Creo que, si le mandarais hacer algo que beneficiara a la ciudad y fuese apartado
de los lujos, aprendería a respetar a los demás.
-Eres muy sabia para ser tan joven -afirmó Alcferón-. De acuerdo,
a partir de hoy Finacus trabajará para los hericianos. Respecto a Gracmandra...
Me encargaré de que aprenda lo que es lícito y lo que no.
-¡Tengo que hablaros sobre las otras presas que se fugaron conmigo!
-dijo Gabrielle-. También eran inocentes.
-Estoy seguro de ello -dijo Alcferón. Nébula se sintió
tranquila y se fue, pero antes se despidió de Gabrielle, que la estaba
mirando. Gabrielle hizo lo mismo.
-Podríamos celebrarlo en la posada en la que estoy -afirmó Gabrielle-.
La liberación de seis inocentes y la condena justa de un culpable no
se producen todos los días -dijo con una sonrisa.
-¡Estoy de acuerdo! -dijo el juez-. Hoy es un gran día. Celebremos
un buen día de un horrible crimen resuelto con el encuentro del culpable.
***
Al día siguiente, al mediodía, Xena
se encontró con Gabrielle, como estaba previsto.
-¡Hola! -saludó Gabrielle-. ¿Qué tal te ha ido?
-Bien -dijo Xena-. No he tenido ningún problema ni he luchado con nadie.
Bueno, veo que sigues entera. ¿Qué tal te ha ido? ¿Ya
sabes para qué nos han llamado?
-Sí -respondió Gabrielle-, pero ya lo he resuelto.
-Vaya, veo has aprendido a arreglártelas sin mí -afirmó
Xena.
Un hombre se acercó a la mesa en la que estaban.
-¡Gabrielle, ayer estuviste fantástica! -dijo, mientras seguía
su camino hacia su habitación.
-¿Me he perdido algo importante? -preguntó Xena.
El posadero se acercó a las dos guerreras.
-¡Hola, Xena, veo que ya has llegado! -dijo-. Eres bienvenida a mi posada.
¡Gabrielle, eres la mejor! Estaré encantado de invitaros a lo
que queráis -afirmó, yéndose a servirles una bebida.
-Me he perdido algo importante -dijo Xena.
-Tengo que contarte algo importante -aseguró Gabrielle-. Todo empezó
cuando te perdí de vista en aquel cruce de caminos...