Cambiada
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Parte
1
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Los cuernos sonaron a la llegada
de la comitiva a la puerta de Amphipolis. Algunos aldeanos corrieron a esconderse
en sus casas, temerosos de la furia de los dioses. Otros se quedaron a los
lados del camino, pues su curiosidad fue mayor que el temor que las historias
sobre los dioses pudieran infundirles.
Poco después del sonido de los cuernos, los jinetes traspusieron la
puerta. Era un grupo de ocho guerreros, hombres y mujeres, que escoltaban
a dos jinetes que iban en medio de ellos y dirigían el grupo. A pesar
de su condición de dioses, a Ares no le gustaba viajar sin escolta.
No olvidaba que había muchas formas de matar a un dios. El dios de
la guerra contempló la ciudad, ahora silenciosa, pues nadie se atrevía
a hablar en presencia de ellos. Ares miró a su izquierda y contempló
a su compañera, Gabrielle. Ésta parecía absorta en sus
pensamientos, como si le costase recordar algo y sus esfuerzos por conseguirlo
fuesen infructuosos, pero no había perdido ni un ápice de su
majestuosidad ni de su belleza, tan hermosa como terrible, propia de su esencia
divina. De pronto Gabrielle se dirigió a Ares.
-Conozco un buen sitio en Amphipolis -dijo Gabrielle-. Un lugar del que guardo
un buen recuerdo. No creo que tengan ambrosía -dijo con una sonrisa
irónica-, pero nos permitirá descansar, lejos de los curiosos
y de los demás dioses.
-Tus deseos son órdenes -dijo Ares cortésmente-. Guíanos.
Gabrielle avanzó con el caballo unos pocos pasos. Lentamente, se aproximó
hasta un anciano.
-Tú -comenzó a decir Gabrielle.
-¿En qué puedo servirte, mi diosa? -preguntó el hombre,
aterrado.
-Hace unos años una mujer tenía una posada en esta ciudad -dijo
Gabrielle-. Su marido había muerto y uno de sus hijos también.
¿Sigue viviendo en Amphipolis?
La expresión de Ares cambió durante un instante, como sorprendido,
pero rápidamente volvió a su seriedad habitual.
-Sí, Cyrene sigue en Amphipolis -dijo el hombre, algo más tranquilo-.
Te indicaré el camino, diosa.
Gabrielle sonrió con prepotencia. Se volvió hacia Ares.
-Síguenos -dijo.
Gabrielle comenzó a galopar, por lo que tuvo que esperar a que el hombre
que le servía de guía la alcanzase. Ares les siguió de
lejos, pero pudo oír cómo Gabrielle gritaba a un grupo de aldeanos
que obstruían la calle.
-¡Dejad paso a Ares, dios de la guerra, y a Gabrielle, diosa de la conquista!
-dijo amenazante-. ¡El poder de la destrucción ha llegado a Amphipolis!
Ares sonrió. Le gustaba que Gabrielle hiciese ese tipo de cosas. No
era difícil seguirla, pues además de que la mayor parte del
tiempo la tenía a la vista, dejaba un rastro muy claro, que normalmente
sólo habría dejado embistiendo en una batalla, y por el ruido
que hacia al cabalgar. De todas formas, él recordaba mejor el camino.
Gabrielle se apeó del caballo
en el momento en que Ares llegaba. Éste también bajó
y gritó a la escolta, que llegaba ahora, que se quedasen fuera, pero
que entrasen al instante a la más mínima orden. Se reunió
con Gabrielle, y entraron en la taberna.
Dentro la luz era algo deficiente, y hacía fresco. Gabrielle no recordaba
aquel lugar tal como lo estaba viendo: la disposición de las mesas,
las paredes, las ventanas... En medio de todo estaba una mujer, que Gabrielle
recordó como la que su guía había llamado Cyrene. Estaba
en cuclillas, jugando con una niña sentada en una silla pequeña.
Gabrielle le echó unos cinco años. A pesar de los cuernos y
el ruido que habían hecho los caballos al llegar, Cyrene parecía
no haberse dado cuenta de la llegada de los dioses, y continuaba hablando
con la niña pequeña. De repente, miró en la dirección
en la que estaban y mostró una expresión de asombro. Le dijo
algo a la niña y al instante se reunió con Ares y Gabrielle.
-¡Gabrielle! -dijo-. Hace muchísimo tiempo que no te vemos -a
Gabrielle le dio la impresión de que aquella mujer quería abrazarla,
pero ella no se inmutó. Cyrene pareció no inmutarse ante la
pasividad de Gabrielle y a continuación miró a Ares-. El dios
de la guerra. Se ha hablado mucho de ti últimamente.
-¿Sólo de Ares? -preguntó Gabrielle-. Me extraña.
¿Para qué sirve una guerra sin conquistas?
-¿Y cómo puedes realizar conquistas sino con guerras? -dijo
Ares. Cyrene no consideró este episodio como una discusión.
Por lo poco que sabía de la relación de Ares y Gabrielle, esto
parecía ser habitual entre ellos.
-Hay otras maneras -dijo Gabrielle-. La traición. El engaño.
El chantaje. Aunque ninguna como la guerra -y diciendo esto besó a
Ares. Cyrene se incomodó.
-Me alegro de que estés aquí, Gabrielle -aseguró Cyrene.
-Y yo me plazco de que te alegres -dijo Gabrielle-. Cyrene, nos gustaría
alojamiento para nosotros y para nuestros ocho guerreros de élite -continuó-.
Espero que puedas proveernos de las mejores estancias que tengas. Te pagaremos
al instante -dijo Gabrielle, dándole a Cyrene una bolsa de dinares
micénicos que apareció al instante en su mano. Cyrene rehusó.
-¿Pagar? -preguntó Cyrene, divertida-. ¡Nunca te cobraría,
Gabrielle! No podría hacerlo, sabiendo lo bien que te llevabas con
mi hija e incluso conmigo.
Gabrielle hizo desaparecer la bolsa, fingiendo una sonrisa. Ahora que lo pensaba,
sí que había llegado a tener una buena relación con esa
mujer.
-Como quieras -dijo simplemente.
-Bueno, después de todo este tiempo, seguro que tienes un montón
de historias que contarnos -comentó Cyrene, aparentemente animada-.
Viajar por todo el mundo para ayudar a los más débiles tiene
que ser apasionante, ¿no?
-No te lo puedes ni imaginar -afirmó Gabrielle-. También es
estresante, pero... me encanta este trabajo -dijo mirando a Ares mientras
sonreía.
-Bien. Creo que iré a preparar las habitaciones que me habéis
pedido -dijo Cyrene, resignándose. Parecía que Gabrielle no
estaba muy comunicativa ese día.
En ese momento entró una mujer en la taberna. Gabrielle se dio la vuelta
y tuvo una sensación de déjà vu. Era una mujer vestida
de cuero, de pelo largo y negro, alta y fuerte. Llevaba un círculo
de metal con una extraña asidera en el medio, que Gabrielle reconoció
claramente como un arma. También llevaba una espada y un látigo.
Aunque no estaba segura de por qué, Gabrielle sabía que esa
mujer llevaba una daga entre los pechos. Detrás de ella entró
un hombre de estatura media, poco moreno y que llevaba una extraña
armadura metálica. También llevaba una espada.
-¡Madre, ya estamos aquí! -dijo la mujer de cuero. Al instante,
la niña que había estado jugando con Cyrene, y que aún
permanecía sentada en su silla, se levantó corriendo, y saltó
a los brazos de la recién llegada, saludando a su madre. La mujer la
saludó cariñosamente, al igual que el hombre que la acompañaba.
Gabrielle permaneció un instante inmóvil y sin prestar atención
a lo que ocurría a su alrededor, como la mirada de alegría Ares,
lo cual extrañó a su compañero y llenó de curiosidad
a Cyrene, que a pesar de haber anunciado que iba a preparar las estancias,
no quería perderse el reencuentro que iba a producirse. Los recién
llegados, ocupados escuchando a la niña, seguían sin notar su
presencia. Por fin, Gabrielle pareció salir un poco de la coraza que
la aislaba del exterior, pero aún permanecía conmocionada. Aún
así, decidió dar el siguiente paso.
-Xena -susurró, pero aunque la voz sonó extremadamente débil,
fue suficiente para que la oyeran. Ares sintió cómo su corazón
se aceleraba. Xena alzó la mirada y miró a Gabrielle sin poder
decir una sola palabra. Dejó a la niña con su amigo y caminó
hacia Gabrielle. Al llegar junto a ella la abrazó. Gabrielle no se
lo impidió, al contrario de lo que acababa de hacer con Cyrene.
-Gabrielle -dijo Xena, aún no recuperada del impacto de volver a ver
a su amiga.
-Ha pasado mucho tiempo -dijo Gabrielle.
-Sí, seis años -afirmó Xena-. Seis años desde
que te uniste a Ares y comenzaste a recorrer la tierra para mejorar el mundo.
No nos hemos visto desde entonces. Le doy gracias a los dioses por habernos
vuelto a reunir.
-No me lo agradezcas -dijo Gabrielle, más alegre que de costumbre-.
Es un placer.
-Hola, Xena -dijo Ares, que hasta el momento se había mantenido al
margen. No estaba seguro de si Xena ya le había visto y le mostraba
todo su desdén, o si la presencia de Gabrielle no le había permitido
notar su presencia. Xena le miró con algo de indiferencia.
-Hola -saludó Xena. A Ares le hubiese gustado hablar más con
ella, pero comprendió que ella no quería, y además no
era un buen momento. En ese momento Gabrielle vio que el hombre que acompañaba
a Xena se adelantaba, llevando a la niña con su madre.
-Gabrielle, cómo me alegro de verte -afirmó. Gabrielle no pudo
evitar mostrarse extrañada, pues no reconocía a aquel hombre.
-Vamos, Gabrielle, ¿no vas a saludar a Joxer? -preguntó Xena.
Gabrielle se adelantó y le abrazó.
-Joxer -dijo en voz baja.
-Sí -dijo tímidamente Joxer.
Joxer. Un nombre amigo, pensó Gabrielle. Había comenzado a recordar
algo, pero necesitaba descansar para aclarar sus recuerdos.
-Hacía tantos años que no te veíamos... -continuó
Joxer-. Bueno, si no cuentas todas las veces que vemos tu efigie en las monedas.
Gabrielle sonrió. Xena pareció considerar apropiado el momento
para hacer una nueva presentación. Cogió a su hija de la mano
y la llevó hasta Gabrielle.
-Gabrielle, quiero presentarte a alguien -dijo Xena-. Ésta es Leda,
mi hija.
-Cierto. Estabas embarazada cuando me fui -comentó Gabrielle-. Leda...
Es un nombre muy bonito -miró a la niña que estaba enfrente
de ella-. Hola. Yo soy Gabrielle. Seguro que seremos buenas amigas.
-Hola, Gabrielle -dijo Leda.
-Es una amiga mía -explicó Xena a su hija-. Viajamos a muchos
lugares juntas. Y es una bardo excelente. Seguro que podría contarte
alguna historia -Leda sonrió.
-Esta noche estará bien -dijo Gabrielle-. Ahora tengo que descansar.
Estoy agotada.
-Iré a preparar las habitaciones -afirmó Cyrene, aunque no se
movió de su sitio.
-Me alegro de que te quedes aquí -dijo Xena.
-Mañana tendremos reunión con los jefes de Amphipolis, en la
plaza central de la ciudad -explicó Ares.
-Entonces, allí estaremos -dijo Xena-. Los ancianos me consideran importante
en Amphipolis.
Ares se sintió contento de poder estar con Xena en esa aburrida reunión.
Con ella, pasaría un rato mucho mejor, aunque quizá complicase
las cosas. Gabrielle se alegró visiblemente.
-Bien, Xena, ahora que voy a descansar, ¿qué tal si vienes conmigo?
-propuso Gabrielle-. Creo que tenemos muchas cosas de las que hablar. Ha pasado
mucho tiempo.
-Sí -dijo Xena-. Demasiado. No tengo nada que hacer, así que
podemos hablar.
Gabrielle sonrió.
-Yo puedo ir al templo -dijo Ares-. O pasear por la ciudad. Amphipolis es
una gran ciudad en la que siempre puedes encontrar algo divertido.
-De acuerdo -dijo Xena. Su indiferencia sorprendía a Ares, aunque éste
sabía perfectamente que ese comportamiento era típico de Xena.
-Nos veremos a la noche -se despidió Gabrielle, y besó a Ares.
A Xena le molestó ese gesto, pero se mantuvo callada e imperturbable.
Ares salió por la puerta, y Cyrene definitivamente comprendió
que ya era hora de preparar las habitaciones que le habían pedido.
Xena le dio un beso a Leda.
-Quédate con Joxer un rato -le dijo-. Yo volveré enseguida,
pero antes tengo que hablar con Gabrielle. Tenemos muchas cosas que contarnos
-explicó sonriendo.
-Yo estaré con ella -afirmó Joxer, servicial-. Nos lo pasaremos
bien, ¿verdad?
Leda abrazó a Joxer. Estaba claro que éste pasaba mucho tiempo
con la niña. Gabrielle supuso que el hecho de que Joxer estuviese acompañando
a Xena ese día no era casual.
-Vamos -dijo Xena-. Te indicaré el camino.
La habitación que Cyrene había
preparado para Ares y Gabrielle no era austera, pero tampoco era a lo que
Gabrielle estaba acostumbrada. La cama era bastante grande y parecía
cómoda. En otro tiempo, a Gabrielle le habría parecido lujosa,
pero ahora, tras seis años junto a Ares, no le llamó la atención.
La estancia también tenía una mesa de madera y dos sillas. Había
dos candelabros, uno encima de la mesa y otro cerca de la cama. Una ventana
permitía que entrase el aire fresco y la agradable luz del sol. La
habitación estaba totalmente limpia, y carecía de elementos
decorativos. Xena y Gabrielle se sentaron en la cama y comenzaron a hablar.
-Esto ha sido totalmente inesperado -dijo Xena-. No esperaba volver a encontrarte,
no después de tanto tiempo... Nuestra despedida fue demasiado precipitada.
-Ares aún no me había dado mis poderes, y teníamos una
misión urgente -explicó Gabrielle-. Luego no pude volver.
-Ares me dijo que siempre habías deseado convertirte en diosa para
ayudar a los demás -comentó Xena.
-Sí, convertirme en diosa fue tan inesperado tanto para mí como
para ti -dijo Gabrielle-. Pero lo que hago ahora está bien. Ayudo a
los más débiles a lo largo del mundo, gracias a los poderes
que me otorgó Ares. Nunca habría aceptado dejarte si no hubiese
podido tener el poder necesario para acabar con los males que azotan el mundo.
Xena sonrió.
-Es otra forma de hacer nuestro antiguo trabajo -dijo Xena, suspirando. Gabrielle
tenía vagos recuerdos de su vida antes de su unión con Ares,
pero sabía que junto a Xena liberaba a los oprimidos del yugo de los
tiranos. Una vida parecida, pero no semejante, a la que llevaba ahora, pensó.
-Sí, estoy muy bien con Ares -comentó Gabrielle-. Creo que he
sacado su lado bueno, ¿no?
-Estoy segura -dijo Xena-. Tú puedes hacer cosas aún más
difíciles -hizo una pausa-. Por aquí se habla mucho de vosotros.
Se dice que sois los reyes de la batalla y que juntos sois una mezcla entre
el fuego griego y el polvo negro.
-Sí, ésa es una buena descripción -dijo Gabrielle, sonriendo-.
Somos dioses guerreros, pero no siempre usamos la guerra. Aún así,
somos invencibles, siempre al servicio de los inocentes. Y es cierto que en
ocasiones nuestras discusiones son pequeñas réplicas de las
legendarias luchas entre Zeus y los titanes, pero nos queremos.
-¿Qué os trae por Amphipolis? -preguntó Xena.
-Teníamos ganas de volver a Grecia -dijo Gabrielle-. Además,
tenemos cosas que resolver aquí. Amphipolis es el lugar idóneo.
Es la ciudad más grande e importante de Grecia.
-¿Por dónde has viajado todos estos años? -preguntó
Xena, curiosa.
-He ido por tantos lugares -comenzó Gabrielle-. La Galia, Germania,
Roma, Egipto, La India, Chin. He recorrido todo el mundo y he explorado límites
que nadie más había intentado traspasar antes. Ares y yo hemos
llevado nuestra paz a toda la tierra.
-Me alegro por ti -dijo Xena-. Siempre quisiste ayudar a toda la humanidad.
Siguiendo el camino del amor intentaste dar ejemplo a todos para que practicaran
las enseñanzas de Eli, pero comprendiste que ése no era tu camino.
Ahora sabes que hiciste lo correcto al renunciar a esa vía y abrazar
el camino del guerrero, porque gracias a tu nueva forma de vida has podido
ayudar a mucha gente. Eli se sentiría orgulloso de ti.
-Sí, tomé una decisión acertada -dijo Gabrielle malhumorada.
Xena se extrañó, pero no le dio mucha importancia. Supuso que
tenía que ver con la mención a Eli, quizás debido a que
la muerte de éste fue la última experiencia que vivieron juntas
antes de que Gabrielle se uniera a Ares. Pero la diosa cambió rápido
de tema-. Háblame de ti. ¿Qué has hecho en todos estos
años?
-Cuando tuve a Leda, decidí intentar establecerme en Amphipolis -comenzó
Xena-. Tú te habías ido, y pensé que seguramente sería
mejor para ella crecer en una ciudad como ésta que vagar por el mundo
conociendo el camino del guerrero desde que fuese tan sólo una niña
pequeña.
-No puedo imaginarte viviendo así -confesó Gabrielle.
-Y yo digo que me conoces demasiado bien -afirmó Xena-. Sigo haciendo
viajes, en compañía de Joxer. Cuando no estoy en Amphipolis,
mi madre se encarga de cuidar a Leda. ¿Sabes? Hace poco fui a hacer
una visita a Hades. Encontré a Solan. Estaba en el Tártaro porque
Hades le había dicho que en los Campos Elíseos no se acordaría
de mí. Afortunadamente Hades le llevó a los Campos Elíseos.
-Solan -dijo Gabrielle, soportando un pequeño dolor de cabeza, extraño
en una diosa como ella, como si le costase recordar-. Un niño muy simpático.
-Sí -comentó Xena-. Fuisteis muy amigos.
-Háblame de Joxer -pidió Gabrielle-. ¿Qué ha hecho
en todo este tiempo?
-Ha estado viviendo aquí, con nosotras -explicó Xena-. Al principio
le costó mucho aceptar tu partida. Durante unos años estuvo
esperando volver a verte. Al final aceptó que te habías ido.
Meg le propuso casarse, pero él es feliz aquí. Nunca pensé
en encontrar un padre para Leda, pero Joxer es el mejor padre que ella podría
tener. Aunque él no te ha olvidado y sigue amándote. Creo que
siempre te recordará.
-Joxer es una buena persona -dijo Gabrielle-. Hablando de padres. ¿Descubriste
ya quién era el padre de Leda?
-No exactamente -dijo Xena-. Pero sé algo de su origen. Hace unos dos
meses, se me apareció un ángel en sueños. No puedo recordar
bien lo que me dijo, pero sé que en su mensaje me transmitía
que yo había sido elegida para tener a Leda, que ella era alguien especial,
y que aunque su destino se había truncado aún podía llevarlo
a cabo. Y también dijo que Leda era la única esperanza que les
quedaba para que se cumpliese una misión muy importante. No sé
a qué se refería.
-Vamos, Xena -dijo Gabrielle-. ¿No irás a tomarlo en serio?
Era sólo un sueño. ¿Qué habías cenado esa
noche?
-Gabrielle, sabes tan bien como yo que los sueños, muchas veces, no
son sólo ilusiones -afirmó Xena-. Y sé que en este caso
no lo era. Ahora al menos sé que ellos fueron quienes hicieron que
Leda naciera. Hasta ahora era un misterio para mí.
-Bueno, la experiencia me ha enseñado a no decir nunca -dijo Gabrielle-.
Pero también a no fiarme de todo lo que veo.
Xena sonrió. Se alegraba de veras de que Gabrielle hubiera vuelto.
No dejaré que se vuelva a ir de nuestras vidas, pensó. Otra
vez no.
Ares abrió la puerta de su
templo y entró. Le agradó la decoración, pues coincidía
exactamente con su gusto: calaveras, tonos rojos y oscuros, escenas de lucha
en cuadros y tapices, esculturas de guerreros y, sobre todo, un gran trono
lujoso. Podía ver que su nueva mensajera, Discordia, había hecho
un buen trabajo.
Ares se sentó en el trono y se puso a pensar. Desde que él y
Gabrielle estaban juntos, los templos de ambos dioses habían proliferado
con una rapidez increíble por todas las tierras a las que habían
llegado, especialmente en Grecia. En realidad, eran los dioses griegos que
más templos poseían. Había templos individuales, dedicados
sólo a uno de los dos, en una proporción similar entre los suyos
y los de Gabrielle, y templos en los que se adoraba a los dos. Pero Ares preferiría
los que sólo le veneraban a él; se sentía más
a gusto y la atmósfera que se respiraba en ellos era única.
En el momento en el que se sentía más tranquilo, cuando podría
haber comenzado a pensar en Xena, apareció Athena enfrente de él.
Hacía mucho tiempo que no veía a su pesada hermana, la cual
estaba muy enfadada desde que sus templos en Amphipolis habían sido
consagrados a Ares y Gabrielle... Bueno, los templos en Amphipolis y en todo
el mundo, pensó Ares, divertido.
-Hola, Athena -saludó Ares-. ¿Qué te trae a mi templo?
No te quejes; éste siempre estuvo dedicado a mí.
-Sí, éste sí -dijo Athena. Por el tono, Ares sabía
que no le había visitado para hablar de templos-. Por fin te encuentro.
Te hemos echado mucho de menos en el Olimpo desde que te has buscado a esa
zorra para divertirte con ese simulacro de ejército que dirigís.
-No hables así de Gabrielle -gritó Ares, enfadado. Athena hubiese
esperado que Ares hubiese mostrado más enojo por el comentario sobre
su ejército, pero incluso extrañada su rostro no cambió
en nada. Ares supuso que tenía esta escena ensayada desde hacía
bastante tiempo, pues esa calma no era usual en su hermana.
-Gabrielle -dijo Athena-. ¿Sabes, Ares? Nunca me importó que
te cogieses a alguna mortal para ayudarte en tus ejércitos. Alguien
como Xena. Gabrielle podría haberte servido. ¡Pero darle la ambrosía!
¡El alimento de los dioses! Nunca entenderé porqué lo
hiciste, y lo que es peor, tú nunca entenderás que lo que hiciste
no fue correcto.
-Sí fue correcto -se defendió Ares-. Gabrielle es tan digna
de ser una diosa como tú. Es una magnífica guerrera, y aprende
rápido. Es la diosa que este mundo necesitaba.
-Sabemos lo que estáis haciendo aquí, Ares -dijo Athena, cambiando
de tema con naturalidad-. Y te puedo asegurar que no lo conseguirás.
No lo permitiremos.
-¿No lo permitiréis? -preguntó Ares con desprecio-. ¿El
qué? Gabrielle y yo tenemos que reorganizar nuestro ejército
en Grecia, eso es todo.
-Y yo soy la reina de los dioses -exclamó Athena-. Ares, vuestra actitud
de egoísmo no os llevará a ninguna parte. Antes o después
vuestro camino se verá interrumpido.
-¿Egoísmo? -preguntó Ares-. ¿Nosotros? Quizás
deberías mirarte a ti misma. ¿Recuerdas a Medusa? El tío
Poseidón sedujo a una pobre muchacha y tuvo una noche de pasión
en tu templo; y tú, ya que no podías atacar a Poseidón
al tener él más poder que tú en ese momento, convertiste
a la pobre Medusa y a sus hermanas en monstruos, sólo para evitar que
se cuestionase tu autoridad en otros ámbitos.
Athena le miró con cara de repulsa.
-Dale saludos a tu princesa guerrera cuando la veas -dijo-. ¿O es que
ya te has olvidado de ella?
-¿Qué tal está Ilainus? -preguntó Ares, con aire
provocador-. Nuestro ejército está falto de arqueros. Nos vendría
muy bien tenerla con nosotros.
Athena le miró con rabia y desapareció. Ares dio una sonora
carcajada. Conocía las debilidades de su hermana, y eso bastaba para
vencerla. Antes de poner esa estrategia en práctica, Athena siempre
le vencía, pues su inteligencia era superior a las técnicas
de lucha del dios de la guerra.
Ares permaneció un par de horas más en el templo, estudiando
los mapas que se guardaban allí y planeando nuevas estrategias. Después
volvió a la posada de Cyrene, buscando a Gabrielle. Xena pudo oír
cómo Ares le decía a Gabrielle algo de Athena, y que Gabrielle
intentaba tranquilizarle. Xena sabía que cuando Ares estaba intranquilo
no era fácil sosegarle, pero supuso que se referían a las cuestiones
de sus conquistas por todo el mundo, llevando la paz a los oprimidos, y no
le dio mayor importancia. Xena había comprendido que las discrepancias
entre los dos dioses era un hecho habitual en sus eternas vidas. Toda la tarde
y la noche pasaron sin más incidencias.
A la mañana siguiente, Xena
se despertó sobresaltada. Se había quedado dormida. Se puso
su armadura rápidamente y bajó a la taberna, donde Joxer estaba
desayunando la comida que Cyrene le estaba sirviendo. Leda estaba aún
durmiendo, pero Ares y Gabrielle ya habían salido para la asamblea
con los jefes de Amphipolis, y Xena no podía faltar. Xena se despidió
de su amigo y su madre con un gesto y salió de la casa sin probar bocado.
Desde que se había instalado en la ciudad definitivamente, Xena había
ayudado a sus convecinos a administrar la ciudad y había evitado guerras
con otras ciudades que Ares y Gabrielle ya habían conquistado. Sin
embargo, el dios de la guerra y la diosa de la conquista nunca habían
tenido relación militar con Amphipolis. En la ciudad había muchos
templos dedicados a ellos, pero los amphipolitanos no tenían que pagar
los impuestos que otras ciudades dominadas estaban obligadas a entregar para
contribuir a la formación y el mantenimiento del ejército de
Ares y Gabrielle. Xena no estaba segura de por qué ese trato de privilegio.
Había supuesto que se debía a Gabrielle, pero ahora que parecía
que a ésta le costaba recordar su vida anterior... Xena no quería
admitir este hecho, como tampoco quería admitir que seguramente era
Ares a quien debía ese trato de favor. Esperaba que las cosas no cambiasen.
Xena llegó a la plaza donde se celebraba la reunión. En ella
se había instalado una tienda enorme, de color púrpura. Xena
no dudó en entrar y comprobó que no era la última en
llegar. Había varias sillas formando un semicírculo, algunas
de las cuales ya estaban ocupadas por hombres influyentes de la ciudad. Había
muy pocas mujeres, pero el hecho de que por lo menos estuviesen presentes
en lugar de un monopolio masculino se debía a la política reformadora
de Gabrielle, que admitía mujeres en su ejército. ¿Cómo
podría no hacerlo, si ella misma había sido una mujer guerrera?
Enfrente de Xena estaban los tronos de Ares y Gabrielle, de los que partían
los demás asientos. La diferencia entre los tronos de los dioses y
las sillas de los demás, en especial según se acercaban a los
extremos, era muy obvia. Xena comprobó que su asiento, bastante lujoso
y señalado con un diseño de chakram, estaba justo a la derecha
de Ares, al lado del dios. Xena se extrañó de no sentirse disgustada,
pero trató de pensar en otra cosa. Se sentó y esperó
en silencio. Ares no trató de hablar con ella, pero a veces le decía
cosas a Gabrielle, que estaba sentada a su izquierda.
Por fin llegaron todos los invitados, y comenzó la reunión.
Una guerrera de élite le dio a Ares un pergamino que hasta entonces
ella había custodiado. Xena apenas pudo leerlo, pero comprobó
que la letra era de Gabrielle. Ares comenzó a hablar.
-Ciudadanos de Amphipolis -dijo-. Hasta ahora vuestra ciudad ha gozado de
nuestra protección. Queremos que nos devolváis ese favor como
muestra de agradecimiento.
-No habernos defendido -protestó una mujer. Xena puso expresión
de nerviosismo; Ares y Gabrielle tendrían que haber sido más
selectivos con los invitados: algunos de ellos no tenían ni idea de
guerra o administración de ciudades-. Nos habríamos defendido
de vosotros con la ayuda de Xena.
-Ares, Gabrielle, disculpad a mi vecina -dijo Xena humildemente-. No seré
yo quien lleve a esta ciudad a la guerra otra vez. No volveremos a pagar el
precio que Amphipolis tuvo que costear hace ya años. Así que
agradecemos vuestra protección y estamos dispuestos a escuchar atentamente
vuestra proposición y deliberar sobre ella.
-No es una proposición -aseguró Gabrielle.
-Gracias, Xena -dijo Ares, interrumpiendo a Gabrielle-. Como os iba diciendo,
queremos que Amphipolis nos devuelva nuestra atención. Confiamos en
que sabréis apreciar nuestra generosidad y comprenderéis que
hemos sido poco exigentes.
Xena empezó a sentir que algo iba mal. Ella misma había pronunciado
palabras similares en otras ocasiones, cuando era la Destructora de Naciones.
Sabía que lo que Ares y Gabrielle iban a pedir (más bien, exigir,
se dijo) era más de lo que los amphipolitanos estaban dispuestos a
entregar. Tras la pausa, Ares empezó a hablar otra vez.
-Nuestro ejército en Grecia es menor del que necesitamos -comenzó
el dios de la guerra-. Tenemos asuntos que atender cerca de Amphipolis, y
precisamos de un ejército mucho mayor. Amphipolis es la mayor ciudad
de la zona.
-De hecho es la mayor ciudad de Grecia -interrumpió Gabrielle.
-Sí -afirmó Ares lanzando una mirada iracunda a Gabrielle, pero
disimulando su voz-. Necesitamos más guerreros, hombres y mujeres,
que se unan a nuestro ejército. El tiempo que tendrán que permanecer
en nuestro ejército es variable, puede ser un mes o un año,
pero no tendrán que quedarse permanentemente en él.
Muchos de los asistentes comenzaron a cuchichear. Xena no dijo nada, pero
sabían que tramaban algo. No necesitaban un ejército mayor:
un mes antes ella y Joxer habían pasado a varias millas de Amphipolis
y habían visto uno de sus ejércitos acampado, formado por unos
10000 hombres. Era más que suficiente para realizar cualquier campaña
contra los señores de la guerra rebeldes de la zona... Si es que quedaba
alguno.
-¿De cuántos guerreros estamos hablando? -preguntó un
hombre, uno de los más respetados de Amphipolis, que tomaba muchas
de las decisiones de la ciudad.
-No demasiados -aseguró Gabrielle-. Amphipolis es una ciudad muy grande
y puede permitirse esta ayuda. Con 4000 hombres nos valdrá.
Los asistentes comenzaron a gritar. Amphipolis era la ciudad más grande
de Grecia, según se decía en ese tiempo, pero su población
no pasaba de 10000 habitantes, y habían alcanzado ese número
gracias a los numerosos inmigrantes llegados de otras ciudades de Grecia,
arrasadas en las guerras de Ares y Gabrielle.
-Eso es el 40% de nuestra población -explicó una mujer madura-.
Si quitas los niños, los ancianos y los heridos, que no pueden trabajar,
es más de la mitad de los trabajadores de los campos, el promotor económico
de Amphipolis. No podemos permitirnos esa ayuda.
-¡No lo haremos! -gritó la mujer que había realizado la
primera protesta. Xena comenzó a desesperarse. Si no conseguían
ponerse de acuerdo y hablar de uno en uno, no conseguirían llegar a
un acuerdo con Gabrielle y Ares.
-La cuestión no es si decidís si podéis ayudarnos o no
-afirmó Gabrielle.
-No hemos terminado de hablar -dijo Ares rápidamente, interrumpiendo
a Gabrielle-. Si nos ayudáis ahora daremos protección incondicional
a la ciudad de Amphipolis durante 1000 años, además de daros
anualmente un porcentaje de nuestros ingresos en las batallas que libremos
alrededor del mundo.
-Ya domináis prácticamente todo el Mundo Conocido -comentó
un hombre.
-Hay más por descubrir -dijo Gabrielle-. Y mientras haya un dios de
la guerra, siempre habrá guerras.
-Ayudadnos ahora y no os volveremos a molestar en ese tiempo -añadió
Ares-, pero siempre estaremos dispuestos a ayudaros. Sólo con llamarnos
acudiremos a solucionar vuestras emergencias. Y las murallas de Amphipolis
serán reforzadas por los cíclopes que nos prometan lealtad.
Os lo juramos por el río Éstige.
Los ciudadanos cuchichearon de nuevo. Xena permaneció callada, como
de costumbre.
-Parece un buen trato -comentó un hombre.
-¿Cómo sabemos que lo que dicen es cierto? -preguntó
otro hombre, más joven.
-Un dios nunca juraría en falso por el río Éstige -afirmó
Gabrielle-. El castigo es permanecer dormido 1000 años. Y preferimos
ayudaros a vosotros que dormir por tanto tiempo sin hacer nada.
Se oyeron comentarios de aprobación. De repente, la mujer impetuosa
se levantó.
-¡Es una magnífica oferta! -gritó-. ¡Sólo
Zeus tiene más poder que vosotros, pero unidos sois invencibles! ¡Seríamos
idiotas si rechazásemos semejante proposición!
Rápidamente, Xena se levantó.
-En realidad, creo que necesitamos tiempo para reflexionar sobre esta oferta
aparentemente tan generosa -dijo. Sostuvo como pudo las miradas de asombro
y desapruebo de sus convecinos-. Os rogamos que nos concedáis tiempo
para pensárnoslo.
Xena miró con inseguridad a Ares y Gabrielle. Éstos intercambiaron
sus miradas durante un instante. Finalmente Gabrielle se dirigió a
los amphipolitanos, pero antes de que pudiese hablar, un mensajero entró
corriendo en la sala e hizo una reverencia. Era un hombre joven y delgado.
Jadeaba de cansancio, y estaba sudoroso. Xena supuso que había estado
cabalgando toda la noche.
-¡Mis señores! -saludó el mensajero-. Me alegro de haberos
encontrado por fin.
-¿Qué ocurre, Teócrates? -preguntó Gabrielle,
inquieta. Xena comprendió que era uno de los mensajeros de élite
de Ares y Gabrielle. El asunto podía ser realmente grave.
-Hace cuatro días -comenzó Teócrates- hubo un levantamiento
en Roma. Al principio intentaron detener a los mensajeros de la ciudad, pero
al final pudieron escapar y llegar hasta el siguiente relevo. Los rebeldes
exigen la independencia de Roma y se niegan a rendiros culto. Muchos de los
rebeldes son generales de vuestro ejército en Roma, señores.
-Te dije que necesitábamos más tiempo para asegurarnos el control
de Roma -le dijo Gabrielle a Ares-. Nunca me convencieron esos generales.
Así que supongo que no podremos contar con nuestro ejército
entero. ¿Hay también civiles entre los rebeldes?
-Sí -dijo el mensajero-. Sabemos que algunos civiles han intentado
convertir el templo principal de la ciudad en el antiguo Senado que era antes.
También sabemos que tienen retenidos a algunos ciudadanos en ciertos
sectores de la ciudad, y que han intentado salir pero los rebeldes se lo han
impedido.
-¿Han tomado el palacio? -preguntó Ares.
-No, aunque lo han llegado a atacar con arietes -afirmó Teócrates-.
Según me dijeron, la guardia del palacio aún os es fiel y ha
destruido los arietes y derrotado la ofensiva de los rebeldes, pero no sé
si ha habido más ataques. Por lo que me han contado, los rebeldes no
tienen medios para atacar un fuerte importante como el palacio, pero puede
que hayan profanado algunos templos. Si no actuamos lo antes posible, reunirán
el poder suficiente para intentar algo mayor.
-Gracias por tu servicio -dijo Gabrielle-. Puedes volver a tu puesto de servicio.
Teócrates volvió a hacer una reverencia, pero permaneció
en su sitio.
-Tenemos que irnos -afirmó Ares-. Tenemos que llamar al ejército
más próximo, ya que el de Roma está bajo mínimos.
El más cercano está a más de un día de Roma hacia
el norte, vigilando las fronteras del norte de Italia de posibles incursiones.
Tendremos que bajarlo a Roma.
-Ve tú con el ejército -dijo Gabrielle-. Yo iré a Roma
e intentaré controlar la situación hasta tu llegada.
Ares y Gabrielle se levantaron y se tomaron de las manos. Xena también
se levantó.
-¿Qué hay de mi propuesta para conseguir más tiempo para
considerar vuestra oferta? -preguntó la princesa guerrera.
-Bien -dijo Gabrielle-. Os concederemos tres días, cuatro como mucho.
Ares y yo tenemos prisa y no tardaremos tanto tiempo en sofocar la rebelión
en Roma. Entonces volveremos.
-Por mí está bien -afirmó Xena. Los demás asistentes
aprobaron el plazo. Parecían entender la prudencia de Xena. La guerrera
abrazó a Gabrielle, entrando en contacto físico también
con Ares, y le habló al oído-. No seas demasiado dura. Espero
volver a verte pronto.
-Me verás muy pronto -prometió Gabrielle.
Ares y Gabrielle se miraron a los ojos y desaparecieron.
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Parte
1
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